José Manuel Piña - Mona se queda

 

(Diario de Ibiza, 24 de febrero de 2006)

 

Hay que ver lo poco que nos ha durado la alegría de la posidonia, de cuya existencia muchos de nosotros nos enteramos en cuanto se incluyó entre los bienes Patrimonio de la Humanidad. Fue acceder a esa categoría y, casi simultáneamente, comenzar su persecución por parte de los de siempre para construir diques, puertos deportivos, pantalanes y ampliaciones de puertos ya existentes y saturados sólo uno o dos meses al año. Como las carreteras. Triste destino el de ser condecorado con esa máxima distinción de la Unesco, que no durarás mucho más que lo que tarda el microondas en calentar la pizza de la cena. Si se le ocurre algún día a un representante de ese organismo internacional venir a ver cómo se cuida y se mantiene lo que ellos calificaron oficialmente de maravilla se va a llevar un soponcio de tal calibre que ríete tú de los que se lleva estos días Pere Palau por su negativa a dialogar sobre las autovías.

Por miles de metros cuadrados se esquilmará esa preciada especie si llega a materializarse en la zona de es Viver alguno de los proyectos que en las últimas semanas están floreciendo como lo hacían las amapolas cuando nos quedaba todavía algo de terreno agrícola cultivado. Se dan a conocer ahora mismo más proyectos de ese calibre que praderas nuevas de posidonia, a las que habría que declarar zonas de protección obligatoria si no queremos que nos retiren el título patrimonial por falta de patrimonio. Al final, el tan cacareado título sólo nos habrá servido para que se convierta el castillo en un parador turístico -nada que oponer si ésta es la única posibilidad de rehabilitarlo rápidamente-, para que Dalt Vila y alrededores sigan degradándose a ojos vistas, para que el poblado fenicio de sa Caleta luzca un enlucido que lo hace parecer un urinario público y para que la posidonia se aniquile como si fuese un obstáulo que impide progresar a la isla, o sea, a los que confunden su propio progreso con el interés general.

Aunque en mi indocumentada opinión, creer que un puerto deportivo dignificará la zona de es Viver, tan urbanísticamente maltratada, es como tratar de vestir a la mona para que parezca otra cosa que una mona. Es Viver dejó de ser hace años el lugar donde muchas familias ibicencas tenían su segunda residencia, de agradables proporciones y estética armoniosa, donde se respiraba una paz que alimentaba el espíritu y se sentía uno ligado al mar y el cielo. Hoy es un forzado y saturado nexo de unión entre las devaluadas Figueretes y Platja d´en Bossa, donde los clubbers agotan sus últimas energías cuando ni los after hours les dan ya de beber. Habremos vivido al final una fugaz aunque apasionada historia de amor con la posidonia, que parece el nombre de una cupletista antigua o una prima hermana de la dama de las camelias, pero que es una planta que hace de nuestro mar algo diferente, que debe de ser lo que molesta a los de siempre, que lo quieren todo uniforme y gris. Como sus vidas.

 

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