Rafael Aguirre Grijalvo  -  La bicha

 

Febrero de 2010

 

Aunque todo aquél que me conoce es sabedor de la fobia que padezco hacia cualquier tipo de reptil nadie puede imaginar hasta qué extremo me produce desasosiego y se me pone el vello de punta cuando recuerdo el gravísimo suceso ocurrido, en relación con tan repugnante criatura, hace ya algún tiempo.

Y no es que lo recuerde conscientemente, sino que desde el mismo momento en que se produjo lo tengo grabado en la retina, no encontrando forma de hacerlo desaparecer. Tanto es así que, dada la repulsa que me producen los referidos ofidios, una cuartilla cubre, desde el comienzo de la narración, las dos asquerosas palabras que dan título a este escrito.

No lo puedo soportar. Esos colores chillones sobre hidratadas pieles, ese serpentear silencioso, esos maliciosos ojillos, esa finísima lengua que se alarga y retrocede, ese tacto viscoso, imagino, porque sólo de pensar que me roce lo más mínimo se me corta el cuerpo.

En fin, vamos con el suceso y que Dios me dé fuerzas para contarlo...

Valdelagrana, Puerto de Santa María, un domingo de verano, ocho treinta de la mañana.

Después de discutir unos minutos con mi mujer, quiere que aproveche la festividad del día para cortar el césped, salgo al porche para cumplir con el ritual de vestirme convenientemente al objeto de ir al río en busca de bocas, esas exquisitas pinzas que forman parte de los cangrejos que pueblan sus orillas.

El atuendo es, cuando menos, pintoresco:

Sobre unos veteranos calzoncillos me coloco unos pantalones semicortos completando el atuendo con un nicky en desuso, aunque limpio, totalmente acartonado en su lado derecho ya que es la parte, al ser yo diestro, que está en permanente contacto con los lodos y los fangos de donde extraigo a los deliciosos moluscos. ¿O son gasterópodos? ¿Lamelibranquios quizás?

Encima de unos escarpines, que en su día fueron blancos, me coloco un incomodísimo calzado de seguridad, el mismo que usan los estibadores en el muelle, y que no es otra cosa que un par de botas reforzadas con puntera de acero, duras como el pedernal, y que me obligan a llevar los pies marcando las dos menos diez. Unos guantes de goma de los de fregar los cacharros de la cocina, un palo para cuando tengo que hurgar en los boquetes y una bolsa de plástico, de las que daban en cualquier gran superficie, para ir depositando las deliciosas patitas, completan mi original atuendo de mariscador.

Desde el jardín y a través de la ventana de la cocina me despido de Nely, quien, asimilada mi marcha, se encuentra ya de mejor humor, machando unos ajos en el mortero a fin de preparar el arroz de mediodía.

Salgo a la calle y camino unos cien metros por la acera hasta coger la carretera que discurre paralela al río entre pinos, lentiscos y matojos. Poco más tarde llego al sitio en donde debo de abandonar el asfalto y atravesar unos ochenta metros de una corta pero espesa maleza hasta llegar al río. Al ser temprano y no hacer todavía demasiado calor, camino descuidado siguiendo una estrecha vereda que discurre entre matorrales y retamas. Acabo de dejar atrás dos matojos de regular tamaño cuando da inicio la tragedia en el primero de sus actos…

Detengo en el aire mi pie derecho, a un palmo escaso del suelo, cuando observo sobre éste unos treinta o cuarenta centímetros de asqueroso reptil, justo el ancho de la vereda, entre las retamas. Quedo al instante petrificado, sin atreverme a mover un solo músculo, a la espera de lo que se le ocurra hacer al repugnante ser que tengo a tan escasa distancia.

¿Será muy largo? ¿Hacia dónde saldrá reptando, derecha o izquierda, si desconozco a qué lado tiene la cabeza? ¿Culebra bastarda o víbora africana? Todas estas preguntas y algunas más pasan por mi cabeza en apenas un segundo, mientras continúo con el pie en el aire y los ojos fijos en el ofidio. Unas gotas de frío sudor perlan mi frente, resbalando por la cara y haciéndome temer que alguna de ellas impacte sobre el bicho poniéndolo en marcha.

Paso los minutos, que se me antojan horas, sin respirar por no hacer ruido, al tiempo que maldigo in mente los retortijones de mis tripas que, cada vez más sonoros, pueden alertar a la asquerosa bicha.

Y me pregunto, ¿qué hará ahí abajo? ¿Se habrá dormido? ¿En qué estará pensando?, sin encontrar respuesta a ninguna de las cuestiones. Y sigo preguntándome, ¿por qué se habrá detenido aquí y ahora? ¿Por qué no dentro de un cuarto de hora? Continúo sin respuestas.

A medida que pasa el tiempo noto que el gemelo de la pierna izquierda se me empieza a agarrotar. Nuevas gotas de sudor resbalan por mi frente introduciéndose alguna de ellas en un ojo, provocándome una turbia visión. Dudo acerca de si el bicho se ha movido para terminar creyendo que no. Pienso que tampoco se va a quedar ahí toda su vida, la cual no le deseo larga en absoluto, pero temo el momento en que decida irse a casa y se ponga en movimiento. ¿Lo hará despacio? ¿Arrancará súbitamente alertada por cualquier peligro? ¿Habrá girado su cabeza, donde quiera que la tenga, y me estará observando a la espera del momento más oportuno para atizarme un mordisco?

Ha debido de pasar algo más de un cuarto de hora desde que dejé el pie derecho en el aire cuando empiezo a notar cierto hormigueo en el izquierdo. Siento el tic tac del pulso en el juanete aprisionado por los refuerzos de la bota. Comienzo a temblar. El nicky verde, otrora áspero y tieso como una mojama, se está tornando blandito por efecto del sudor. Pero no me muevo, ni pestañeo. Escucho un suave zumbido y a punto estoy de desmayarme cuando noto que algún insecto se me ha posado inoportunamente en la pantorrilla que no descansa en el suelo. Muevo los ojos lentamente en esa dirección, observando una gordísima mosca verde la cual, una vez cómodamente instalada sobre mi piel, comienza a picarme con fruición la muy asquerosa. Me muerdo la lengua hasta hacerme daño, pero ni por un momento descompongo el gesto.

Siguen pasando los minutos y el repugnante bicho no se mueve.

–¿Se habrá muerto?, –pienso, sin demasiada convicción en que se haya producido el óbito.

–Desde luego está más tiesa que un garrote, –vuelvo a pensar al tiempo que comienzo a permitirme ciertas confianzas. Giro lentamente la cabeza un centímetro a cada lado volviendo a la posición inicial sin haber observado movimiento alguno en el asqueroso de abajo.

–Hó-la bo-ni-ta –balbuceo cariñosamente con voz suave, en la confianza que de producirse la respuesta del animal no sea tan violenta. Nada ocurre. Me armo de valor cerrando los ojos, y con el corazón en un puño emito un audible carraspeo aguardando, ahora sí, el repentino ataque de la bestia. Instantes de tensión hasta que procedo a levantar lentamente los párpados, observando la misma situación de silencio y quietud.

–¿No la habrá cascado y estaré yo aquí haciendo el bobo?, porque…vamos, que llevo ya un buen rato, y anda que como me esté viendo alguien desde la carretera…, –me pregunto para mis adentros, ciertamente avergonzado.

Giro suavemente la cabeza hacia la derecha buscando la continuación del animal entre las retamas sin descubrir su cuerpo. Hago lo propio hacia la izquierda observando, en la misma dirección del bicho pero medio metro más allá, la alcachofa y los flecos de una fregona. Vuelvo la mirada al centro de la vereda, comenzando a convencerme de que aquello ni se mueve ni se ha movido nunca, y que los colores chillones sobre tan hidratadas pieles no son sino el plástico que cubre el mango de un friegasuelos común, humedecido por el relente de la madrugada. Dejo caer bruscamente el pie derecho, astillando el palo de una vieja fregona.

A punto estoy de desplomarme. Creo que si me pinchan no echo gota de sangre. Tras frotarme unos segundos las piernas por debajo de las rodillas, a fin de reactivar mi ralentizada circulación sanguínea, y dar unos cuantos saltitos cargando el peso en los talones, reemprendo la marcha hacia el río despidiéndome del inservible artilugio casero con un rencoroso ¡Que te zurzan!

Recorro en estado de máxima atención los escasos cuarenta metros que me separan de la orilla del río, pensando en que, en tanto no pase el verano, tendrá que acompañarme alguna de mis hijas haciendo sonar dos tapas de puchero a fin de hacer poner pies en polvorosa a cualquier indeseable criatura que se encuentre en las proximidades.

Siento en las sienes la tensión acumulada mientras camino sin respirar, con la sensación de que dos ojos observan mi cogote, cuando al llegar al río escucho a mis espaldas:

–Oiga, ¿qué le ha…

–A mí…¡A mí no me diga usted nada!, –grito al tiempo que, sin volver la cara, echo a correr preso de pánico hacia la orilla tirando el palo, la bolsa y los malditos guantes de goma de fregar los cacharros.

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...