Rafael Aguirre Grijalvo - Tarde de fútbol en Sanlúcar

 

 

Mi buen amigo Paco Bustillo era, por aquél entonces, gran aficionado al fútbol y a la manzanilla. Aquella tarde, tras haber dado buena cuenta en la plaza del Cabildo, junto a nuestras respectivas mujeres, de unas exquisitas tapas acompañadas de varias medias botellas del generoso caldo de la localidad, me propuso ir a ver al Atlético Sanluqueño. La tarde, aunque agradable, amenazaba con tornarse lluviosa.

Después de dejar en casa haciendo punto a nuestras amantes esposas –Charo es una consumada artista confeccionando toda clase de prendas de lana y Nely no le va a la zaga– tomamos café donde Antoñito en compañía del Piriñaca y Joselito, dos de las más dilectas amistades de mi amigo en el muelle. Tras quitarnos el dulzor de la boca con un chispazo de whisky y despedirnos de la compañía, cogimos el coche a fin de dirigirnos al estadio del Palmar, preguntándole a Paco, nada más arrancar, que quién era el equipo contrario.

–¡Eso es lo de menos! –exclama con irritada voz mi amigo sin apartar la vista de la carretera ni las manos del volante. –¡Al fútbol va uno a descongestionarse y a insultar al árbitro –termina su aseveración con sostenido énfasis al tiempo que esboza una maléfica sonrisa.

–¡Caramba con don Francisco! –digo para mis adentros considerando los rotundos argumentos esgrimidos por mi amigo.

A medida que nos aproximamos al estadio se van haciendo más numerosos los grupos de gente engalanados de blanco y verde –deben de ser los colores locales– que portando pancartas y exhibiendo vistosas bufandas caminan en nuestra misma dirección.

–Tomaremos algo donde Macareno –dispone Paco sin osar yo contradecirle.

Macareno, además de copropietario del bar que regenta es hincha acérrimo del Sanluqueño y un bestia muy habilidoso, a juzgar por el tamaño de sus manos y la fila de vasos que transporta sin romper ninguno. Nos saluda desde detrás de la máquina del café cuando entramos en su establecimiento, acudiendo presto hacia la zona de la barra que nos disponemos a ocupar. Al advertir el gesto de mi amigo, similar al del niño que solicita permiso del maestro para ir al retrete, detiene su carrera volviéndose sobre sus propios pasos para atrapar entre sus manazas dos alargados vasos de whisky y una botella de lo mismo. Tras servir a mano, aunque con cierta delicadeza, tres tarugos de hielo en cada recipiente, escancia el alcohol hasta alcanzar éste una altura ciertamente considerable.

–El mismo que nos pitó en Ecija –notifica Macareno en clara alusión al colegiado. –El sieso de Aranda Terradillos –termina de identificar al trencilla de turno.

–¡Pues me cago en toas sus mulas! –proclama Paco con rotundidad tras atizarse un largo buche. –El hijo de la gran puta, ¡pues no estuvo a punto de anular a instancias del linier nuestro segundo gol aunque, eso sí, en clarísimo fuera de juego! –concluye mi amigo el recuerdo de algo que, indudablemente, le han contado, pues únicamente presencia los partidos que juega su equipo como local.

Apuradas nuestras respectivas consumiciones hacemos efectivo su importe a Macareno despidiéndonos de él hasta que nos veamos si es que no nos vemos antes.

Ya en la calle, nos dirigimos hacia la zona de taquillas del estadio que no pasa de ser una pareja de boquetes con un bordecito negro, practicados sobre un trozo de pared pintado de blanco.

–Deja quillo, deja –me reprime Paco retirándome de la ventanilla al tiempo de meterse la mano en el bolsillo.

–Que no Paco, que... –intento que me deje pagar a mí.

–Que te estés quieto, joé –me interrumpe de nuevo. –A ver, dos de preferencia –solicita al responsable de la taquilla mientras introduce un billete de cincuenta euros por el primero de los referidos boquetes.

Recogida las vueltas y después de hacerle un sarcástico comentario al expendedor de localidades acerca de la carestía de las mismas, nos acercamos a la puerta de entrada al campo. Junto a un cartel anunciador del partido, Atlético Sanluqueño–Deportivo Cortijillos, un empleado del club, discretamente uniformado con chaqueta de cuero y gorrilla a juego, corta un pedacito de cada ticket devolviéndonos el resto.

El terreno presenta un buen aspecto siendo las gradas suficientes para albergar a tres o cuatro mil personas, aunque, de momento y cuando falta poco menos de media hora para el inicio del partido, no debe de haber más de quinientas sobre ellas. Una procesión de carteles anunciando exquisitas manzanillas y relumbrantes muebles de caoba rodea el campo a ras de suelo mientras que, detrás de cada portería, un enorme letrero proclama a bombo y platillo las excelencias gastronómicas de un acreditado restaurante de la localidad.

Nos situamos en un lateral del campo, frente a la tribuna, justamente al lado del pasillo por donde accederán los jugadores a la cancha y a unos escasos dos metros de la blanca línea de cal que, sobre el césped, delimita el terreno de juego. Faltan menos de cinco minutos para que dé comienzo el espectáculo cuando enciendo un aromático cigarro puro aguardando tan trascendental momento.

Observo que Paco, hablador y ocurrente, lleva un rato que no abre la boca lo que, ciertamente, me preocupa. Le miro de reojo advirtiendo que parece encontrarse rumiando algo en su interior, nervioso y como a punto de explotar. Escucho incluso cómo un reprimido rugido, que me hace recordar al que emite cualquier fiera acosada, se escapa sin querer de su garganta. Estoy intranquilo. Le pregunto si se encuentra bien, contestándome afirmativamente con la cabeza al tiempo de esbozar una satánica sonrisa. Vuelvo a mirarle, advirtiendo cómo unas injustificadas gotas de sudor perlan su frente. Es el momento en que, obviando el problema que afecta a mi amigo, giro la cabeza dirigiendo la mirada hacia la zona de la portería de la izquierda en donde me ha parecido distinguir a nuestro amigo Macareno...

–¡Eh, tu!, ¡sí, sí, a ti mamaostia, que te conozco! –el inconfundible vozarrón de Paco estalla en mis oídos al tiempo que, desequilibrado por el tremendo susto, a punto estoy de caer desde la pequeña grada en donde nos encontramos subidos. –¡Toro, más que toro! –termina mi amigo de dar la bienvenida al colegiado de turno quien, por unos instantes, duda si volverse o no al vestuario.

Otros epítetos igual de cariñosos, proferidos por media docena de potentes gargantas que se han dado cita junto al pasillo que enlaza la caseta del árbitro con el campo, saludan igualmente al de negro en su comparecencia al terreno de juego.

–¡Y vosotros ni mijita, no vayáis a pasaros ni mijita! –recomienda Paco blandiendo amenazadoramente el paraguas a los dos jóvenes linieres quienes, corriendo asustados detrás del juez de la contienda, tampoco saben dónde meterse.

Casi repuesto del susto observo cómo el trío arbitral llega al círculo central seguido por dos filas de jugadores que portan camisetas diferentes; los de verde, el Sanluqueño, los de lila el Cortijillos. Braman las poco menos de setecientas personas repartidas por las gradas del estadio cuando un delantero forastero ejecuta el saque de centro.

Tras unos primeros minutos de tanteo, el conjunto local parece que comienza a imponer su ritmo arrinconando al rival en su área. Un “huyyyy” de exclamación se escucha en dos kilómetros a la redonda cuando Josete estrella un balón en el larguero del portal del Cortijillos. Ante los furibundos ataques de los delanteros de casa responde el contrario dando patadas a diestro y siniestro, lo que termina de encrespar al ya de por sí encrespado público. Es el momento en que un defensor de los de lila, sujetándose la venda de la cabeza con una mano y la faja con la otra, proporciona al grito de “voy” una tremenda patada en el pecho a Josete, derribándole aparatosamente. Pita el árbitro, se retuerce el dolido y jura Paco.

–¡Los muertos de...! –exclama mi amigo iniciando el gesto de saltar al campo.

–¡Tranquilo Paco! –trato de apaciguarle al tiempo que le contengo sujetándole de la cintura con mis brazos.

–Pero, ¿es que no has visto al cabrón ese de negro?, ¡como que quería dejar seguir la jugada! –profiere mi amigo fuera de sí. –¡Me cago en sus castas toas! –termina la retahíla de jaculatorias golpeando fuertemente el suelo con la punta del paraguas.

Tras incorporarse el jugador local se reinicia el partido, empleándose ambos equipos con tal ardor que saltan chispas en cada encontronazo. Ruedan por los suelos cortijillos y sanluqueños ante la algarabía del público, que únicamente tiene palabras para ofender al colegiado. Es retirado por las asistencias un delantero forastero con mordisco de primer grado en una pantorrilla.

Pita el árbitro el final del primer tiempo, retirándose ambos equipos a los vestuarios junto a los jueces de la contienda. Un exaltadísimo público abronca y amenaza a estos últimos de tal manera que tienen que salir arropados por los jugadores como los toros cojos lo hacen por los cabestros. Observamos a Macareno azuzar la manada corriendo, garrote en mano, tras de ella.

Amonesta verbalmente Paco, al inicio de la segunda parte, a los tres de negro cuando se reintegran al rectángulo de juego, cebándose especialmente con el linier que se colocará ahora en nuestra banda.

–¡Que no te vayas a pasar ni esto, hijo de la gran puta! –le conmina mostrándole cómo aprieta su dedo pulgar sobre la yema del índice hasta ponerlo blanco.

Poco después el juego transcurre sin más incidencia que las tarascadas que se tiran los jugadores de uno y otro bando y el concierto de pito con el que el trencilla obsequia a los aficionados.

–¡Vaya tela! ¡Vaya tela! –grita Paco quejándose por la tarjeta amarilla que muestra el colegiado a un defensa local tras haber revoleado a un delantero contrario y atizarle, a renglón seguido, una segunda patada cuando todavía aquél se encontraba en el aire.

–Joé con el gaché –exclama, dirigiéndose a mí, tratando de justificar la bestial entrada del defensor –mira que sacar tarjeta por eso.

Por mi parte contemplo atónito el desarrollo del juego –dado lo mal que lo hacen los veintidós– y a mi amigo por su permanente obsesión con el señor de negro y sus ayudantes. Miro el reloj constatando que faltan diez minutos para que finalice el partido.

–¡Pero venga, picha, que no es para tanto! –vocifera Paco dirigiéndose al árbitro cada vez que éste recrimina tímidamente a algún jugador local por perseguir con vehemencia los tobillos contrarios. –¡Que está en fuera de juego, cojones! –se desgañita gritando al linier en cuanto arranca con peligro desde medio campo alguno de los componentes del Cortijillos.

Debe de pasar algún minuto del tiempo reglamentario, descuentos incluidos, cuando Josete manda un balón en profundidad a Miguélez –quien se encuentra totalmente solo junto al portero contrario– consiguiendo aquél, tras zancadillear a éste, el gol de la victoria para su equipo.

Antes de decidirse el linier a levantar su banderín consulta con la mirada la zona donde nos encontramos, desistiendo de señalar tan clarísimo fuera de juego con falta al portero incluida. Duda también el colegiado, haciéndose durante unos instantes un tenso silencio...

–¡Arbitro, palangana! –se escucha el vozarrón de Paco en todo el ámbito del campo. –¡Tus muertos como lo anules! ¡Pues no ves que ha sido completamente legal, so mamón!

Un largo pitido, al tiempo de señalar el de negro el centro del campo dando por válido el gol, pone fin a tan expectante situación. El público salta entusiasmado cuando, segundos después, se da por finalizado el encuentro con el resultado de Atlético Sanluqueño 1–Deportivo Cortijillos 0.

(Minutos más tarde nos abrazamos con Macareno en su bar brindando por el juez de la contienda, Aranda Terradillos, y por la buena tarde de fútbol que nos ha hecho pasar).

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...