PRATIP 1.2 La confusión entre peligro y riesgo
Una de las causas principales de los
precarios resultados que obtuvo durante la mayor parte del siglo XX la seguridad
vial tradicional, en España como en la mayor parte del mundo, es la confusión
conceptual que ha venido arrastrando entre peligro y
riesgo.
El diccionario define el peligro
como “aquello que puede ocasionar un daño o mal”, mientras que el riesgo
queda definido como la “probabilidad de un daño futuro”. El peligro es, por
consiguiente, una situación de hecho, mientras que el riesgo es una
probabilidad. Sin embargo, en su uso cotidiano ambos conceptos se suelen
confundir, y sobre esa confusión se han construido muchos elementos de las
politicas de seguridad vial, con consecuencias muy
negativas.
En las calles y las carreteras, el
peligro para las personas está constituido, en sí mismo, por la
existencia de automóviles moviéndose a velocidades elevadas. El riesgo de
accidente es la probabilidad de que uno o más de los automóviles que circulan
quede sin control y ocasione daños a las personas o las
cosas.
Esta distinción es esencial para
interpretar correctamente la siniestralidad vial. Los ciclistas o los paseantes,
por ejemplo, no son “un peligro” en las carreteras, como frecuentemente se
afirma. Un ciclista o un peatón no puede ocasionar daño a nadie, pero ambos
corren el riesgo de ser atropellados por los automóviles. Y si un conductor va
demasiado deprisa, corre el riesgo de perder el control de su vehículo tratando
de esquivar a un ciclista, y sufrir un accidente. En ambos casos, el peligro
radica en el automóvil, y es tanto mayor cuanto mayor sea su
velocidad.
El problema de fondo de la seguridad
vial es que mientras el peligro global está aumentando
incesantemente, pues cada vez hay más automóviles, más potentes y más
rápidos, el riesgo global ha de ser mantenido dentro de límites
socialmente tolerables. Para afrontar esa perpetua carrera entre peligro y
riesgo, la seguridad vial se ha apoyado tradicionalmente en las mejoras viarias
y en la tecnología de seguridad activa y pasiva de los automóviles.
Sin embargo, pese a las inmensas inversiones
en red viaria realizadas en las últimas décadas, y pese a los indudables avances
en la seguridad de los vehículos, la siniestralidad vial se resiste a bajar
en muchos países, incluidos algunos como España, en los que la renovación de
vías y de vehículos ha sido particularmente intensa y costosa, tanto para el
estado como para los particulares. Aunque desciende la tasa de accidentes por
kilómetro recorrido, como se recorren cada vez más kilómetros, el número total
de víctimas apenas varía. En consecuencia, los efectos de la siniestralidad
viaria sobre el conjunto de la sociedad no mejoran apreciablemente.