Rafael Aguirre Grijalvo - De Madrid a Villanueva de la Serena

 

 

Madrid, viernes veintiocho de diciembre de mil novecientos setenta. Seis y diez de la mañana...

 

– Ring, ring, ring, ring, ring, ring...

Un tenue aunque prolongado pitido, emitido por el primero de los dos relojes que previsoramente coloqué anoche antes de acostarme sobre la mesilla, intenta sacarme de un profundo sueño. Inconscientemente trato de desactivar la impertinente alarma manoteando sin mucha convicción sobre el cercano mueble hasta que casualmente acierto a poner el dedo sobre el interruptor. Amodorrado como me encuentro no hallo justificación alguna para despertarme sabiéndome de vacaciones. Inmediatamente vuelvo a caer en un profundo sopor.

– ¡El autobús a Villanueva! – exclamo al momento, pensando en mi inminente marcha a Extremadura.

Minutos más tarde, al tiempo de afeitarme, repaso mentalmente lo que han dado de sí estas tres semanas transcurridas desde que desembarqué en Sevilla, por fin de prácticas reglamentarias, el pasado día siete...

El encuentro con mis padres a pie de escala, el viaje con ellos al pueblo de ella, la tarde con los suyos, los días tan agradables que vivimos Nely y yo allí, mi vuelta a casa por Navidad, la cena de Nochebuena en familia... y ahora, disponiéndome a salir hacia Villanueva para pasar Nochevieja junto a ella. Una más que merecida recompensa tras los catorce meses largos que he permanecido embarcado en el "Miguel Martínez de Pinillos". Después de Reyes viajaré a Portugalete en cuya Escuela de Náutica iniciaré, a mediados de enero, el cursillo para la obtención del título de Piloto de la Marina Mercante de Segunda Clase.

Canta el pájaro alborozadamente las siete de la mañana en el reloj de cucú del cuarto de estar cuando, aseado, desayunado y tras haber comprobado una vez más que todo se encuentra en orden dentro de la bolsa de viaje, me dispongo a abandonar la casa.

Bajando las escaleras escucho ponerse en marcha las máquinas del taller. Abandono el portal tras vencer la resistencia de la puerta al quedarse cogida de abajo. Es de noche y hace frío cuando camino rápido, calle Jordán arriba, en dirección a la glorieta de Quevedo, teniendo que alzarme el cuello del tabardo. Dentro ya de la boca del Metro agradezco el ligero pero perceptible cambio de temperatura. Minutos más tarde, con el chaquetón desabrochado, me sujeto con fuerza a la barra del techo del vagón que me lleva a gran velocidad en dirección a Atocha. Después de un transbordo para coger la línea de Vicálvaro me apeo en la segunda estación. Salgo a la calle.

– A TO RES S.A.– reza un luminoso cartel al que sin duda ha debido de fundírsele la U.

– Ya estoy – digo para mis adentros al tiempo que observo cómo las negras manecillas de un enorme reloj eléctrico de pared indican las ocho menos cuarto.

A poco de llegar a la entrada de la estación tengo que detenerme guardando cola, ya que tanto el personal viajero como el acompañante no se muestra muy diestro a la hora de franquear la innovadora puerta giratoria. Observo acalorados gestos por parte de una gorda de raído abrigo con cuello de borrego quien, seguida de tres o cuatro adolescentes, se empeña en entrar empujando la puerta de derecha a izquierda con toda su prole por detrás. En el lado opuesto del novedoso ingenio mecánico, un desgalichado de barba caprina y pelliza de cuero negro trata de hacer retroceder al grupo anterior apretando con fuerza cara y barriga contra cristal y barra respectivamente. Tras él, una enlutada rechoncha presiona con el hombro en los riñones de su compañero mientras sostiene a duras penas una enorme maleta atada con cuerdas. Se mantiene durante unos instantes el pulso sin observarse cobrar ventaja por parte de alguno de los dos bandos beligerantes.

Tras mediar en la disputa los viajeros más próximos al lugar de los hechos y un guardia de la porra, quien garantiza el orden de una fila de taxis estacionados que nadie solicita, despacha la gorda con cajas destempladas al de la pelliza, al tiempo que proporciona un inesperado empujón al transparente mecanismo que hace retroceder a sus contendientes y progresar a su propia camada. Una vez el grupo dentro de la estación entran rolliza y desgalichado arrastrando su pesado equipaje restableciéndose, a partir de entonces, el flujo normal de viajeros.

Ya en el vestíbulo de la amplia cochera una inquieta muchedumbre se desplaza de aquí para allá en busca de su autobús correspondiente o tratando de ganar la salida a la calle una vez rendido viaje. El personal es de lo más heterogéneo, si bien la totalidad de individuos e individuas están cortados por un mismo patrón, descaradamente pueblerino. Además de la boina y la faja abunda el borrego y la pana.

Un enorme panel trata de informar a los usuarios de la ubicación de sus respectivos medios de transporte en orden a los diferentes destinos y horarios. Observo con atención el monumental cartel tratando de localizar dónde se encuentra el coche que, como meta Villanueva de la Serena, tiene prevista su salida para las ocho horas treinta minutos, cuando un potente altavoz comienza a vociferar: "¡Atención! Los viajeros para Levante que salgan por la puerta tres al andén segundo. Los viajeros para Andalucía, por la puerta dos al andén tercero. Los viajeros para Extremadura, por la puerta uno al andén cuarto. Los pasajeros para otros destinos por la puerta cuatro al andén primero". Cabe resaltar que estos altavoces son utilísimos, pues gracias a ellos se consigue que los viajeros para todas partes salgan a trompicones por cualquier puerta preguntando al empleado de turno dónde demonios se encuentra el autobús de cada uno.

La confusión es total. Miro el reloj, comprobando con preocupación que tan sólo faltan veinte minutos para que mi autobús ponga proa a Villanueva, y marcho de inmediato hacia una puerta sobre la que una flecha indica Extremadura. Tras recorrer unos metros entre constantes empujones descubro una larga fila de vehículos, todos ellos dispuestos para emprender la marcha. Sobre el parabrisas del que hace siete un letrero escrito a mano indica Don Benito/Villanueva. Es el mío.

Me dirijo entonces hacia el costado derecho del ómnibus, en cuya parte baja suelen depositarse los equipajes, observando a un nutrido grupo de viajeros que, alrededor del conductor, mantiene encendida polémica al tratar de estibar cada uno sus bultos en un lugar preferente.

Identifico al desgalichado de la pelliza y a su fúnebre compañera, protagonistas estelares de la bronca organizada en la puerta giratoria, como dos de los más airados pleiteantes, reconociendo al tiempo con sorpresa a varios zagales, que sin duda no son otros que los acólitos de la gorda del cuello de borrego, quien por cierto no participa en la reyerta.

A fin de desmarcarme del altercado me abro paso entre un grupo de religiosas quienes, tras colocar sus pertenencias en el maletero, caminan en busca de la puerta de entrada al vehículo, dirigiéndome a depositar mi bolsa de viaje en su lugar correspondiente.

La aglomeración de viajeros es importante y el escándalo mayúsculo. Junto a un brigada del ejército de tierra que se esfuerza en sacar bultos ajenos para ubicar los propios, una familia de aspecto agitanado intenta introducir en el guardaequipajes dos baúles de gran tamaño y una máquina de coser. Algo más allá una magra mujer, en bata y zapatillas a cuadros, reclama airadamente la presencia del conductor, pues dice haberse encontrado sobre el andén la mesa y las dos butaquitas de mimbre que tanto trabajo le costó meter. Y en el centro del barullo un enorme culo con dos brazos empuja hacia el fondo del maletero una partida de voluminosas cajas de cartón. Identificado el activo trasero con el de la gorda de raído abrigo, doy media vuelta entrando en el autobús, en el que únicamente se encuentra el grupo de monjas rezando devotamente el rosario, a fin de colocar mi exiguo equipaje en la red de malla que cuelga encima del asiento número catorce, justo al lado de un pequeño paquete blanco atado con unos cordeles. Con casi quince minutos de retraso y junto a un cortete cincuentón de alargada cara de bellota y calada boina hasta las cejas, inicio el viaje...

Ocupo un estrecho asiento de pasillo con espléndidas vistas a los respaldos de los viajeros que me preceden y a un pedacito de carretera a través del diáfano parabrisas. Con un pequeño giro de cuello observo, por el rabillo del ojo, la trasera del autobús, pudiendo constatar que va completamente lleno y que los pasajeros guardan un discreto silencio, lo que me hace pensar que o se han dormido o han sacado ya los bocadillos.

A mi izquierda, al otro lado del angosto pasillo, una gorda de prietas carnes y estirado pellejo aprieta contra su voluminoso pecho lo que debe de ser un chiquillo envuelto en unas toquillas. Junto a ella, en el asiento contiguo, otra mujer de bastante más edad que la jamona y con la que guarda gran parecido físico, descansa su cabeza en el cristal de la ventanilla sobre el que previamente ha echado la cortinilla.

Tras dejar atrás la estación, los primeros kilómetros transcurren por calles de la zona sur de Madrid atravesando el coche los populosos barrios de Usera y Carabanchel. Minutos después entramos en la carretera de Extremadura a la altura de Cuatro Vientos.

Un tibio sol que comienza a templar el ambiente hace presagiar una espléndida mañana. Ruge el motor del autobús bajo los pies del conductor a quien, desde mi ubicación, únicamente puedo verle el cogote.

– Querrá recuperar el tiempo perdido – pienso para mí, advirtiendo que mantiene una marcha más que regular.

A poco de atravesar el puente sobre el Guadarrama y aprovechando que no llevamos vehículo alguno por delante, acelera más el chófer presentándonos en un santiamén en Navalcarnero. Tras bordear la típica plaza porticada abandonamos la localidad sin detenernos a pesar de las indicaciones, primero, de un pequeño grupo de potenciales viajeros y de sus gritos y amenazas, después.

– ¡Vamos completos! – justifica su actitud el conductor, sin dar mayor importancia a los cortes de mangas acompañados de fuertes improperios que, de parte de los desvalidos, recibe a través del espejo retrovisor.

Nuevamente en carretera proseguimos nuestra ruta, entrando minutos más tarde en la provincia de Toledo. La tierra del bolo da su más calurosa bienvenida al impenitente viajero mediante un monumental cartelón en donde se conjuga historia, arte, tradición y gastronomía. Un retrato del Alcázar y otro de un castillo menos conocido, además de una apetitosa cazuela de barro con dos perdices escabechadas dentro, sirven de fondo a tan explícita propaganda.

– ¡Toledo, ya estamos en Toledo! – advierte entusiasmado el de la cara de bellota, dando palmetazos como si el hecho de haber pasado de una provincia a otra fuera motivo de celebración.

– ¡Qué bien, ya en Toledo! – contesto con bastantes menos ínfulas, al tiempo que dirijo una forzada sonrisa a mi vecino de asiento.

– ¿Ha probado usted el mazapán? – tercia la gorda en el coloquio desde el otro lado del pasillo, ansiosa por tener una conversación.

Tras satisfacer la curiosidad de la rolliza contestando que me encantan las figuritas, me incorporo fingiendo buscar algo en la bolsa a fin de interrumpir un potencial diálogo a tres bandas. Observo cierto gesto de desencanto en el rostro del de la boina, quien en un último intento porque prospere la charla pregunta a la gorda por el sexo de lo que se trae entre manos. Tras enterarnos por boca de su madre que es niña, va a cumplir dos meses y se llama Merceditas, interviene la abuela desde su acomodo para hacernos saber que es buenísima y que no da ninguna guerra.

No es que sea descortés, pero esta forma de dialogar, y más encontrándome en el centro de los otros interlocutores, con la consiguiente molestia de tener que andar a cada momento girando el cuello de derecha a izquierda, me incomoda sobremanera, por lo que simulo prestar atención a la carretera como si algo interesante estuviera a punto de ocurrir. Además es que tengo la impresión de que, todo lo contrario de lo que a mí me sucede, al de la cara de bellota le encanta el palique. Pasados unos instantes reposo la cabeza sobre el respaldo del asiento al tiempo que entorno los ojos...

– ¡Maqueda, Maqueda, estamos en Maqueda! – proclama a grito pelado mi compañero de poltrona, sacándome de la modorra mientras sacude la boina con entusiasmo.

Roto el hielo con el recuerdo de que allí pasó casi toda la guerra y se hizo novio de la Teodora, con quien no llegó a casarse porque descubrió a tiempo que se las entendía con un maestro de Escalona, acuso recibo, hasta la mismísima entrada de Talavera, del detallado currículum de Casimiro Monsalvete. Nacido en el municipio pacense de Santa Amalia tuvo que emigrar con su familia a Toledo en donde, una vez cumplido el servicio militar, se empleó en la compañía del agua. Trasladado al sector dieciséis, con base en Torrijos, pasó la guerra en la zona resultando herido de gravedad en la batalla de Brunete, circunstancia que motivó su internamiento en un hospital de campaña habilitado en Maqueda. Allí conoció a Teodora, viviendo un apasionante noviazgo que no acabó en boda al descubrir que Teo, como cariñosamente la llamaba, se la pegaba con un maduro profesor de Ciencias Naturales. Despechado, Casimiro pidió el alta embarcándose en un paquebote con destino a las antípodas ya que, según le dijeron, no podía irse más lejos. Tras casi treinta años criando el karakul en Australia regresó a su pueblo natal, harto de ovejas pero forrado de duros, estableciéndose en él, donde se hizo construir una pequeña casa en el campo. Desde entonces – concluye su semblanza mirándome a la cara con ojos picarones – sólo vive para gastarse alegremente sus ahorros en todo aquello que le venga en gana...

– ¡Cojones con Casimiro! – exclamo sorprendido, pues nunca hubiese podido sospechar que una persona con su apariencia hubiera sido capaz de llevar una vida tan intensa.

– ¡Quince minutos! – anuncia escuetamente la voz del conductor cuando, a punto de dar las once de la mañana, nos detenemos en la estación de autobuses de Talavera.

– Que quince minutos de parada – va corriéndose la voz entre los viajeros, como si fueran dándose unos a otros la paz en la iglesia hasta hacer llegar la razón a la última fila del vehículo.

Tras una rápida visita al urinario me dirijo a la saturada barra de la cafetería en donde no consigo me sea servido un café con leche. Resignado, inicio el regreso cuando un nuevo tropel de viajeros irrumpe en la sala, dirigiéndose a toda prisa hacia los retretes. Una vez junto a la puerta del coche enciendo un cigarrillo, observando cómo el locuaz Casimiro, recostado entre mi asiento y el suyo, mantiene animada charla con las tres generaciones – gorda , abuela y nieta - del otro lado del estrecho pasillo.

Algún minuto más tarde abandonamos la estación, no sin antes sostener nuestro chofer un breve intercambio de pareceres con el de otro autobús de la empresa a cuenta de no habernos cedido el paso al cruzarnos en la puerta.

De vuelta a la carretera, y tras dejar atrás unos incipientes polígonos industriales, enfila el vehículo las larguísimas rectas que conducen a Navalmoral de la Mata. Admiramos en un alto el castillo de Oropesa y más adelante, en las inmediaciones de El Gordo, los innumerables nidos de cigüeñas que pueblan el paisaje.

Tanto fuera como dentro del autobús comienza a subir la temperatura. En el exterior debido al espléndido sol que inunda llanos y cerros, en el interior porque el conductor continúa con la calefacción puesta. Y con el agradable calorcillo empieza a espabilarse el personal reactivándose la circulación en la estancada sangre de los pasajeros. Lo que en principio es murmullo va subiendo de tono hasta convertirse en jaleo aunque, eso sí, de escasa entidad. Escucho entrecortadas conversaciones que me ponen en antecedentes de enrevesadas situaciones familiares, tajantes órdenes para que el niño no se suba a las barbas del abuelo y voces que aconsejan abrir ya la cesta de los bocadillos.

Miro de reojo a Casimiro observando que ha caído en un profundo sopor, suplicando silencio a mi alrededor.

Llegamos a Navalmoral sin otras novedades que las reseñadas, abandonando la carretera frente a la entrada de un vetusto bar restaurante de los de sopa de fideos, tortilla a la francesa y camarero con pajarita. Fuertes retenciones en el pasillo, todavía con el coche en marcha, propiciadas por la acuciante necesidad de orinar el pasaje.

– Quince minutos – anuncia Manolo, que así es como se llama el chofer, alargándose en la proclama con la advertencia de que este servicio no para en Trujillo.

A medida de que van poniendo pie en tierra echan a correr la mayoría de los viajeros alcanzando los primeros, en cuestión de segundos, la puerta del rancio establecimiento de tercera. Gran decepción en la cara de los destacados en la carrera y progresivo aminoramiento de las revoluciones de sus piernas cuando observan el nutrido grupo de personas que guarda cola frente a los servicios. Efectivamente, un autobús de la empresa Los Amarillos, que cubre la línea Ciudad Real-Plasencia, con parada en Herrera del Duque y Navalmoral según leo en su costado, ha debido de llegar minutos antes que nosotros con las vejigas del personal a punto de reventarse.

Tras encender un cigarrillo hago tiempo rodeando el coche de la competencia, dándome de bruces con dos mujeres de negro abrigo y pañuelo a la cabeza quienes agachadas, sujetándose con las manos entre una pared y el lateral del vehículo, se alivian de sus necesidades más perentorias. Escapo despavorido refugiándome en el autobús, aun a sabiendas de que Casimiro se ha quedado a bordo y puede torpedearme en cualquier momento.

Una vez en mi asiento aguardo la vuelta de los aliviados, finalizando el plazo concedido por el conductor sin la presencia de aquellos. Ruge el motor con los acelerones en vacío, suena la bocina repetidamente y jura Manolo mirando alternativamente al reloj y a la puerta del restaurante mientras que, alarmado por tanto alboroto, se despierta Casimiro.

Al poco, con todos los pasajeros dentro, reemprende su marcha el autobús.

No han pasado diez minutos siquiera cuando vuelve a jurar Manolo...

– ¡Que se va, que se va! ¡Que se va de atrás! – grita el blasfemo instantes después de escucharse un fuerte estampido y comenzar el vehículo a dar bandazos.

– ¡Que se va, que se va, que se va el cabrón! – es lo último que oímos en boca de Manolo antes de salirnos por la parte izquierda de la carretera a un camino asfaltado.

Frente a un indicador que reza "A Belvis de Monroy 4", y con las ruedas de la derecha dentro de la cuneta, descansa el autobús mientras nosotros lo hacemos al sol sentados sobre unas piedras. Observo cómo un pintoresco campesino corta con la navaja un cacho de chorizo sobre un pedazo de pan llevándose la rodaja a la boca con la punta de aquella. Instantes después, mientras mastica la presa, parte con la navaja un trozo de pan acercándoselo a la boca con la mano.

Aguardamos la llegada desde Navalmoral de un mecánico, advertido del incidente por una pareja de la Benemérita Institución que circulaba en dirección al pueblo y a quien ha puesto en conocimiento de la avería nuestro deslenguado conductor.

Mientras, Manolo, con la ayuda del brigada del ejército de tierra y dos reclutas con permiso, a los que desde el mismo momento del percance ha movilizado el suboficial poniéndolos a sus órdenes, se apresura a sacar de un espacioso compartimiento, junto a los bajos del vehículo, una pesada caja de herramientas y la rueda de repuesto.

Comienza a impacientarse el personal cuando hace acto de presencia en el lugar de los hechos un estrafalario híbrido, mitad cabria mitad furgoneta, en cuyos costados se puede leer "Recauchutados Amengual lo mejor en Navalmoral".

Colocado el curioso engendro junto al autobús se apea de aquél un corto patizambo con aspecto agitanado y ensortijadas greñas dirigiéndose hacia Manolo. Tras breve diálogo entre ambos técnicos proceden estos, una vez levantado el vehículo, a sustituir por una rueda, ya recauchutada, los escasos trozos de goma que quedan junto a la llanta. Desde una prudente distancia observamos la maniobra advirtiendo el buen hacer del calé y cómo jura Manolo cada vez que se le escapa la llave golpeándole en alguna de sus extremidades. Por su parte, el grupo de religiosas reza en corro bajo un árbol, quién sabe si pidiendo a Dios por el irreverente conductor.

Cerca ya de la una y media de la tarde y con la rueda de repuesto colocada arrancamos en dirección a Trujillo mientras que Amengual lo hace hacia Navalmoral. Pese al rato que hemos pasado fuera del vehículo, primero en aquel restaurante de tan infausto recuerdo y ahora solventando la avería en este camino, de peor, un moderado, aunque pestilente tufo se respira en su interior.

A poco de atravesar el puente sobre el Tajo comienza a encabritarse la carretera y a soliviantarse la niña de mi vecina la gorda. Brama el motor del autobús, embalándose en las cuestas abajo pero perdiendo velocidad en cuanto huele las cuestas arriba, y brama la hambrienta criatura solicitando teta, teniendo que ser satisfecha por su madre.

Según nos aproximamos al puerto de Miravete se va haciendo más sinuoso el camino. A bordo se generalizan las conversaciones, aumentando además el tono de las mismas. No cabe duda de que el percance sufrido kilómetros atrás ha unido en alguna medida a los pasajeros. Se habla del reventón y del retraso que llevamos, pronosticando los más habituales en el servicio una llegada a Villanueva próxima a las cuatro de la tarde.

Aunque no comparto la predicción – por poco que corra el dichoso cacharro este apenas nos faltan ciento diez kilómetros – me quedo con la mosca detrás de la oreja recordando la rotundidad con la que un elegante zanquilargo de tez morena y sátira mirada, a quien he escuchado presumir de que todas las semanas viaja a Madrid para ver una revista, ha asegurado que rendiremos viaje en la capital de La Serena a las cuatro en punto de la tarde. Ciertamente no termino de entender qué variables ha introducido en la ecuación para obtener tan tardío resultado.

Las primeras curvas del puerto hacen retorcerse al autobús, acallando la mayoría de las conversaciones. Las segundas, enlazadas por duros repechos, provocan el silencio total. Un agradable olor a jara y tomillo entra a través de alguna ventanilla abierta por alguien que, inmerso en aquel irrespirable ambiente, necesita aliviarse de la angustia producida por el continuo balanceo del coche.

Observo pálidas caras de circunstancias en la parte de atrás cuando un suave hedor láctico, semejante al que emana del babero de un recién nacido, se esparce en unos metros a la redonda. Giro instintivamente mi cabeza a la izquierda, presintiendo que a Merceditas no le ha sentado bien la teta, comprobando con satisfacción que la pequeña duerme plácidamente en los brazos de su madre. Miro a continuación a Casimiro quien, no sé si agotado por su contumaz verborrea, dormita con la cara apoyada sobre el cristal de la ventanilla. Llama mi atención el hecho de observar unas manchas de líquido blanco sobre su encasquetada boina, aproximándome un poco al egregio parlanchín. Es el momento en que se desprende una gota, desde un paquete colocado dentro de la malla que cuelga del techo del coche, yendo a impactar junto al rabillo de su casquete.

Preocupado por lo que estoy presenciando alerto a Casimiro quien, tras llevarse las manos a la cabeza, queda unos instantes en suspenso.

– ¡El requesón! – exclama al tiempo que se incorpora bruscamente.

– ¡La madre que parió al requesón! – grita ahora, mientras trata de sacar de su ubicación el paquete causante del fétido goteo.

Una vez tranquilizado Casimiro, me relata que una tía suya, Enriqueta para más señas, le había llevado a casa, unos días antes de viajar a Madrid, un paquete con requesón a fin de que se lo entregara personalmente al doctor Carrizosa en su consulta de la calle de Atocha, como agradecimiento por su desinteresado comportamiento con ella cuando lo de los sabañones. Pero, tras dejar el encargo para el último día, ocurrió que aquella misma tarde, mientras hacía tiempo para cumplimentar el recado sentado al sol en la terraza de un vetusto café de la Gran Vía, entabló conversación con una desenvuelta buscona de magníficas proporciones quien, casualmente, se fijó en él y en su paquete – al del requesón, vengo a referirme – simpatizando los dos al momento.

Después de pasar la tarde en el cine, Casimiro y Nati, que así se llamaba la pelandusca, comieron unos bocadillos de calamares en un bar de la calle Carretas, marchando a continuación la pareja a una pensión próxima en donde se ocuparon. Vivió una intensa noche de concupiscencia hasta bien entrada la madrugada en que se despidieron, quedándose la Nati sin cliente y Casimiro sin un duro.

Una vez fuera de la pensión y mientras descendía contento las escaleras de madera, pensando en el ajustado precio y el buen trato que le había dispensado la meretriz, escuchó que ella le llamaba discretamente desde la puerta del lupanar; se había olvidado el paquete de requesón.

Y con el paquete de requesón y un frío que pelaba se presentó en la estación de autobuses aguardando en un banco la salida del autobús. Entretuvo la espera observando cómo ciertas agüillas turbias impregnaban el paquete comenzando a roer las cuerdas. Se puso triste lamentándose del olvido y hasta tuvo un cariñoso recuerdo para su tía Enriqueta...

Alarmado por la insólita confianza que manifiesta Casimiro al relatarme con pelos y señales tan escabroso episodio, y sirviéndome de la pausa producida al emocionarse con la evocación del paquete de su tía, corto el hilo comunicador haciéndole ver al ponente que me encuentro terriblemente mareado. Una mentira a medias, pues si no mareado lo que es aburrido me tiene hasta el mismo moño.

– Ya estamos en Trujillo – digo para mis adentros mirando por la ventanilla con los ojos entornados a fin de no descubrir mi falsa indisposición. De aquí a Miajadas media hora, veinte minutos hasta Don Benito y diez más a Villanueva... ahora son las dos y cuarto... se va a colar el larguirucho profeta de las revistas pues a las tres y media, si antes no revienta este caldero, estamos en casa – calculo mentalmente.

Tras coronar el autobús un moderado repecho descubro, unos cientos de metros más abajo, la entrada de Miajadas y el desvío hacia Don Benito. Acelera Manolo como si de sacar las bielas por el costado se tratara, adquiriendo ciertamente el coche una velocidad considerable.

– ¡Este cabrón se pasa! – exclamo, pensando en el vaina del conductor, con los ojos desorbitados y aparentemente restablecido de mi alifafe.

– ¡Que se pasa, que se pasa, que se pasó! – vuelvo a exclamar, ahora con vehemencia, una vez que el vehículo, ignorando la bifurcación, continúa por la general en dirección a Mérida.

– ¡Pero coño! – protesto mirando acusadoramente a Casimiro, como si él tuviera más culpa que la de haberme puesto la cabeza como un bombo – ¿A dónde vamos?

– A mi pueblo, a Santa Amalia – contesta en tono autoritario, como si el coche fuera a llevarle hasta la misma puerta de casa.

– Pero, ¿y ustedes? ¿a dónde van? – requiero de la gorda del otro lado del pasillo.

– A la Siberia – me responde solemnemente la madre de Merceditas...

El autobús que no toma la dirección correcta, la rolliza progenitora de la marranilla que asegura dirigirse a la estepa rusa, el pesado este de al lado que me cuenta su vida con pelos y señales sin conocerme de nada...¿estaré soñando?

Tras rogarle a Casimiro que me pellizque con fuerza en un brazo y abra un poco la ventanilla, solicito una explicación a mi compañero de asiento.

– A la Siberia, sí, pero a la extremeña – puntualiza el sobrino de tía Enriqueta al tiempo que aclara su voz con unos discretos carraspeos premonitorios del discurso que me va a soltar a continuación.

– De toda la vida de Dios – comienza Casimiro su alocución invocando al Santísimo – la Siberia ha sido una zona pobre situada por la parte de Helechosa y Talarrubias. Tierras áridas que no han dado más que chaparras y lentiscos además de algunas chicorias. Recuerdo que en Garbayuela, a escasos diez kilómetros del límite con Ciudad Real...

– Pero déjese de monsergas, que me estoy volviendo loco – interrumpo con alterada voz a Casimiro – y dígame de una puñetera vez si voy bien en este dichoso autobús para ir a Villanueva de la Serena – concluyo mi exaltada intervención.

Minutos más tarde quedo enterado de que el servicio, que contempla el paso por Santa Amalia, con parada de quince minutos para que Manolo se coma un bocadillo, y por Don Benito, en donde se apeará la mayoría del pasaje, rendirá viaje en la cercana Villanueva. Tras agradecer educadamente las explicaciones acerca del recorrido y calcular que no llegaré a mi destino antes de las cuatro de la tarde, dando con ello razón al libertino adivino, me como de mis carnes al no haberme tocado en suerte otro autobús.

Y llegamos a Santa Amalia...

"Mesón El Paraíso", reza un cartel clavado sobre la gruesa viga de madera que cruza por encima de la entrada al establecimiento. "Hay migas, caldereta de borrego y ancas de rana", leo un poco más abajo, escrito sobre el cristal de la puerta con el dedo y la pasta de rebozar las extremidades de los pequeños batracios.

Entro en el amplio local, seguido de Casimiro y su pringoso paquete de requesón, acercándome a la barra para solicitar una ficha de teléfono. Observo, desde la columna que sostiene el aparato, cómo entra en el local la familia siberiana, quienes han debido de tener que aguardar algún minuto para recoger su equipaje de los bajos del coche.

Una vez informada telefónicamente Nely de mi accidentado viaje, así como de la hora prevista de llegada a Villanueva, pido una cerveza en el mostrador mientras me doy ánimos pensando en que apenas falta un rato para que volvamos a estar juntos.

Terminando con los cuatro pedacitos de carne que, como aperitivo, me ha servido un espigado camarero de blanca camisa y pobladas patillas color de nabo, se me acerca Casimiro ofreciéndome su mano derecha en señal de despedida, al tiempo que yo trato de deshacerme del palillo. Instantes después nos separamos con un ¡hasta la vista! mucho más entusiasta por su parte que por la mía.

Nuevamente a bordo se dispone a emprender el autobús la última etapa de su interminable recorrido...

 

Madrid, viernes veintiocho de diciembre de mil novecientos setenta. Seis y veinte de la mañana...

– Ring, ring, ring, ring, ring, ring...

Un tenue, aunque prolongado pitido, emitido por el segundo de los dos relojes, que previsoramente coloqué anoche antes de acostarme sobre la mesilla, consigue sacarme, esta vez sí, de mi profundo sopor.

– ¡El autobús a Villanueva! – exclamo al momento pensando en mi inminente marcha a Extremadura.

– ¡A la porra el autobús! – grito malhumorado cuando se me viene a la mente el tortuoso viaje que en sueños termino de padecer; la bronca en la entrada a la estación, la bulla de los equipajes, las aglomeraciones a la puerta de los retretes, los juramentos de Manolo, el reventón y Amengual, los relatos de Casimiro, su paquete de requesón... quita, quita.

 

 

(Cerca ya de las dos de la tarde y con un minuto de adelanto sobre el horario previsto hacía su entrada en la estación de Villanueva el TER Madrid-Badajoz, abrazándome con Nely instantes después).

 

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