Rafael Aguirre Grijalvo  -  La despedida

 

Aquellos maravillosos años... 1969.

 

Llegó junio y aprobé, aunque por las justas, mis cinco asignaturas pendientes. No hubo grandes celebraciones ni con tal motivo ni a la hora de despedirme de mis amigos por cuanto que había quienes no acabarían hasta septiembre e incluso a algunos que, matriculados en primero un año o dos después que yo, todavía les quedaba mucha tela que cortar.

 

Certificado Oficial de Alumno de Náutica

 

Tres días más tarde de conocer las notas abandoné Portugalete pensando en que, si antes no lo hacía, volvería necesariamente para el cursillo de Pilotos una vez hubiera completado los cuatrocientos días de prácticas, condición indispensable para poder acceder al preceptivo examen.Y con la idea de que el que se avecinaba sería muy probablemente el último gran verano de mi vida, me dispuse a disfrutarlo en Altea retrasando mis planes de embarque hasta el mes de septiembre. Por otra parte, un tío mío, mucho más formal que otro que tenía en Las Arenas y que vivía en Las Palmas (se dedicaba a engañar a los negros trayendo cosas de la Península a precio de saldo para vendérselas posteriormente a aquellos en África a precio de oro), mantenía muy buenas relaciones con diferentes empresas navieras habiéndose ofrecido para buscarme barco. Así pues, de esta manera mataba dos pájaros de un tiro ya que, además de tener la barca pescando, me solazaría cumplidamente en tierras alicantinas...

Y de esta guisa andaba, solazándome en la bella Altea, cuando una mañana temprano llamó mi tío para decirme que me pusiera en contacto con el señor Iglesias, jefe de personal de la Naviera Pinillos, pues mi embarque estaba resuelto. No sé si por efecto de la noticia o por el de la resaca producida como consecuencia del desenfreno de la noche anterior, el caso es que cuando telefoneé al referido señor me temblaban las piernas. Y mucho más me temblaron cuando me comunicó que debía de presentarme al Capitán del buque "Miguel Martínez de Pinillos", atracado al muelle número dos del Astillero de la Naval de Sestao, el miércoles día cuatro de septiembre. Poco más tiempo tuve que el de despedirme y hacer la maleta emprendiendo viaje a Bilbao vía Madrid, como era habitual en mis desplazamientos. Y así, de esta manera amanecí en el Bocho el día de la cita, trasladándome hasta Sestao en el mismo tren de cercanías que tantas veces me había llevado a Portu.

El barco, aunque más sucio que entonces -no en vano se encontraba sometido a una reparación cuatrienal-, era aquel precioso frutero blanco del que había visto descargar piñas de plátanos el día en que me despedí, un curso antes, de la vieja Escuela de Deusto. Con una sonrisa de satisfacción reflejada en la cara subí a bordo a través de una plancha, accediendo a la tapa de la bodega del uno. Tras presentarme a un marinero con acento gallego y boina redondita (más tarde supe que era el contramaestre), y a una indicación suya, me dirigí hacia la cubierta del dos en donde un oficial con uniforme gris de faena y palas en la camisa observaba el interior de la bodega apoyado sobre la brazola. Era el Primer Oficial.

Al día siguiente salí a tierra, pues mi jefe inmediato me mandó a la Comandancia de Marina para efectuar diversos enroles y desenroles (entre los primeros estaba el mío) y sacar del propio Rol del buque una relación de los certificados caducados al objeto de renovarlos. Cuando salí del edificio militar, una vez cumplimentados todos los trámites, crucé la Gran Vía encaminándome a La Viña en donde me eché al coleto dos cariñenas acompañados de un pincho de jamón mientras leía repetidas veces en mi recién desvirgada libreta aquello de:

"Embarco. El alumno D. Rafael Aguirre Grijalvo embarca hoy en este puerto en plaza de Alumno de Náutica en el buque nombrado "Miguel Martínez de Pinillos", distintiva EBRR. Bilbao a 5 de septiembre de 1969. El Primer Oficial (Capitán o Patrón)". Debajo, a la izquierda, un sello del Despacho de Buques sobre la ilegible firma del funcionario de turno y otro del buque a la derecha, entre cuyas letras en tinta morada podía leerse, Manuel López Elvira, primer oficial, bendecían mi unión con el Armador.

Aquella tarde fui a Portu. Cogí el tren muy cerca de la puerta del Astillero apeándome en la siguiente estación. Serían cerca de las ocho cuando entré en el bar de Pinillos saludando a Javi para preguntarle a continuación si alguno de la cuadrilla andaba por allí.

— Para donde Amalio han subido los valencianos y dos o tres más - fue su respuesta, al tiempo que la mía consistía en beberme el tinto de un trago y salir corriendo calle arriba. Y allí estaban. Obviaré, por no ser reiterativo, el relato del encuentro y de la posterior convivencia practicada alrededor de los vinos, el futbolín de Mari, las banderillas del Paco, otra vez los vinos, el café torero y las copas, resumiendo el guión en que pasamos una noche como las de nuestros mejores tiempos. Cuando volví a bordo (me llevó Pedrito el practicante en la moto pues tenía guardia aquella madrugada en Cruces), me acosté a toda prisa para poder dormir siquiera un rato ya que el estricto primer oficial, aunque yo tuviera poco que hacer, me mandaba llamar a las ocho.

Ni que decir tiene que a partir de la referida visita a Portugalete bajaba todas las tardes a tomar los vinos con la cuadrilla. Debo de reconocer que jugaba con ventaja pues, como a bordo cenábamos a las seis, me cogían siempre las poteadas con el estómago lleno haciendo mejor papel que la mayoría de contertulios, pero, en fin, mandaban las circunstancias. Y como no podía ser de otra manera surgió la liada, esta vez en forma de excursión...

Andábamos Charly y yo tomando potes, poco menos que en familia, cuando nos encontramos con Jesús Mari, compañero de curso de mi amigo, invitándonos formalmente a pasar las fiestas del pueblo en su casa. Ciertamente la oferta no podía ser más tentadora: fin de semana a pan y manteles en Cenicero, en pleno corazón de La Rioja. No lo dudé, solicitando permiso al Primero en cuanto se despertó al día siguiente, presentándome aquel viernes a mediodía en Portu en donde comí en compañía de Charly haciendo tiempo, en idéntica compañía, hasta las cuatro y media de la tarde que nos embarcamos en el tren camino de Haro. Una vez en la cuna del vino, tras un entretenido viaje, disfrutamos de una agradable espera en tanto no salía el autobús, degustando los acreditados caldos locales. Y llegamos a Cenicero a las nueve de la noche a bordo de un primitivo pullman pintado a rayas blancas y azules. Tras recogernos nuestro amigo en la estación nos llevó a su casa en donde, a modo de bienvenida, nos hizo sentar a una mesa profusamente pertrechada de chuletas, chorizos, morcillas, chistorras, pimientos, espárragos y demás productos de la noble huerta riojana, atizándonos una opípara cena. Aquella suculenta jamada fue el pistoletazo de salida de un carrusel de vino, zurracapote y tiroleses (medios vermuts con sifón) que duró los tres días que por allí anduvimos. Bebíamos lo nuestro, en ocasiones hasta lo del vecino, pero el hecho de comer como energúmenos nos permitía aguantar el tipo de maravilla. Quizás la ocasión en que menos lo aguantamos fue aquel mediodía en que escasamente aseados y con regular bolillón a cuestas nos dimos de bruces, saliendo de un bar, con don Ramón Inchaurtieta, catedrático de Astronomía y a la sazón veraneante en el simpático municipio riojano.

Charly, quien en unos días debía de presentarse a examen de su asignatura, reaccionó de inmediato invitando al divino maestro a que nos acompañara. Aceptó el patriarca de buen grado dirigiéndose con nosotros al bar de enfrente en donde nos atizamos sendos vermuts con pepinillos y alcaparras. Una vez finiquitada la consumición nos despedimos de aquel haciendo votos porque su enseñanza fuera larga y duradera y nosotros que lo viéramos... O mejor dicho, que no lo viéramos, pues sería señal de que andábamos navegando, que era, por otra parte, el objetivo pretendido.

En cualquier caso, el episodio de don Ramón no pasó de ser una anécdota más de la excursión, como lo fueron las visitas de noche a las cuevas, la imponente vomitona que, a pie de cama, largó uno que yo me sé, o la terrorífica vuelta en coche hasta Bilbao con un primo de Jesús Mari, saliente de juerga, peinado con esencia de nardos, serpentinas y confetis.

Una vez de vuelta a la normalidad proseguí compaginando mis quehaceres a bordo con las visitas a Portugalete. Poco a poco se acercaba el final de septiembre, fecha prevista para salir del Astillero e incorporarnos a la línea de Canarias, llegando tan esperado momento el último domingo del mes.

 

"Miguel Martínez de Pinillos"  -  Foto de Teo Diedrich   -  www.buques.org

 

Eran las seis de la tarde cuando, con práctico a bordo y un remolcador por la popa, iniciábamos la maniobra de salida para dirigirnos, ría arriba, hacia el atraque habitual de los buques de la compañía, situado en el muelle de Deusto y frente a los tinglados de Churruca Hermanos, en donde cargaríamos para las islas. El lógico nerviosismo de mi primera experiencia se tornó en emoción cuando tras doblar la curva de Olaveaga descubrí el viejo puente. Con poca máquina avante el barco se iba aproximando al obstáculo que permanecía cerrado a cal y canto, mientras coches y transeúntes lo atravesaban en ambos sentidos. Dos pitadas largas al través de Euskalduna propiciaron que instantes después aligeraran el paso los peatones mientras empezaban a detenerse los automóviles. Al poco comenzaron a abrirse majestuosamente los dos medios tableros alcanzando su máxima verticalidad cuando nuestra proa llegaba bajo su perpendicular. Con la máquina parada, pero todavía con cierta arrancada avante, fui descubriendo lentamente junto al telégrafo la margen derecha de la ría hasta ver aparecer la vieja Escuela. Un autoritario "atrás poca" en boca del capitán me sacó de mis recuerdos centrándome en la maniobra que, pasados unos minutos, concluyó sin contratiempo alguno. Poco después, una vez atracado el buque y desembarcado el práctico, coloqué el "Terminado con la Máquina".

Cuarenta y ocho horas, más tarde, aproximadamente, salía por primera vez a la mar en aquel... "Miguel Martínez de Pinillos", desde ese mismo muelle situado frente por frente de la Escuela en donde había estudiado mis dos primeros años. Poco después pasaba al timón bajo el Puente Colgante mientras hacía sonar la sirena despidiéndome de mis padres quienes, desde Las Arenas, y mi cuadrilla, desde Portugalete, me deseaban buen viaje...

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...