Rafael Aguirre Grijalvo  -  El tendedero (2) :  remordimientos...

 

Agosto de 2009

 

Pues sí, desde que ocurriera el inusual episodio de los tendederos no somos capaces en casa de levantar cabeza, ya que un abatimiento general se ha apoderado tanto de nuestras mentes como de nuestros cuerpos...

– ¿Habremos obrado bien? ¿Debemos de regresar a la gran superficie a la mayor brevedad a fin de deshacer el entuerto? ¿Afectará el fraude al balance trimestral del magno supermercado? –nos preguntamos cabizbajos cada noche a la hora de acostarnos.

Ciertamente, estamos afectados por la forma en que se desarrollaron los acontecimientos, al tiempo que confundidos, sin saber qué determinación tomar para salvar nuestra degradada imagen y quedar en paz con nuestras conciencias. Y es que pagar un tendedero y llevarse otros dos de matute tiene tela...

– ¿Silenciamos de por vida nuestra cobarde acción o damos la cara devolviendo sin más dilación los dichosos artilugios? –me pregunto atormentado día y noche.

(¡Ring...ring...ring...! –van a dar las once de la mañana cuando suena el teléfono de mi despacho).

– ¿Cómo que todavía te están temblando las piernas? –pregunto incrédulo tras escuchar la alterada voz de mi mujer al otro lado de la línea.- ¿Se ha venido abajo la campana de la cocina? ¿Ha dejado el cartero alguna multa de tráfico? ¿Se te han agarrado quizás las lentejas? –inquiero notablemente alarmado.

–  Nada, nada, que estoy que no salgo de mi asombro –me llega a duras penas la voz entrecortada de la madre de mis hijas– Beberé un vaso de agua, ahora te cuento...

– Resulta que a primera hora de la mañana he puesto la lavadora y tras sacar la ropa he abierto el paquete de los tendederos y he comenzado a llenarlos; uno, dos, pero ¡si todavía quedan unos cuantos!, me he dicho para mí al observar que allí había alguna estructura más de las que yo contaba –escucho entre jadeos– y ¡es que como venían tan plegaditos!...

– ¿Cuatro, quizás? –pregunto con voz temblorosa.

– ¡Seis, seis son los que vienen dentro del paquete! –me responde ella entre sollozos.

– ¡Seis por uno! –exclamo en voz alta, a punto de sufrir un alifafe.

Instantes después abandono la oficina a la carrera en busca de confesión.

 

Rafael Aguirre Grijalvo...

Grijalvo, Grijalva, Grijalba, Grijalbo...