Alejandro Pérez Lugín - Una cita de "La Casa de la Troya"

 

—Un momento —advirtió, deteniéndoles, el prudente Ulises Barcala—. Y así que hayamos rescatado a Carmen, ¿qué hacemos con ella? Porque supongo que no te la traerás a casa.
—Es verdad. ¿Qué hacemos con ella?
—¡Pero si no hay nada más sencillo! —resolvió Augusto, encontrando en su erudición romancesca la solución del problema—. Tenemos preparado un cura en una iglesia cercana, vamos allá con la muchacha en cuanto se la robemos a sus carceleros, os casáis, damos muchos vivas a los novios y otros tantos mueras a Maragota y a su cochina ascendencia, y colorín colorao...
—¿Y dónde encontraremos a ese cura?
—Yo iré a buscar a Minguiños —contestó Casimiro—. Minguiños es pintiparado para el caso. ¿Quién sabe dónde vive?
—¿Para qué quieres sus señas? ¿No han enterrado hoy a don Sabino?
—Cierto. En la taberna del Argallante lo encontraré esta noche.

Era Minguiños un clérigo rabelesiano, rechoncho, apoplético, glotón y alegre, que se ganaba la vida actuando de sochantre con su voz cavernosa en todos los entierros y funerales de rico. Para Minguiños los días eran de dos clases: días negros, en que, por no haber nadie a quien dar tierra, veíase reducido al pote familiar, y alegres días de pescada.

—¿Tienes pescada, Minguiños? —le preguntaban los estudiantes al verle pasar ligero con la bolsa roja de la sobrepelliz colgada del brazo.
—¡Teño! —respondía relamiéndose.

No hubo memoria de entierro, funeral o función religiosa que no solemnizase Minguiños regalándose por la noche, en el reservado de la taberna de Argallante, con un par de raciones, cuando no con tres, de aquella riquísima merluza con chícharos que aderezaban exquisitamente las manos primorosas de la mujer del tabernero. La pescada con chícharos era el vicio de Minguiños; la pescada y más las sardiñiñas con cacheliños, el pulpo, el raxo, las costilletas, el lacón con grelos, su buen vino blanco del Ribeiro o tinto de Castilla y su mejor "calloubada", bien cargadita de caña para ayudar la digestión. Minguiños era un hombre feliz. No tenía más que un enemigo: la cochina salud que se disfrutaba en la ciudad. Una indecencia, ¡hom!

—Ya tú ves —porque él tuteaba a todo el mundo, como todo el mundo le tuteaba a él—. Con esta estrechez de calles, que te está probado que es muy perjudicial para la salud pública; con las casas faltas de esas cosas de la higiene que ahora son tanta moda; con la carencia de alcantarillado y con el agua que cae del cielo, asustan las cifras de mortalidad en Santiago. No se muere nadie. Ahí está la estadística, ¡hom!

Pobres, sí, caían algunos; pero no tenían importancia para la estadística. Los otros, los ricos, eran los que disfrutaban de una salud a prueba de epidemias.

—¿Cuántas veces vengo aquí al mes, Argallante? Ocho, diez; a lo sumo, doce. Un asco, ¡hom! Todos son días negros. Echa para acá un neto de ese Ribeiro tan rico; ¡Dios lo bendiga y nos bendiga a todos, amén! ¿Qué traes, estudiante? —preguntó a Barcala, que le oía curioso.
—Tengo que hablarte, Minguiños —respondióle Casimiro.
—¡Ay!, namentres quede un toro de merluza en el plato hasme de perdonar. Aunque me llamasen para hacerme canónigo, no te me levanto de la mesa.
—No hace falta, podemos hablar mientras cenas.
—No serán cosas desagradables, ¿eh? Porque te es muy malo para las digestiones.
—Tranquilízate; no es nada malo, sino algo muy bueno.
—Pues, luego bien. Di lo que quieras.

Brevemente le puso el estudiante al tanto del asunto. Tratábase de una colosal pescada, como un tiburón de grande. Más: como una ballena, como un trasatlántico. ¡Un año de merluza y guisantes a todo pasto!

—¿Y entre horas un caponciño relleno y alguna empanada de raxo o de lamprea? —preguntó risueño el clérigo con la barbilla brillante de grasa y los ojos muy abiertos de gula.
—Con todo eso y unas mantecadiñas de Belvís para postre.
—Pues ya que eres tan generoso, añade unas cajitas de jalea de perada y membrillo, de esas tan ricas que venden en casa de Don Hilarión. La jalea untada en pan, después de una buena comida, te hace un postre exquisito.

 

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