Pilar Bonet  -  La gran fábrica de zombies

 

Enero de 2006

 

Acabo de regresar a mi trabajo en Moscú después de unas vacaciones en Ibiza. Como al final del pasado verano, de la isla me he llevado las imágenes de las amenazadoras moles de hormigón que se convertirán en autopistas como senderos para elefantes sobre el cuerpo de una pulga. Los puntos de referencia de mi isla natal se esfuman y no porque Ibiza cambie con el tiempo, lo que resulta lógico, sino porque está ocurriendo un fenómeno cualitativo de otra envergadura mucho mayor que altera sustancialmente la isla y la destruye en tanto que referente de un mundo proporcionado y armónico de una cultura que hemos llamado mediterránea. Estamos, nada más y nada menos, que ante un caso de terrorismo ecológico. Y cuando de vida o muerte se trata, no caben posiciones partidistas, interesadas, mezquinas, sino que hay que actuar como ciudadanos responsables y negar cualquier complicidad a los asesinos.

He reflexionado a menudo sobre Ibiza en los numerosos viajes que he realizado durante los últimos meses. Han sido viajes que me han llevado por distintos países ex soviéticos de Asia Central, donde ahora gobiernan dictadores de distinto pelaje, que en la mayoría de los casos fueron los líderes comunistas locales antes de que se desintegrara la URSS. Una de las características de todas estas transiciones hacia no se sabe dónde es la disparidad entre una fachada exterior, con instituciones que imitan la democracia y la modernidad, y una estructura de poder interna, que es la real y que responde a relaciones de una naturaleza bien distinta, a menudo tribal.

Siempre he pensado que el haberme formado en el periodismo en Ibiza durante la transición me ayudaba a diferenciar entre las fachadas y la realidad que se oculta tras ellas. Casi treinta años después de aquel aprendizaje, revivo -a otra escala y en otros entornos- fenómenos parecidos a los que experimentaba la isla en el posfranquismo y constato que la prueba de la democracia no son las formas externas, sino los contenidos. Las sociedades de ciudadanos libres pueden en principio tener la misma fachada que las sociedades feudales, de señores y siervos, de padrinos y matones. Lo que no tienen en ningún caso es la misma urdimbre. En el primer tipo de sociedades imperan los derechos, en el segundo, el miedo y... sobre todo, las complicidades.

Los dictadores se imponen por el terror, como el líder de Uzbekistán, Islam Karímov, en cuyas cárceles se pudren miles de personas. Los dictadores se afianzan también por el paternalismo, como el presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov (`turkmenbashí´ o «padre de todos los turcomanos»), que gusta de realizar gigantescas obras, incluidas autopistas. Los dictadores triunfan incluso en las urnas, cuando saben repartir parte de la riqueza generada por el petróleo, como el kazajo Nursultán Nazarbáyev, y se perpetúan haciendo que sus hijos sean elegidos «democráticamente» como diputados, como ministros e incluso como sucesores. Las estructuras mafiosas tienen todas ellas algo en común: a todos les caen algunas migajas, todos son cómplices en una u otra medida.

En Ibiza -que yo sepa- no escaldan en agua hirviendo a los disidentes, como en Uzbekistán, ni les hacen aprender de memoria el `Rujnamá´, el compendio de imbecilidades escrito por el turcomano Niyázov. Sin embargo, existen paralelismos entre el mundo de Asia Central y la isla. Aquí también hay un mundo formal con sus instituciones (el Consell Insular, los ayuntamientos, los partidos políticos que gobiernan y los de la oposición) y una estructura de fondo, que es la que verdaderamente cuenta. En esta estructura de fondo se ha producido una alianza entre quienes no han superado la mentalidad primitiva de tipo feudal y miembros de las nuevas generaciones que, debido a una comprensión limitada del mundo, identifican el progreso con el cemento y el dinero inmediato.

Lo que sucede en esta isla no se explica con los esquemas tradicionales de izquierdas y derechas, con las relaciones entre el Partido Popular, el PSOE, los Verdes, Izquierda Unida y otros partidos. Estamos en otra dimensión histórica de las transiciones. Hace falta mucho más que treinta años para recorrer el camino del siervo al ciudadano capaz de asumir responsabilidades por el porvenir de sus descendientes y por su entorno.

Quienes mandan en la isla, dueños de hoteles, discotecas, empresas de transporte y canteras, han decidido a favor del despropósito. Esas cintas de hormigón que cruzarán los campos donde crecieron higueras centenarias no tienen nada que ver con el problema de las malas carreteras, que podía haberse solucionado con una inversión mucho más modesta, tal como se preveía inicialmente. Se ha manipulado y tergiversado un problema real para desarrollar una lógica de intereses de clan, que resulta asesina respecto a la isla.

Ibiza se ha convertido en un centro de producción de zombies. En esa planta de producción continua (24 horas sin turnos), las discotecas son talleres de desguace, cuyos operarios no aprietan tornillos, sino que los aflojan, para que al final de la cadena de montaje, los `zombies´, convenientemente `lacados´ con diversas sustancias químicas, caigan descuajeringados al suelo. Las autopistas, como las cintas mecánicas, llevan a los `zombies´ de un taller a otro, y, de no evitarlo, pronto se reforzarán con nuevos sistemas de transporte de mercancías, esta vez marítimos. Si dejamos que se construyan, los apéndices de hormigón, que algunos llaman puertos deportivos, serán terminales de carga para ampliar la capacidad productiva de la fábrica de zombies y también su superficie. La isla no es elástica y la decadente especialidad elegida por la industria turística local produce más basura de la que Ibiza puede sostener.

Se puede escribir sobre los intereses comerciales que están detrás del terrorismo ecológico, pero resulta mucho más difícil hacerlo sobre la psicología de los abanderados del `ibicidio´ ¿Cómo es posible que el contacto con otras civilizaciones no les haya hecho más sensibles, más sutiles, no les haya inspirado el deseo de dejar a la isla un legado personal más benigno, más sabio, más acorde con la cultura mediterránea? Los ibicencos, sin partido y de cualquier partido, que deseamos ser ciudadanos responsables y no vasallos en un sistema feudal, debemos pensar en serio si queremos ser cómplices del asesinato de nuestra isla y actuar en consecuencia. Y no seamos ilusos. En una isla tan pequeña no se puede jugar al avestruz, porque todos estamos afectados y los maniacos del cemento armado que hoy aplastan algarrobos en Can Sifre, también proyectan dividir Es Viver y ses Figueretes con un nuevo muro de Berlín e incluso están dispuestos a crear puestos de trabajo, sobre todo, plazas de sepultureros para cavar una gran tumba de hormigón colectiva.

 

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