Rafael Aguirre Grijalvo  -  Indignado

 

 

Y con toda la razón del mundo, terminé tras la visita que en la mañana de ayer giré a unos acreditados grandes almacenes al objeto de adquirir diversas prendas para renovar mi vestuario. El establecimiento, silenciaremos su nombre ya que no queremos parecer rencorosos, es de nuevo cuño en la capital gaditana presumiendo la firma, a nivel nacional, de una confección elaborada a partir de la más inveterada tradición anglófila.

Bien pues, dado que únicamente faltaban unos días para que la gran superficie diera por finalizada su quincena de rebajas, allí acudí presuroso acompañado de mi amante esposa.

Tras acceder a la segunda planta, Ellos, Ellas, Jovencitos y Lactantes, nos dirigimos hacia una zona de la vasta dependencia en donde, sobre una de las paredes, se podía leer en grandes caracteres el vocablo “Trajes”.

Flanqueados por vistosos carteles de colores anunciando todo tipo de la citada prenda en unas condiciones de compra realmente sorprendentes, nos detuvimos ante un conjunto de ordenados expositores, habría más de veinte, de cuyas relucientes barras, y a semejanza de inmóviles murciélagos metiditos en sus nidos, colgaban docenas de trajes perfectamente alineados...

¿Tergal, lana, franela, popelín, pana borreguera? ¿Príncipe de Gales, diplomático, mil rayas, ojo de perdiz, cola de castor? ¿De espiguilla, de raso, liso, rugoso, con frunces? ¿Azul, beige, gris marengo, berenjena, tostado membrillo? ¿Abierto, cruzado, tres botones, dos botones, sin botones?...

Tras recuperar resuello gracias a una breve pausa vuelve a la carga el incombustible vendedor, acompañándose ahora de un mareante baile de San Vito, con cuestiones tan banales como... ¿cuello redondo, cuadrado, camisero, a la caja, palabra de honor? ¿Pantalón recto, pata de elefante, pitillo, pirata, bombacho? ¿Chaqueta larga, corta, con solapas, sin solapas, con pedolibre...?

Instantes después, dejado caer sobre las rodillas de un maniquí, me recupero tras apurar el vaso de agua que tan gentilmente me ha sido servido por el atorrante vendedor, siendo ahora la madre de mis hijas quien pregunta a éste acerca de un traje afectado por cualquier tipo de rebaja como reza aquella marea de carteles, banderolas y estandartes...

¿Con el diez, el veinte, el treinta, el cuarenta, el cincuenta por ciento de descuento? ¿A doscientos, ciento setenta, ciento cuarenta, ochenta, veinticinco euros...?

Una vez incorporado y, harto ya de tanto discurso, me dirijo al locuaz dependiente con voz alta y clara al tiempo que, en un gesto muy característico, me coloco la cinturilla del pantalón por encima de la barriga...

– En primer lugar hágame el favor de estarse quieto, caramba, que me está poniendo malo, y a continuación dígame de una puñetera vez si dispone de algún traje azul marino o gris marengo rebajado.

Tras sacar de su bolsillo el vendedor un metro amarillo tipo costurera y rodear el bandullo, no sin producirme unas involuntarias cosquillas, pronuncia un taxativo “talla cincuenta y dos”, continuando con un imperativo “diríjase a tallas grandes”, al tiempo que indica con una mano la dirección a seguir.

– ¡Pero, qué demonio tallas grandes ni tallas grandes, so tontaina! – estallo visiblemente ofendido consciente de que con mis noventa y cuatro kilos, bien repartidos eso sí, no puede considerárseme como talla no habitual.

Instantes después, tras despedirme cariñosamente del eficiente vendedor, nos aproximamos a los expositores de tallas grandes, en donde un colega de aquél se apresta a largar su particular retahíla. Pero algo me dice ahora que las cosas han cambiado. Interrogo al nuevo dependiente acerca de un traje rebajado en color azul marino o gris marengo recibiendo la siguiente respuesta:

– Los trajes rebajados se confeccionan únicamente hasta la talla cincuenta, por lo que esta sección de tallas grandes jamás podrá estar afectada de rebaja alguna. Pero observe, golosete talla cincuenta y dos, que por el módico precio de cuatrocientos noventa y nueve euros con noventa y nueve céntimos puede usted disponer de este elegante traje de cheviot con chaqueta caftán de mangas tipo farol y pantalones abullonados con vuelta mondrián. ¿O prefiere por trescientos noventa y nueve euros con noventa y nueve céntimos este innovador traje patchwork con chaqueta en estrella y pantalón geo-pop en color terracota o berenjena? ¿Qué opina de este desenfadado...?

Una vez derribados con fuerte estrépito dos de los expositores, abandonamos la sección de tallas grandes, totalmente enfurecidos al no haber podido adquirir, por el escaso margen de una talla, un traje rebajado azul marino o gris marengo como Dios manda.

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...