PRATIP 1.1 La siniestralidad vial: un drama enquistado
En España se
producen cerca de 6.000 muertos al año en accidentes de circulación. Los heridos
de cierta consideración se cuentan por decenas de miles, y muchos de ellos
quedan incapacitados de por vida. De cada cuatro accidentes con víctimas, uno
genera algún tipo de incapacitación posterior. Algunas secuelas de los
accidentes de automóvil a veces tardan décadas en manifestarse, y son la causa
de graves dolencias en la población mayor, que presentan una incidencia
creciente. En la carretera mueren cinco veces más personas que en todos los
accidentes laborales juntos, y diez veces más que a causa de todos los
homicidios criminales, incluidos el terrorismo y la violencia
doméstica.
Pese a la gravedad de estas cifras, en
el último cuarto del pasado siglo la sociedad parecía haber asumido el drama de
los accidentes de tráfico como algo inevitable, como un precio a pagar por el
desarrollo y el progreso. Sin embargo, hace quince o veinte años algunos países
comenzaron a reaccionar seriamente contra esta inútil sangría de vidas y de
salud humana, y en los últimos años están recogiendo los frutos de estos
esfuerzos. Inglaterra y Holanda, por ejemplo, han reducido sus cifras de muertos
a menos de la mitad de las que llegaron a sufrir a finales de los años setenta.
Suiza ha logrado retroceder a los niveles de mortalidad anteriores a la segunda
guerra mundial. Los países escandinavos, encabezados por Suecia, han logrado
también reducciones muy importantes sobre unas cifras que nunca llegaron a ser
extremadas, y siguen liderando los índices mundiales de seguridad. Fuera de
Europa, grandes países como Canadá, Australia y Japón han conseguido también
resultados muy encomiables.
Las políticas de seguridad vial de
todos estos países tienen dos cosas en común: en primer lugar, se han basado en
un conjunto de nuevos enfoques teóricos de la seguridad vial, que van más allá
de la visión tradicional del problema, centrada principalmente en la
potenciación del viario y en la mejora tecnológica de los automóviles; y en
segundo lugar, han buscado el compromiso y la colaboración activa del conjunto
de la sociedad, consiguiendo que el problema de la seguridad vial fuera asumido
como problema propio y prioritario por todo el cuerpo social. En la actualidad
se vislumbra ya, en algunos de estos países, la posibilidad real, a largo plazo,
de evitar total o casi totalmente las muertes o las incapacitaciones graves por
accidente de automóvil.
En las islas Pitiusas la siniestralidad vial alcanzó en los años noventa unas cotas verdaderamente alarmantes, y tan persistentes, que para buena parte de la población parecía ser un problema sin solución. Sin embargo, esta resignación ya no está justificada en modo alguno. Si en otros lugares ha sido posible reducir drásticamente las víctimas del automóvil, no hay razón para que ello no se pueda lograr en las Pitiusas, y particularmente en Eivissa, aplicando ideas y métodos de trabajo similares a los allí utilizados, aunque obviamente adaptados a las características sociales y territoriales de las islas. Esa es la finalidad del Plan de Reducción de Accidentes de las Islas Pitiusas.