Juan Antonio Palau Riera - Unas autopistas demasiado grandes

 

20 de febrero de 2006

 

Empezamos construyendo una carretera bien grande y hermosa de acceso al aeropuerto y una más grande todavía para ir de Ibiza a San Antonio; como se nos han ido las manos en su construcción, son demasiados grandes para llenarlas solamente durante dos meses de coches, aprovecharemos para crecer el aeropuerto (con lo bonita que quedaría una nueva terminal como la nueva T-4 de Madrid), y el nuevo dique del puerto también hay que crecerlo para que puedan venir más visitantes a lo largo del año; en agosto también podrán venir más, que para eso estamos aquí. Para esta gente que vendrá construiremos nuevos hoteles y nuevos puertos deportivos, con sus servicios (restaurantes, hoteles, tiendas, lavanderías, etc.). Como suele pasar siempre, se nos irá también la mano con los hoteles y puertos deportivos que construiremos, por lo que las nuevas carreteras se nos quedarán pequeñas; no pasa nada, más carreteras, trazando líneas rectas entre Ibiza, aeropuerto, San Antonio, Santa Eulalia y todos los municipios que se quieran apuntar: en diez minutos hay que llegar a cualquier punto de la isla, el tiempo es oro. En los espacios que queden libres entre carretera y carretera construiremos campos de golf, actualmente sólo hay casas sin ningún valor arquitectónico; para regarlos usaremos agua depurada proveniente de otras quince o veinte nuevas depuradoras, de esas que todo el mundo sabe donde están aunque no se vean (se huelen); los turistas, como gracias a nuestra sapiencia y buenas dotes en las ferias turísticas no vienen a otra cosa, no cabrán en las macrodiscotecas que hay actualmente; haremos un par más (una vez puestos, miraremos de no quedarnos cortos) con accesos directos de una a otra para evitar accidentes. Hay que conseguir que sean de interés general, así si hay que derribar unas cuantas casas más no pasa nada, con un poco de suerte la Unión Europea nos ayudará a pagar las praderas de posidonia que, todo hay que decirlo, son un coñazo, pues no dejan un triste euro de beneficio y no las ven más que cuatro submarinistas, amén de resguardar a toda clase de animales peligrosos. Las sembraremos de cemento con boyas para poder amarrar los yates de los que nos visiten. Los montes de pinos, que llegan a cansar la vista de verlos todo el año con este color verducho (ni siquiera tienen la bondad de cambiar de color en otoño) y nos producen alergias en primavera, los cambiaremos por chalets adosados, pintados, eso sí, de colores vivos para animar nuestro espíritu y alegrarnos la vista, para que el entorno no desentone. Cubriremos con ellos los montes, desde lo alto de la cima hasta llegar al valle, pues como que queda muy feo ver cuatro arboluchos por encima de los preciosos chalets. Para que los turistas no vean que la isla está demasiado masificada, a los pueblos que no sean bonitos ni tengan encantos rurales, los esconderemos detrás de unas paredes de tierra y cemento. Ya hemos empezado por Puig d'en Valls y vemos que el invento queda bastante interesante; eso sí, a sus habitantes les dejaremos entrar y salir por algún discreto túnel, y también podríamos construir...

Abrió los ojos en la oscuridad, sudoroso y temblando de placer, pensando: ¡qué gozada de sueño, hay que hacerlo realidad cuanto antes! Alzó la mano hacia la mesita de noche para coger el móvil y comunicárselo a sus subordinados.

 

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