Rafael Aguirre Grijalvo  -  Heroico salvamento

 

Octubre de 2009

 

Corría uno de aquellos felicísimos veranos de los últimos años de la década de los sesenta cuando un suceso, en principio irrelevante, pero que pudo haber tenido fatales consecuencias, quiso que yo fuera uno de sus más destacados protagonistas. Todavía, cuando lo recuerdo, se me ponen los vellos de punta...

Unos años antes de los hechos a relatar, mi padre, enamorado de todo lo que oliera a mar, había encargado construir a los Astilleros Benlliure, ubicados en la alicantina localidad de Calpe, un barco de recreo a fin de disfrutar de su afición favorita: la náutica deportiva. Tras unos cuantos largos meses de trabajo fue botado, a primeros de verano, el “Maru”.

 

(Reseñar que el nombre de “Maru” se debía a la abreviatura de Maruja, como se le conocía cariñosamente a nuestra madre. Algún tiempo más tarde se le añadieron las letras “an”, las dos primeras de Andrés, mi padre, pasando a denominarse “Maruan”, nombre con el que navegó hasta el final de sus días).

De casco de madera y once metros de eslora, su desplazamiento estaba muy próximo a las diez toneladas, montando un motor diesel de noventa caballos. Arbolaba dos palos, el de popa sin botavara, disponiendo el mayor de una vela tipo marconi y un foque para ser usados como auxiliar en caso de avería de la máquina.

Su interior, comunicado de proa a popa, se encontraba dividido en tres cámaras o compartimentos, existiendo entre la primera y la segunda una pequeña cocina a babor y un aseo a estribor. Una amplia mesa de madera ocultaba el motor en el centro de la cámara principal, la de popa, en donde, igualmente, se ubicaba un espacioso armario para víveres y un frigorífico, forrados ambos de madera y coronados por sendas repisas que albergaban diversos textos náuticos. A proa, bajo las literas, a babor y estribor, disponía de un holgado espacio para almacenar pertrechos, en tanto que a popa una amplia bañera semicircular servía de acomodo y zona de gobierno al encontrarse allí brújula, embrague y caña del timón.

Las tres cámaras de que disponía el barco daban cabida a dos cómodas literas cada una de ellas y sus correspondientes taquillas con capacidad suficiente para albergar cierta cantidad de ropa, tanto de faena como de vestir, además de efectos personales.

 

Una pequeña estrella de madera de seis puntas pintada en rojo sobre la misma proa identificaba al constructor de la embarcación.

El “Maruan” tenía en Altea su puerto base, lugar de residencia familiar en los meses de verano y a donde solíamos acudir igualmente en Semana Santa. Su fondeo se encontraba enfrente de casa, a unos escasos setenta metros de ésta, debiendo de embarcar mediante un pequeño bote auxiliar a remo, “la Panchita”, que varábamos en la misma playa.

El uso que se le daba al barco estaba normalmente condicionado por la época del verano en la que nos encontráramos.

Desde últimos de agosto a primeros de octubre abundaban por aquellas aguas bonitos y otros túnidos, realizándose magníficas capturas al curricán siempre y cuando el estado de la mar, casi todos los días, lo permitiera. Mañana y tarde pescábamos por la bahía o por detrás de la sierra que separaba nuestro pueblo de adopción del de Benidorm, zonas ambas en donde conocíamos buenos caladeros.

Durante el mes de julio y la mayor parte del de agosto nuestras salidas eran más esporádicas, pero de mayor duración. Solíamos acercarnos a alguno de los puertos más próximos, Calpe o Jávea, en donde disfrutábamos durante cuatro o cinco días de la vida a bordo.

Y en una de esas excursiones se produjo el suceso que da título a este escrito...

Era una espléndida mañana de domingo. Nos encontrábamos atracados al muelle de poniente del puerto de Calpe, en un lugar muy próximo al tacón que formaba éste junto a una pequeña playa en donde se asentaban dos rústicos merenderos: Bar Baydal y Casa Rivera. Junto a nosotros, igualmente atracada de punta al muelle, una embarcación de menor porte que la nuestra y nombrada “Hermanos Ciudad” apenas si se balanceaba en las tranquilas aguas calpinas.

(Reseñar que el “Hermanos Ciudad” era un falucho a motor, de unos siete metros de eslora, propiedad de Pedro y Domingo Ciudad, pescadores profesionales naturales de Altea y, desde siempre, amigos de casa. Solían aprovechar nuestras estancias en este puerto para desplazarse hasta allí, calando sus artes, palangre o trasmallo según estuviera la pesquería, en aguas de la bahía de Calpe).

En tanto que a bordo del “Maruan” nos encontrábamos Andrés, mi padre y patrón, Ernesto, mi hermano mayor, Adolfo, un primo nuestro muy dado a ser de la partida en este tipo de excursiones náuticas, y quien esto relata, cada uno ocupado en sus respectivas labores que, a estas horas del día, no eran otras que las de fregar los servicios del desayuno, hacer las camas, baldear la cubierta o colocar los toldos.

 

Por su parte los anteriormente aludidos, Pedro y Domingo, quienes habían zarpado sus innumerables capazos de palangre a temprana hora y ya habían vendido por merenderos y chiringuitos del puerto la práctica totalidad de sus capturas, dedicaban su tiempo, sobre la cubierta de la embarcación, a reponer de anzuelos los aparejos dañados. A resguardo del sol, bajo el cuartel de proa, una caja de madera mediada de hielo picado conservaba fresco el pescado con el que Domingo guisaría, horas más tarde, un exquisito arroz en caldero del que participaríamos ambas tripulaciones.

Pues bien, en aquellas festivas mañanas era habitual contemplar cómo diversos autocares, repletos de gentes provinientes de pequeños pueblos del interior, aparcaban en las inmediaciones del muelle, junto a los merenderos, desembarcando sus ocupantes dispuestos a pasar un feliz día de descanso en aquel marco incomparable del peñón de Ifach.

 

No habrían dado todavía las once cuando una pareja de remozados autobuses, eran los primeros en llegar, pintados ambos a finas rayas rojas y amarillas, se detuvieron en la explanada contigua a la playa. En unos instantes comenzaron a descender de ellos un elevado número de viajeros, bien provistos de toda suerte de accesorios para acceder al agua; desde los clásicos corchos con amarre a la cintura hasta la negra cámara de camión, pasando por la pequeña piragua hinchable, el pato de goma o los aros salvavidas inflados a pleno pulmón.

Entre los excursionistas podían distinguirse dos tipos claramente diferenciados: los que guardaban cierto respeto al mar, que eran mayoría, y limitaban su contacto con el líquido elemento a refrescar sus cuerpos hasta la altura de las pantorrillas, y los más osados quienes, pertrechados de cualquiera de los elementos descritos con anterioridad, se introducían en el agua sin temor alguno.

Y es a partir de ahora cuando realmente se inicia la tragedia...

Precisamente en el momento en que me encuentro yo amarrando la última filástica del toldo al candelero de más a popa, en la banda de estribor, un griterío proviniente de la cercana playa hace que me ponga en estado de máxima alerta. Miro hacia la orilla descubriendo cómo un numeroso grupo de aquellos veraneantes por un día, quienes minutos antes habían descendido de los autocares, protagonizan un considerable alboroto al ver cómo uno de los componentes del grupo, embutido en un redondo salvavidas hasta la cintura, se aleja de tierra impulsado por la ligera brisa que sopla en dirección a la mar.

– ¡Felisa, Felisa, vuelve! – gritan aterrorizadas dos regordetas con la falda remangada por encima de las rodillas y el agua por los tobillos, junto a la orilla.

– ¡Socorro! – chilla desaforadamente, poco más allá, un larguirucho de negra blusa y alpargatas de cáñamo, al contemplar cómo su compañera, poco a poco, va separándose de la playa.

A todo esto, la tal Felisa, a primera vista y en la distancia una mujer de mediana edad y reducido tamaño, no deja de bracear enérgicamente al tiempo que chapotea con los pies tratando de volver hacia la orilla, sin conseguirlo al ser mayor la fuerza del viento que incide sobre su salvavidas que la que ella consigue desarrollar en sentido contrario. Poco a poco, continúa apartándose irremediablemente de tierra firme.

 

– ¡Auxilio, los del barco! – suplican a coro un grupo de excursionistas agrupados sobre la arena, conscientes de que somos los únicos posibles salvadores – no hay nadie más a la vista ya que, al ser festivo, los pesqueros no han salido a faenar, encontrándose fondeados sin tripulación a bordo – reconociéndose ellos totalmente incapaces de arrojarse al mar en pos de su compañera.

Es el momento de pasar a la acción: salto desde la popa del “Maruan” al agua, nadando con rapidez en una dirección tal que me lleve hasta la náufraga, teniendo en cuenta su deriva, en el menor tiempo posible. La distancia a la que me encuentro de la gesticuladora Felisa, muy similar a la que le separa a ella de tierra, puede ser de unos treinta y cinco o cuarenta metros.

Braceo con fuerza sin apenas sacar la cabeza del agua, ignorando que a bordo ha cundido la alarma y que tanto mi hermano Ernesto como mi primo se han arrojado igualmente al agua y nadan rápidamente tras de mí en auxilio de la desamparada. Mi padre, fiel a su principio de “entre la mar y mi culo siempre una tabla”, y dado que ya hay sobrados efectivos participando en el salvamento, observa el desarrollo de los acontecimientos puesto en pie junto a la caña del timón.

Por su parte, Pedro Ciudad abandona apresuradamente sus aparejos y tras quedarse en calzoncillos y faja se deja caer al mar junto a su embarcación, quedando sujeto con una mano a la regala, por si acaso hiciera falta su concurso en la operación.

Cerca de un minuto después, momento en que me dan alcance mis perseguidores, llego a la altura de Felisa, que continúa agitándose dentro de su salvavidas, presa de gran excitación. Intentamos calmarla con palabras de ánimo, rodeándola entre los tres a fin de que se encuentre más protegida.

Instantes más tarde apoyo los pies en el fondo, comprobando con estupor que, una vez incorporado, no me llega el agua al pecho. El que hagan lo propio el resto de salvadores obteniendo idéntico resultado hace que nos miremos sorprendidos, no logrando entender cómo la recién salvada no hace pie. Es el momento en que levanto a Felisa asiéndola con ambas manos de la cintura y sacándola fuera del agua.

– Pero si parece de juguete – comenta un sorprendidísimo Adolfo ante el reducido tamaño de la socorrida.

– A esta señora no le llegan las piernas al fondo ni en la misma orilla – manifiesta mi hermano al observar las cortísimas extremidades inferiores de Felisa.

Tras una fugaz mirada a la buena mujer, quien no debe de alcanzar los cincuenta centímetros de cintura para abajo, entendemos cómo en cuanto ha perdido el apoyo de los pies ha quedado a merced de la brisa, desplazándose mar adentro en el interior de su salvavidas.

Segundos más tarde, después de intercambiar entre nosotros unas apenas disimuladas sonrisas, comenzamos a caminar por el agua en dirección a la orilla, llevando en volandas a nuestra feliz rescatada en el momento en que una salva de aplausos, en agradecimiento a nuestro generoso esfuerzo, se escucha en la playa del puerto de Calpe. Es el punto y final a tan heroico salvamento.

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...