Rafael Aguirre Grijalvo  -  Rafalito el de los cuerno cabra

 

Agosto de 2009

 

Imagen hallada  en  http://www.condelantal.com/2007_05_01_archive.html

 

Menuda la que he tenido que liar esta mañana en el mercado para comprar dos puñados de pimientos de freír...

Resulta que, cuando ya me disponía a abandonar la plaza, tras adquirir un kilo de melocotones y medio de ciruelas claudias donde la habladora de Maruchi, suena la escandalosa chicharra del móvil advirtiéndome mi mujer que lleve también unos pimientos verdes para comer con huevos fritos. Vuelvo sobre mis pasos dirigiéndome con premura hacia el puesto de Rafalito, que curiosamente linda con el de la referida frutera, observando que el probo expendedor de verduras no se encuentra al frente de su negociado. Bueno, ni al frente ni al lado, porque lo cierto y verdad es que no le veo por ninguna parte.

– No andará muy lejos –digo para mí, congratulándome al comprobar que entre su variada mercancía se encuentra una ordenada montañita de los exquisitos Capsicum Annuum que preciso.

– Aguardaré a ver si viene –vuelvo a decir para mí, ya que no se lo puedo decir a nadie más, al encontrarme completamente solo.

Rafalito, el regente del establecimiento en cuestión, es hombre de mediana edad, buena gente e incluso trabajador y, desde luego, bastante más culto de lo que su profesión haría presumir. Amante del arte y gran devoto de las imágenes, una pequeña talla de San Pancracio adornada con un tupido manojo de perejil preside su tenderete. Tiene asimismo colgada de la pared una vetusta hoja de calendario que muestra a unas gordas en cueros, y que el propio Rafalito asegura tratarse de una copia del mismísimo Rubens.

Entretengo la espera contemplando tubérculos y hortalizas, deteniéndome una y otra vez en lo que es sin duda el producto estrella del puesto, a la vez que único motivo de que me encuentre yo aquí: los pimientos cuerno cabra, una variedad de la conocida solanácea cuya característica principal es el peculiar retorcimiento de sus frutos, muy semejante al que muestran en su testuz ciertos individuos de la fauna caprina.

– ¡Diez minutos y Rafalito sin aparecer! –exclamo, contrariado ante la tardanza del informal verdulero.

– ¡Y la simpática de Maruchi muerta de risa! –desato mi malhumor al observar los aspavientos de la vecina de puesto, quien a buen seguro estará alegrándose de mi pérdida de tiempo al no haberle comprado también a ella los pimientos.

Un rato más tarde y harto ya de contemplar la generosa oferta vegetariana, cuerno cabra incluídos, me vuelvo hacia Mariquilla, una corteta mujer de avanzada edad que se gana la vida unos metros más allá vendiendo tagarninas en invierno y caracoles en la época estival, preguntándole por Rafalito.

– Pues habrá ido a algún mandado –me responde, al tiempo que con el hábil manejo de una tabla impide que sus babosos gasterópodos se le escapen de la caja.

– ¿Y por qué no le digo si podría despacharme ella? ¿Me responderá que no puede descuidar a sus cornudas criaturas? ¿Me mandará donde Maruchi? ¿Me mandará a la porra? –reflexiono sin hallar respuesta que me satisfaga.

Cinco minutos después continúo junto a los cuerno cabra de Rafalito, y éste sin aparecer.

En unos metros a la redonda todo el mundo se encuentra pendiente de mí; la rencorosa de Maruchi, que no para de reírse e incluso me parece adivinar que con cierto disimulo me hace gestos de rabia rabiña, Mariquilla desatendiendo en alguna forma a sus clientes y caracoles, y hasta una pareja de carniceros que, al otro lado del pasillo, consultan incrédulos sus relojes ante el considerable retraso protagonizado por el desaparecido.

– ¿No sabrá usted dónde pueda estar Rafalito? –inquiero a uno de los expendedores de vacuno, de escaso pelo y dos papadas bajo la barbilla.

– Pues eso le comentaba precisamente aquí a mi sobrino –responde el rechoncho con cara de porcino– algo ha debido de ocurrirle, pues nunca se retrasa tanto –termina de explicarse el carota.

– ¡Es que cerca de veinticinco minutos para comprar medio kilos de pimientos, ya está bien! –exploto, dándole la espalda a Maruchi a fin de que no se percate de mi monumental enfado.

– Pero, ¿no me diga que lleva todo ese tiempo aguardando por unos dichosos cuerno cabra? Haberlo dicho, hombre de Dios, y yo misma se los hubiera servido –interviene Mariquilla, levantándose tras menear repetidamente el montón de caracoles, consiguiendo que, al instante, se alojen todos dentro de sus respectivas viviendas.

– Deja, deja, que ya se los pongo yo –es ahora el carnicero gordo quien se ofrece.

– No molestarse ustedes que se los despacho a este señor en un periquete –advierte gentilmente el sobrino del obeso, al tiempo que levanta la trampilla de acceso al puesto dirigiéndose a mi encuentro.

Arremolinados todos junto a la montañita de pimientos, Mariquilla, el carnicero y su sobrino, éste con el platillo del peso para depositar la mercancía, se presenta Rafalito inquiriendo extrañado que qué demonios está sucediendo allí...

(Algún minuto después pasaba yo con la cara bien alta por delante de Maruchi con la satisfacción de que, aunque media hora más tarde, me marchaba con los únicos cuerno cabra de todo el mercado, los cuerno cabra de Rafalito).

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...