Rafael Aguirre Grijalvo  -  ¡Pero, cómo iba a venir... !

 

Octubre de 2009

 

Aquel pequeño pueblo de colonización, levantado en los últimos años de la década de los cincuenta, se asentaba sobre un llano muy próximo a la imaginaria raya que separaba entre sí a ambas provincias de la Extremadura infinita.

Apenas dos centenares de encaladas casas de rojos tejados y verdes puertas se arremolinaban alrededor de una sobresaliente edificación terminada en punta y rematada por un negro pararrayos; era la iglesia. Junto a ésta, en la recoleta plaza de soportales, unas viviendas de más empaque que las demás las habitaban las fuerzas vivas locales, esto es, perito, maestro y señor cura. La correspondiente al médico se encontraba vacía dado que éste residía en un pueblo próximo, igualmente de colonización, pero de mayor envergadura.

Para que no le faltara de nada a tan bucólico paisaje, un tranquilo arroyo discurría entre las cuidadas parcelas de los colonos preñadas de magníficas verduras y espléndidas hortalizas en tanto que alguna vaca pastando en un prado o un puñado de gallinas picoteando en los bordes del camino, ponían una alegre nota colorista. El carro cargado de mazorcas de maíz con una pareja de galgos atados en su trasera era otro de los elementos decorativos.

En época de verano, los hombres del pueblo pasaban los días en el campo recogiendo tomates y pimientos a pie de mata o arroz con el agua hasta las pantorrillas, en cualquier caso, eso sí, bajo un sol abrasador. Por su parte, las mujeres empleaban su tiempo en atender la casa, embotar hortalizas para el invierno, acudir al motocarro del pescadero, preparar los almuerzos de sus maridos e hijos, escuchar el serial en la radio, cuidar de los animales del corral y sentarse a charlar en los umbrales de sus viviendas cuando los últimos rayos del astro rey se ocultaban tras algún cerro lejano.

La rutina diaria, tanto en el campo como en casa, hacía que, para los colonos, todos los días fueran iguales.

¿Todos? Todos no...

Y es que un hecho extraordinario venía a producirse dos veces en semana quebrando la monótona vida de los habitantes del pueblo. El acontecimiento, altamente valorado por los moradores del poblado, no era otro que la presencia del médico a fin de pasar consulta, cita a la que concurrían los vecinos ávidos de relacionarse entre ellos en tanto aguardaban el momento de ser atendidos por el doctor.

Así pues, a las diez de la mañana, martes y jueves, una numerosa concentración de personas, mujeres, en su mayoría, se producía frente al consultorio. Desde unos treinta minutos antes, hora en que comenzaban a llegar, se iban formado corrillos en donde se comentaban los más disparatados chismes urdidos en la localidad, dialogando animadamente los enfermos hasta ser recibidos por el galeno.

En verdad enfermos, lo que se dice realmente enfermos, había pocos, pero el hecho de poder disfrutar relajadamente de un tiempo de esparcimiento al calorcillo del sol, si era invierno, o bajo la agradable sombra que proporcionaban los soportales, en los meses de verano, justificaba plenamente la salida de casa.

Y es que, dejando a un lado a los vecinos que realmente se encontraban aquejados de alguna dolencia, más o menos seria, había bastantes cuya presencia allí se debía únicamente a la necesidad de conseguir medicamentos, que ya habían sido recetados con anterioridad, para lo cuál no tenían más que presentarle al médico parte del envase de la propia medicina. A esta forma de actuar se le conocía con el nombre de “repetir”.

Por su parte, el doctor, dado el elevado número de recetas que debía de redactar, no paraba de escribir ocupándole esta actividad la mayor parte de su tiempo. Ejercía casi tanto de escribiente como de galeno. No obstante, esta periódica incomodidad le era compensada de alguna manera, especialmente por los “repetidores” quienes, de cuando en cuando, solían tener el detalle de obsequiarle con algún cartón de tabaco o con el pollo más lucido del corral.

El orden para ser atendidos se establecía, según iban llegando los parroquianos, mediante unos números que, desde media hora antes del inicio de la consulta les entregaba Paquito, el hijo del señor Juan el del bar, dedicación ésta retribuída mensualmente por el doctor con la cantidad de sesenta pesetas.

Pero un hecho insólito iba a mantener en ascuas a enfermas, repetidoras y especialmente al propio galeno cuando una mañana no se presentó a la consulta la señora Raimunda. Y es que la señora Raimunda además de acudir al médico todos los martes y jueves del año lo hacía siempre con el número uno. Aquel martes lo hizo la señora Benita con sus cartones de repetir...

– ¿Qué tal señora Raimun..., – cortó tajante el saludo don Servando al advertir que no era Raimunda sino Benita quien entraba en primer lugar a la consulta con sus habituales cartones en la mano.

Aunque no hicieron comentario alguno sobre el particular, la extrañeza experimentada por el médico no le iba a la zaga a la que había sufrido Benita al comprobar que Raimunda no se encontrara en la puerta del consultorio, ni cuando ella llegó ni en el momento de entrar.

Una vez despachada Benita, quien por cierto dejó medio cartón de cigarrillos en la mesa de don Servando, aguardó confiado el doctor en que la próxima visita sería la de Raimunda.

Pero si grande había sido la sorpresa al encontrarse con Benita mayor aún fue cuando, tras escuchar dos golpecitos en la entreabierta puerta del consultorio, apareció el rostro de Gregorio el de la Isabel.

– Buenos días. Con permiso, don Servando – saludó cortésmente el recién llegado, al tiempo que se metía la boina en el bolsillo de atrás del pantalón.

– ¡Caramba, Gregorio! – contestó el doctor enormemente sorprendido. Aunque sea usted bien recibido lo cierto y verdad es que esperaba a Raimunda – excusó el galeno su indisimulado gesto de sorpresa.

– Ya nos ha extrañado no verla esta mañana, ya. Fuera, en la calle, no se comenta otra cosa – respondió el marido de la Isabel mientras se hurgaba en el bolsillo de la camisa en busca de los cartones de repetir.

No dejó don Servando, durante el tiempo que duró la consulta aquella mañana, de hacer cábalas acerca de las posibles causas de la inasistencia de Raimunda, marchándose a casa, una vez atendido el último paciente, con un visible gesto de preocupación reflejado en el rostro.

¿Comparecería ella puntualmente a la cita el próximo día? ¿Qué motivos tan extraordinariamente graves habría tenido para no acudir el martes? ¿Se habría marchado del pueblo sin decir ni pío a nadie?

No habían dado las diez de la mañana del jueves en el reloj de la iglesia cuando don Servando, tras aparcar su vehículo a la espalda del consultorio, rodeó el edificio en lugar de acceder a él por la puerta trasera, como tenía por costumbre, constatando la gran afluencia de personas que, formando pequeños grupos junto a la entrada principal, aguardaban su llegada.

Buscó a Raimunda con impaciencia, no hallándola entre los reunidos. Tampoco se encontraba a la sombra de los soportales, ni junto a la puerta del puesto de golosinas que unos metros más allá regentaba la señora Joaquina. Sin poder ocultar su preocupación, fue abriéndose paso entre los corros hasta acercarse a la entrada del consultorio, en donde descubrió a la misteriosamente desaparecida sentada sobre el umbral con el número uno en la mano.

– Mecachis, Raimunda, me tenía preocupado. ¿Cómo es que no vino el martes a la consulta como todos los días del año? – exclamó don Servando, todavía notoriamente alterado.

– ¡Pero, cómo iba a venir al médico si no me encontraba buena! – respondió Raimunda, en tanto comenzaba a sacar de una bolsa de plástico sus cartones de repetir...

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...

Extremadura...