Pep Tur - La maleta perfecta

 

Ilustración de Pep Tur

 

(Ultima Hora Ibiza, 2 de agosto de 2005)

 

Vivir rodeado de gente que está de vacaciones tiene su lado duro, aunque siempre nos queda el consuelo de que, antes o después, seremos nosotros los que formemos parte de ese sector privilegiado de la sociedad que en aquel momento se olvida de sus obligaciones laborales y campa a sus anchas por los amplios horizontes del tiempo libre.

Llegado ese día, siempre tenemos dos opciones: quedarse en casa, o bien planear un viaje y alejarse durante una temporada del entorno habitual y conocer nuevos y atractivos lugares.

Ante el poco interés que despierta en mi interior la posibilidad de pasar las vacaciones en casa, si no le importa, estimado lector, centraré mis argumentos en los viajes y en su punto culminante: las maletas, principio y fin de todo periplo.

La labor mental para saber qué llevar y qué no puede dar comienzo semanas antes de salir de casa, aunque debo confesar que en mi caso esa espera se reduce a las últimas cuarenta y ocho horas. De todos modos la estructura que sigue el hacedor de maletas suele ser más o menos igual en todos los casos.

En primer lugar, la ropa. Tras consultar en internet las temperaturas que encontraremos en nuestro lugar de destino comienza la selección de armario, para así poder estimar si será necesario comprar alguna prenda que nos falta y comenzar a combinar los conjuntos que luciremos por esos continentes de Dios (ojo, es una frase hecha, no una afirmación religiosa de mi creencia en el origen divino del mundo).

Varios pantalones, camisetas, algún jersey por si refresca... ¿Y si llueve en algún momento? Coges el chubasquero y unos zapatos adecuados para no mojarse los pies. Protección solar (si vamos hacia el sol) o algún gorro (si nos dirigimos al frío). Los móviles, sus respectivos cargadores, pasaporte, divisas ya cambiadas en nuestro país, algún libro para leer (siempre pensamos que aprovecharemos las vacaciones para leer esos libros que se nos resisten durante el resto del año), la cámara fotográfica, aspirinas, útiles de baño,...

Ya lo tenemos todo organizado sobre la cama y descubrimos horrorizados que precisamos de tres baúles para un viaje de dos semanas. Es una de las leyes inmutables de la liturgia vacacional. Y comienza el trauma. Aquel conjunto de bermudas y camisa que nos hace parecer un auténtico Indiana Jones tendrá que quedarse en casa, al igual que la chaqueta de piel que tan bien nos sienta. Seguramente será innecesario llevarse tres libros, porque, desengañémonos, a duras penas leeremos medio. ¿Y si llueve? Pues nos quedaremos en el bar del hotel...

De tres baúles pasamos a dos y de esos dos a uno. Lo hemos conseguido. Sumergiéndonos en nuestras auténticas necesidades hemos logrado la maleta perfecta, manejable, de poco peso y con lo imprescindible. Hay talentos naturales que lo logran a la primera. Otros, entre los que me incluyo, hemos necesitado años para llegar a este punto de perfección vacacional.

Así que, estimado lector, cuando lea estas veraniegas líneas estaré con mi maleta perfecta recorriendo el mundo. Un saludo, y hasta la vuelta.

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