José Manuel Piña - Un muro más para la vergüenza

 

13 de octubre de 2005

 

He vuelto a pasar hoy por allí delante, de camino hacia Santa Eulària, nada más salir de Vila. No sé si a todo el mundo le sucede lo mismo, pero cuando circulo junto a ese paso elevado que se está levantando en el cruce de Jesús, de camino hacia el segundo cinturón de ronda, noto en el estómago un encogimiento desasosegante y sobrecogedor. Como esos enfermos o presidiarios acostumbrados durante años a una rutina diaria, a quienes de repente cambian el horario del tratamiento o de trayecto rumbo a la celda. Hace sólo unos meses, aquel tramo de carretera no hubiese servido para dar de Eivissa al exterior la imagen idílica y paradisíaca que se encargaron de liquidar los mismos que ahora la rematan con esa inmensa joroba artificial del terreno, pero no dañaba especialmente la vista. Era una especie de transición entre la catástrofe vilera y la armonía de Santa Eulària, uno de los pueblos más dulces para la visita y la visión, sembrado el camino de naves industriales de estética cero y construcción barata.

Lo mismo que puede verse en otros enclaves de la isla y que se convierte en escalofriante visión por allá por Montecristo o como se llame ese lugar donde se abandonan los coches penalizados por la grúa municipal de Vila, un paisaje de pesadilla, lo más inhóspito y acongojante que he visto jamás en Eivissa. De hecho no parece Eivissa, sino uno de esos desiertos semihabitados por seres al margen de la ley y de la vida que tanto les gusta retratar a los directores americanos "outsiders", alternativos que se dice ahora. Aquel terreno, cuyo auténtico nombre no sé y cuyo pasado no recuerdo, es ahora cosa del demonio, que, de no existir, se habría encarnado en ese deshumanizado conjunto de naves de piedra que parecen manejadas por control remoto porque el único signo de vida aparente y no demostrada es el policía que custodia el parque de vehículos proscritos por el implacable Leopold Llombart.

Aquello ya no tiene remedio. Ni tampoco lo tiene ya ese "scalextric" de cemento, metal y hormigón que le ha salido a la carretera de Santa Eulària a su paso por el desvío de Jesús, una especie de excrecencia purulenta y obligatoriamente amputable que habrá que agradecer siempre a Pere Palau y su cohorte de destructores compulsivos del equilibrio ibicenco. Lo que más me sorprende de todo esto, sin embargo, es el escaso eco que parece producir esa monstruosidad entre la opinión pública. He visto muy pocas opiniones contrarias a este ultraje en las cartas al director y en casi ninguna tertulia de bar, sala de espera de dentista o peluquería he escuchado apenas diatriba ninguna contra ese monumento al horror paisajístico a favor del que no se justifica ninguna defensa. A lo mejor se me ha pasado, pero echo de menos una llamada a la movilización activa contra esa salvajada, otra más -y no es la última- a una tierra cuyo único pecado ha sido ser tan bella y hospitalaria y que ha sido traicionada por algunos de sus propios hijos.

 

José Manuel Piña...

Eivissa - Ibiza...

Jesús...

Movilidad...

Movilidad - Eivissa - Ibiza...