Rafael Poch - China cándida

 

La Vanguardia, 31 de enero de 2008

 

Regreso en tren de un viaje de tres días por la provincia de Shandong. Desde Jining hasta Pekín, son nueve horas y media de trayecto. En la estación, la gente, cargada de bultos, guarda cola en la sala de espera. Los empleados sólo abren el acceso a los andenes poco antes de la llegada del convoy. Los viajeros son ordenadamente conducidos hasta los vagones, en destacamentos encabezados por un funcionario de uniforme. Los vagones son grandes y abiertos, sin divisiones entre los compartimentos, cada uno con cinco asientos, tres a un lado y dos enfrente, de forma que todo el vagón queda a la vista, como en un autobús, y al mismo tiempo la presencia de otros viajeros enfrente propicia la comunicación.

La pareja de novios de enfrente se pone a jugar a cartas. Al lado, otros dos jóvenes y una señora madura charlan animadamente. El sonido de las llamadas de los móviles y las señales de los SMS, se mezcla con el barullo de las conversaciones, todo ello arrullado por el traqueteo del tren. El paisaje, nevado y grisote, sin particular interés paisajístico, como es habitual. Y pasan las horas.

Por el pasillo comienzan a circular carritos de comida, fruta, refrescos, vendedores de diarios matutinos. Todo el mundo come algo, compra o saca comida y termos de té de sus bolsas. Y todo se tira alegremente al suelo, que queda al poco rato cubierto por una considerable capa de basura; bolsas y botellas de plástico, cáscaras de pipas, pieles de mandarina… De vez en cuando pasa un empleado con un recogedor y una escobilla y barre los bajos de los asientos. Y comienza el bazar.

Los empleados del ferrocarril venden de todo. Aparece un joven de uniforme que tras felicitar a todo el mundo el cercano año nuevo chino, explica las bondades de los calcetines de la industria de punto de Shandong. Los hay blancos y azules, el precio es conveniente, pregona, y los va repartiendo entre los viajeros, para que comprueben el género por si mismos. Colocado en el centro del vagón, saca un calcetín blanco y lo extiende sobre su antebrazo. Con la otra mano sostiene un cepillo metálico y comienza a cepillar el calcetín para demostrar su resistencia, mientras entona una balada popular cuya letra ha alterado: "Es resistente, es resistente mi calcetín…" La gente contempla con humor su entusiasmo comercial. Luego, el vendedor va recogiendo los calcetines y cerrando los tratos con los contados viajeros que compran, tres o cuatro en todo el vagón cuya capacidad es de 181 personas sentadas.

Al cabo de un rato aparece otra vendedora de uniforme, joven, pómulos enrojecidos y con una amplia sonrisa de buena persona. Vende un "calentador" de ambigua utilidad, una bolsa de plástico que contiene un líquido transparente y una pieza metálica del tamaño de una moneda. Se sienta en un asiento libre y explica a los viajeros de su alrededor cómo funciona el invento: se dobla la pieza de metal, lo que desencadena una reacción química, el líquido se calienta y se convierte en una especie de goma viscosa que se pone a más de cuarenta grados. "El calor dura dos horas, luego se hierve la bolsa y la goma retoma su aspecto líquido inicial". "Se puede volver a usar muchas veces", dice. El producto excita la curiosidad, muchos pasajeros lo prueban y algunos lo compran. Luego vienen más carritos de comida y el señor del recogedor hace otra pasada.

Pasan las horas y los cuerpos buscan el descanso. Muchos duermen reposando sus cabezas en el hombro del vecino, o apoyándose sobre los brazos cruzados en la mesita de cada compartimento de asientos. Desde la parte de atrás del vagón llegan los ronquidos de un hombre mayor que duerme con la boca abierta. Adquieren un volumen extraordinario que a nadie parece chocar. A una hora del destino, la gente se va desperezando y estirando, algunos hacen gimnasia. El vagón recobra su vida. En un momento dado, el chico le da una palmadita en el trasero a su novia. La señora se corta las uñas, un hombre se hurga la nariz, el veterano de los ronquidos se pone cómodo, aprovechando que su compañero de asiento ha descendido…

Hay muchas sonrisas. Unas sonrisas discretas, sin carcajadas, sin molestar al prójimo. Al mismo tiempo hay poca ceremonia y pocos complejos; cuando hay que pedirle al vecino que se corra para hacer sitio, cuando el limpiador repite su cantinela de "levanten las piernas, por favor" para pasar la escoba por los bajos, cuando la señora del asiento de al lado estira el cuello para chafardear en las fotos que aparecen en el ordenador portátil del vecino, con posibilidad de hacer algún comentario sobre ellas…

 

Corrección a la china

Toda esta banalidad viene presidida por la tranquilidad. No hay ni una sola brusquedad, ni una salida de tono. Todo es correcto, pero no como en otras culturas asiáticas, desde la máscara de una rígida y quizá reprimida corrección, sino a la china, de una forma natural y desinhibida.

Es esa corrección china la que convierte frecuentemente a los occidentales en unos vulgares a su lado. Nos ven como gente brusca, imprevisible, frecuentemente incorrecta. Claro que ellos tienen su parte oscura -la otra cara de esa corrección incluye tremendas carencias cívicas y no pocas actitudes infantiles o miserables- no se trata de abrir un concurso, pero en su convivencia, físicamente tan apretada, mantienen un nivel de refinamiento que ya lo quisiéramos.

Aquí, en este vagón, no hay rastro de ese estándar de tensión latente entre pasajeros habitual en nuestros trenes de cercanías; ni de esa minoría, siempre presente, de jóvenes groseros, o agresivos, que merecen miradas reprobatorias de la "gente de orden", ni ese punto general de inquietud en todos, ese estar en guardia, tan común en la noche de nuestras ciudades… Aquí, con una frecuencia inusitada, los rostros expresan ingenuidad y candidez. Y es esta China cándida, ingenua, desinhibida, plácida y fundamentalmente bien educada, la que se hace entrañable al extranjero.

"Qué gusto volver a casa", puede pensar el expatriado de regreso a su país, un universo sin problemas de comprensión, en el que se come "normal" y se entienden sin dificultad los letreros escritos en un alfabeto de veintiocho letras en tu lengua materna ("asombróse un portugués…"). Pero al regresar a China, qué descanso, también, de vivir en medio de esta gente, en esta otra cotidianeidad, que, en condiciones normales, es bastante más pacífica, correcta y desinhibida que la nuestra.

El tren llega a Pekín y viene a mi memoria una larga conversación con Sidney Shapiro, en su casa de Houhai. Shapiro es un norteamericano nacionalizado chino de 93 años de edad, con más de cuatro décadas de residencia en China dedicado a la traducción de la literatura de este país. Mi última pregunta fue así de simplona; "Lleva usted viviendo muchos años en China, ¿cómo explica su apego al país?". "Bueno", respondió con naturalidad, "no es difícil, los chinos, sabe usted… son gente maja" ("nice people").

Naturalmente, hay tantas percepciones dispares de China como observadores de su realidad, pero este trayecto en tren me ha colocado, una vez más, en una de ellas: en la contemplación de esta admirable y plácida China cándida.

rapofe@hotmail.com

 

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