Rafael Caamaño - Una anécdota deportiva del USS Memphis

 

El centinela avistó una yola acercándose al crucero estadounidense USS Memphis, anclado en el antepuerto de la capital, Santo Domingo. El alba despuntaba, el nuevo día recién nacía, mientras el sol emergía de las profundas entrañas del Mar Caribe. Sus tenues y horizontales rayos matinales brillaban detrás de la nave, proyectando su sombra sobre el agua. Varios marineros ya estaban en cubierta haciendo ejercicios, cuando escucharon el grito de alerta.

- ¡Embarcación a la vista!

Las barandas del Memphis se llenaban de marineros disparando inquisitivas y curiosas miradas al enigmático navegante, pues se rumoraba la presencia de submarinos alemanes en el Caribe.

El Memphis ancló en 1916, con la primera ocupación estadounidense a la República Dominicana. Su capitán miraba la yola, tratando de descifrar las intenciones del extraño navegante que parecía venir solo. El conocía los informes sobre la supuesta presencia alemana en esas aguas, pero no le inquietaban.

Tenía otras preocupaciones.

A su memoria afloró la primera baja sufrida por las tropas de ocupación en San Pedro de Macorís, 70 kilómetros al Este de Santo Domingo. Una especie de patriota suicida caminó hasta los soldados estadounidenses y comenzó a disparar su revólver, matando a un oficial e hiriendo a varios marineros.

El ataque no fue un caso aislado.

Gregorio Urbano Gilbert, el patriota, formaba parte de un movimiento de resistencia que florecía en el Este del país. Las tropas los bautizaron como Gavilleros. No conocían la palabra "guerrilleros", pero a eso se referían; era, quizá, el inicio de la guerrilla latinoamericana.

La marina estadounidense no sabía nada de guerrillas. Era 1916, todavía no habían atrapado a Pancho Villa en México, les faltaba sufrir con Augusto César Sandino, sublevado en las montañas nicaragüenses en 1927. Gilbert terminó en Nicaragua como secretario de Sandino. Todos combatían el mismo enemigo con una nueva forma de guerra, basada en ataques sorpresivos y emboscadas suicidas.

Eran sujetos peligrosos.

Las preocupaciones del comandante del Memphis eran bien fundadas. Los políticos dominicanos, cuyos desacuerdos sirvieron en parte de pretexto para la invasión, agitaban el patriotismo contra los invasores. Eso le inquietaba. En Santo Domingo todo estaba en calma desde su llegada, pero eso no garantizaba nada. En guerra, el capitán lo sabía, la calma sólo significa que el enemigo se prepara para lanzar nuevos ataques.

Una extraña relación florecía entre algunos capitalinos ocupados y los marineros ocupantes. Entre ellos surgía un curioso vínculo afectivo, como el que une a prisioneros y carceleros, a secuestrados y secuestradores. El capitán, que nunca confió en esos amores, tomó sus prismáticos y confirmó que un solo tripulante ocupaba el bote, pero actuó con las precauciones que la prudencia aconsejaba.

- Todos a sus puestos,- ordenó, tomando todas las precauciones que la prudencia recomienda.

Varios hombres podían estar escondidos en la yola, o podía estar cargada de explosivos, convirtiéndola en una bomba flotante. O podía ser una simple distracción para lanzar un ataque por otro lado. El capitán no sentía miedo, pero tenía un extraño presentimiento; algo le decía que su misión en Santo Domingo estaba a punto de cambiar.

 

La Sorpresa

 

El visitante avanzaba de cara al sol.

Toda la claridad del nuevo día brillaba directo sobre él y su pequeña embarcación. Soltó los remos y se dejó arrastrar por la corriente del río Ozama en su apresurada carrera, desembocando en el Mar Caribe.

Como el sol estaba tras el Memphis, su gran sombra se extendía sobre el agua. Desde la yola, parecía una embarcación gigante y oscura acostada en la superficie.

La yola cruzó la ría, esa frontera verdi-azul donde el río se entrega al mar. Ahí, donde termina el Ozama y comienza el Caribe, poco después comenzaba la imponente sombra del Memphis; la pequeña embarcación se acercó con lentitud hasta estacionarse junto al navío. Dos marineros bajaron, registraron al visitante e inspeccionaron la yola, luego le permitieron subir a bordo.

Cuando se acercó, el capitán observó una extraña tranquilidad en su rostro, ya que el visitante parecía actuar guiado por convicciones profundas, como si respondiera al llamado del deber.

Este patriota dominicano hizo lo impensable.

Solo y desarmado, se jugó la vida y sorprendió a los casi 700 tripulantes del Memphis. El instinto del capitán estaba en lo cierto: el desconocido y enigmático navegante cambió para siempre su misión en Santo Domingo. Nunca antes, o después, ejército de ocupación alguno ha recibido semejante respuesta del pueblo invadido.

El patriota retó a los invasores a jugar béisbol.

Como los griegos, que celebraron la primera olimpíada, los dominicanos utilizaron el deporte, no la guerra, para dirimir diferencias políticas. Jugaron con el enemigo, en lugar de combatirlo. A sabiendas de que la victoria militar era una ilusión, decidieron compartir las cosas que tenían en común con las tropas y olvidar las que los dividían.

Día tras día, ocupantes y ocupados se enfrentaban en interminables partidos de béisbol, de donde nacieron amigos, fanáticos, fanáticas, buenas amigas y, desde luego, algunos bebés.

El amor por el béisbol permitió a dominicanos y estadounidenses encontrar un lado agradable en el tortuoso drama político que vivían. Para los dominicanos, además del placer de jugar, ganar era lo único que podían hacer contra los invasores. Las tropas disfrutaban del juego y se mantenían lejos de su país, donde una epidemia infecciosa, conocida como la Influenza Española, mataba personas por millares. En el juego, desarrollaron vínculos amistosos que serían más importantes de lo que podrían imaginar.

Lo ocurrido el verano siguiente no sorprendió a nadie en la República Dominicana, pero agarró a los invasores fuera de base. Y fuera de guardia.

 

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