Pau Sarradell - Sin ascensor

 

(Ultima Hora, 23 de mayo de 2004)

 

Tercer piso. Sin ascensor. Me preparo para salir. Para bajar a la calle. Hago un repaso mental: dinero, documentos, llaves. Como iré calle arriba, pasaré por los contenedores de reciclaje. Toca cargar bolsas. Una de papel: los periódicos de cuatro o cinco días, unas pocas facturas tristemente ya pagadas, el sobreenvase de cartón de cuatro yogures griegos y una caja de huevos. Vacía, claro. También algunos sobres de banco sin el celofán de la ventanilla. La de plásticos: un tetrabrik de jugo de naranja, otro de leche, los envases de plástico de los cuatro yogures griegos – con sus correspondientes cuatro tapas-, las ventanillas de celofán de los sobres de banco, las tapas de un pote de confitura y otro de garbanzos, algunos trozos de plástico provenientes de otros envases que no reconozco y una garrafa de agua bien aplastada. La del vidrio lleva una botella de vino, un pote que había contenido garbanzos, otro de confitura – de ciruelas- y los restos de un vaso que cayó al suelo. Ya está. Lo tengo todo. Bajo los tres pisos per las escaleras. No hay ninguna otra posibilidad. Camino poco más de cien metros. Llego a la batería de contenedores y vacío las bolsas. Cada una en el contenidor que le toca. La de plásticos no la vacío: con bolsa y todo. Pongo, también, las dos bolsas vacías en el contenedor amarillo.

* * *

Vuelvo del supermercado. Llevo tres bolsas de plástico. Contienen una botella de vino, un tetrabrik de leche, otro de jugo de naranja, confitura – de ciruelas-, garbanzos, yogures griegos, media docena de huevos. También llevo el periódico bajo el brazo. Y una garrafa de agua. Paso al lado de los contenedores de reciclaje. Pienso que podría tirarlo todo ahora mismo. Y ahorrame cargar con los envases tres pisos para arriba. Y tres pisos para abajo. Y los poco más de cien metros. De ida y de vuelta. Lo pienso, sí. Pero no lo hago. Como tantas otras cosas. Llego al portal de casa. Abro el buzón. Cartas. Cartas de banco. Nadie me escribe cartas de amor. Ni de amistad. Ni siquiera de cortesía. Sólo recibo cartas que hablan de dinero. Todas con la dirección y el nombre bien visibles a través de ventanillas de celofán. Subo los tres pisos sin ascensor cargado de las cosas que habré de volver a bajar. Mañana.

 

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