Rafael Aguirre Grijalvo  -  La peladilla

 

Febrero de 2010

 

Quien no conoce la provincia de Badajoz, así como bastantes de los que la habitan, ignoran el significado de la palabra que encabeza este escrito. Algunos identificaran el vocablo con la almendra que, envuelta en dulce forro, toma protagonismo en Navidad, pero pocos serán los que relacionen semejante nombre con el de un animal. Sí, peladilla es, en tierras de Pizarro, sinónimo de lechón o cochinillo.

Al ser yo de los que asimilaban el término a la referida golosina, muy sorprendido quedé cuando aquella tarde de primeros de año me dijo mi cuñado que al día siguiente nos comeríamos, entre varios amigos, una peladilla.

–¿Una sola peladilla para unos cuantos? –me pregunté extrañado, pensando que me estaba tomando el pelo.

–Seremos cinco –dijo mi pariente, pasando a renglón seguido lista a los comensales; Pedro y Quico, los dos hermanos del bar, el administrativo, tú y yo.

Antes de continuar con el relato debo de explicar, para situarnos, que mi cuñado ocupaba plaza de médico en un pueblo de colonización en donde residía con su mujer, naturalmente hermana de la mía, así como con los dos hijos que por aquel entonces tenía el matrimonio. En realidad él se ocupaba de tres pueblos, habitando el de mayor censo y desplazándose dos veces en semana a cada uno de los otros dos para pasar consulta.

Por nuestra parte, Nely, mi mujer, y yo nos encontrábamos disfrutando de unos días de vacaciones en casa de sus padres, en Villanueva, distante unos veinte kilómetros del escenario anterior. Aquella tarde habíamos ido al pueblo en donde residía la familia para pasarla con ellos.

Pero, prosigamos con la narración...

–Así que seremos cinco para la peladilla –comenté yo con cierta sorna, aguardando a que mi cuñado me desvelara el truco.

Instantes después, a las puertas del bar, todo quedó aclarado en el momento en que cambió el vocablo de peladilla por el de cochinillo.

–Pues me parece excelente la idea –dije con entusiasmo, al ser un incondicional de tan suculento bocado.

Al tiempo de tomar unos vinos, acompañados de un plato de oreja de cerdo guisada, en el establecimiento que regentaban los anteriormente aludidos, Pedro y Quico, concretamos el plan.

Poco antes de mediodía, en tanto el doctor pasaba consulta, nos acercaríamos a casa del Emilio a fin de recoger la peladilla, tenía la cerda parida hacía cerca de dos meses, para llevarla a continuación, una vez sacrificada, al horno de la panadería en donde la asarían. Alrededor de una hora más tarde estaría doradita y crujiente por fuera, tierna por dentro, esto es, lista para comer.

De vuelta a casa referimos los planes a las mujeres, acordando ellas cocinarse unas verduritas que, acompañadas de algo de fruta, les vendrían bien por aquello del no engordar.

Y así, de esta manera, volvimos al pueblo de mis cuñados el día siguiente, poco antes de la hora convenida.

–Adiós, que os sienten bien las verduritas –dije, no sin cierto retintín y a manera de despedida, poco antes de emprender el camino hacia el bar.

–Que disfrutéis con la peladilla –contestaron a dúo las hermanas cuando cerraba yo la puerta de la escalera.

Cumpliendo el horario previsto, y en tanto mi cuñado atendía a los paciente en la parte baja de la casa dedicada a consulta, me dirigí hacia el punto de encuentro en donde me aguardaban Pedro, Quico y el administrativo, a quien ya conocía de algún alterne en el bar de los dos hermanos.

Cuando llegué al local me esperaban los tres de la partida, entretenidos en ver como crepitaban unos trozos de pino en la recién encendida chimenea. Unos botellines de cerveza a medio consumir junto a un platillo de altramuces ocupaban parte de la barra.

Minutos después marché con Pedro y Juan, el administrativo, a quien creo que aún no había presentado, a casa del Emilio con quien habían quedado de antemano.

Tras atravesar la vivienda de nuestro proveedor alcanzamos la parte trasera, en donde junto al corral se levantaba una pequeña pared que guardaba la pequeña cochiquera. El enorme tamaño de la cerda acostada sobre el barro contrastaba con la pequeñez de los cinco o seis lechoncillos que se movían a su alrededor.

–A ver, ¿cuál os vais a llevar? –dijo el Emilio, ofreciéndonos el lote completo para que escogiéramos.

–Que lo elija don Rafael –propuso Pedro, quien por ser yo cuñado del médico nunca se refería a mí por el nombre a secas.

–Hay uno que está más cuajado que los otros, seguramente habrá chupado más el muy mamón –informó el Emilio.

–Decídete, Rafael –dijo Juan, abundando en que fuera yo quien lo escogiera.

La determinación era mía, pero yo no podía sentenciar a una muerte cierta a ninguna de aquellas criaturas que, sospechando lo que iba a ocurrir, nos miraban solicitando compasión. Traté de ganar tiempo ofreciendo tabaco, y a la espera de que alguien tomara una decisión.

–¿Cojo el grande y terminamos de una vez? –preguntó el dueño de la piara con indiferencia, comenzando a impacientarle la situación.

Miré al de mayor tamaño, encontrándome con sus pequeños ojos clavados en mí solicitando clemencia. No, estaba claro que yo no podía resolver aquella papeleta.

–Coged el que mejor os parezca –dije, al tiempo de desandar el camino hacia la puerta de la casa.- Me marcho al bar.

Algunos minutos después llegué al negocio de los hermanos, encontrándome con Quico terminando de montar la mesa para nuestro almuerzo.

–¿Qué, cómo ha ido eso? –me preguntó el tasquero, al tiempo de servirme una copa del vino blanco que habitualmente tomaba.

Después de informarle a Quico de cómo se habían desarrollado los acontecimientos y apurar mi bebida, me encaminé hacia la casa de mi cuñado, quien aún no debería de haber terminado de pasar consulta. El hecho de ver a Pedro y a Juan, a lo lejos de la calle, sin nada en las manos me hizo suponer que ya volvían del horno del pan tras entregar a su inocente víctima.

Llegué a casa con mal cuerpo. De un lado no podía olvidarme de la mirada de aquel cochinillo, el más grande de todos, cuando a punto estuve de enviarle a la muerte. Por otra parte, todavía no sabía si en el plazo de una hora me lo iba a comer.

Aguardé a que mi cuñado terminara de atender a sus pacientes leyendo unos folletos farmacéuticos que algún representante habría dejado sobre la mesa de la sala de espera de la consulta. Se me hizo largo el tiempo, pero al fin salió...

–¿Qué, ya habéis llevado la peladilla al horno? –fue lo primero que preguntó nada más verme.

–Terminándose de hacer estará –respondí sin mucho entusiasmo.

–Pues despidámonos de las mujeres y vayamos para el bar –dijo instantes antes de cerrar con llave la puerta del consultorio.

Daban las dos y media de la tarde en el reloj de la plaza cuando llegábamos al local de los hermanos. Cuatro o cinco colonos se acodaban a la barra sosteniendo en sus trabajadas manos otros tantos vasos de vino. La chimenea había caldeado el ambiente.

–La acaba de traer Pedro –dijo Quico con cara de satisfacción, refiriéndose a la peladilla

–Está doradita y lista para meterle el diente –opinó Juan, saboreándola anticipadamente.

–Sentémonos a la mesa y vamos a empezar –propuso mi cuñado, iniciando el corto camino hacia el dispuesto tablero.

No pude resistir más. No quería siquiera verla. Me excusé diciendo que tenía molestias en el estómago y marché a casa a comer unas verduritas y algo de fruta con mi mujer y su hermana.

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

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