Pau Sarradell - The Ghan, el espacio, el tiempo

 

(Ultima Hora, 3 de enero de 2005)

 

Viajando hacia el este y hacia el sur he llegado a Australia. Y, no sé si os lo había contado alguna vez, me gustan los trenes. Dicen que viajando en avión se llega rápido, pero el espíritu llega un par de días más tarde. En tren, el espíritu y el cuerpo viajan al mismo ritmo. Y eso me gusta. Aquí, en Australia, hay un tren mítico. Se llama "the Ghan". Y se llama así porque gran parte de los obreros que lo construyeron eran de Afganistán. Con la costumbre australiana de apocopar las palabras dejándolas en la última sílaba: de "afghan", "ghan". "The Ghan". Desde hace pocos meses la línea llega hasta Darwin, al norte. Pero el tramo mítico, el que construyeron los obreros afganos, con ayuda de sus camellos, va desde Alice Springs, en el centro de Australia, hasta Adelaide, al sur. Una tierra desértica. Seca. Pero cuando llueve, llueve de verdad. Y corren torrentes y los terrenos se inundan. Y, tiempo atrás, el agua se llevaba las vías. Por este problema, durante muchos años, la línea acababa en medio del desierto, en ninguna parte. Los pasajeros y las mercancías hacían los últimos kilómetros, hasta Alice Springs, en uno de los camellos afganos. Hoy es un tren cómodo y no demasiado rápido. Pero encantador. La frecuencia tampoco es ninguna maravilla: dos veces por semana. Cada llegada y cada partida todavía es un acontecimiento. La gente, no sólo los niños, saluda con la mano cuando el tren pasa. Llego a la estación con más de una hora de tiempo. Facturo el equipaje, un lujo, viajar ligero. Y espero. La hora de salida establecida en el horario oficial es a las dos de la tarde. Y con exacta puntualidad se pone en movimiento. Lentamente sale de la estación, mientras una voz por la megafonía nos dice que la hora oficial en el tren es la de Australia del Sur. Una hora más tarde. No hemos acabado de salir de la estación y ya son las tres de la tarde. Saliendo de la ciudad, camino del desierto, la gente parada en los pasos a nivel saluda con la mano. Estoy a punto de devolver el saludo cuando me doy cuenta de yo estoy en el futurp. De que los que me saludan viven en el pasado. Una hora antes. Miro disimuladamente de reojo. Y no saludo, no sea que inicie una paradoja espaciotemporal.

 

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