Paquita Cardona Roig - Finales trágicos

 

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El suicidio tiene connotaciones muy diferentes si lo pensamos desde el punto de vista de la cultura japonesa, por ejemplo, y de nuestra mentalidad occidental.

En Occidente, estamos acostumbrados a valorar la vida de una manera incompatible con la visión que se tiene en otros países. Aquí se asume que el suicidio es un acto, de entrada, egoísta, de no saberse enfrentar a las mil y una peripecias que la vida tiene escondidas. En Japón, sin embargo, acostumbrados a un nivel de exigencia desmesurado, el suicidio no es sino una forma de poner fin a la existencia humana, más o menos digno en función del medio que se utiliza para ello.

Estos días he estado leyendo un libro de un autor, Yasunari Kawabata, premio Nobel de Literatura en 1968, que, por alguna razón, debió decidir que, después de ganar un premio Nobel, pocas cosas buenas le podrían ocurrir en la vida y lo mejor que podía hacer era suicidarse. Lástima porque seguro que le quedó mucho por escribir. Tal vez, para él, no había llegado al grado de excelencia esperable y no merecía seguir entre los vivos. En fin, nadie puede elegir por otro de modo que la única opción posible es respetar el destino que cada uno quiere para sí.

Lo que sí esta claro es que por la cabeza de quienes deciden suicidarse pasan sentimientos de soledad, de inadecuación... Cuando alguien que ha intentado, o que acaba suicidándose, habla sobre el tema, suele mencionar esta sensación de vacío, de soledad, aun estando con otras personas, que ni saben ni pueden entender.

Si creyese en la casualidad, diría que, por casualidad, varias personas me han explicado este tipo de experiencias pero como las casualidades no existen, por alguna razón, varias personas me han contado una pequeña parte de lo que pasaba por su mente cuando se plantearon el suicidio. Algunos lo consiguen; otros tienen que vivir sabiendo que una, dos o más veces han intentado acabar con su vida sin éxito. Dudo que, en todos los casos, las circunstancias existenciales de estas personas hayan cambiado, lo que sí será distinto será su modo de enfrentarse a la vida pero es evidente que no tiene que ser agradable vivir pensando que, en algún momento, has querido acabar contigo mismo.

Sin embargo, los trágicos finales no siempre los elegimos nosotros. Sólo ocurren. Hay quien aprende a vivir su soledad y su inadecuación sin tanto dramatismo. ¿En el futuro? Dios dirá.

 

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