Rafael Poch - Europa y Gaza

 

La Vanguardia, 21 de enero de 2009

 

Un continente miserable, con Alemania en el centro

Converso con la escritora Ruth Fruchtman en su casa del barrio berlinés de Prenzlauerberg. Fruchtman es presidenta de la asociación "Voces judías para una paz justa en Oriente Medio" ('Jüdische Stimme für gerechten Frieden in Nahost'), que ha participado en las protestas berlinesas contra la masacre de Gaza. "Voces judías..." es una de las diecinueve organizaciones de judíos europeos que en 2003 firmaron una declaración que contiene el único programa realista: fin a la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén oriental, reconocimiento de las fronteras de 1967, desmantelamiento de todos los asentamientos en territorios ocupados, reconocimiento del derecho de los dos estados a contemplar Jerusalén como su capital, y reconocimiento de la responsabilidad israelí en el problema de los refugiados palestinos. "También a nosotros nos acusan de antisemitas", dice Fruchtman con una sonrisa triste.

También ella lleva en el estómago el peso de estos veinticuatro días infames. Infames para las naciones europeas por su vergonzoso papel. Más que una entrevista, lo nuestro es un desahogo en el mismo corazón de esta Europa miserable que tiene a Alemania en el centro.

 

Los quitavergüenzas de Israel

Anunciando el alto el fuego del cruel bombardeo que ha venido masacrando a la población del gueto de Gaza desde el 27 de diciembre, el primer ministro israelí, Ehud Olmert, agradeció expresamente el sábado por la noche la colaboración, comprensión y ayuda de Sarkozy, Merkel, Berlusconi, Brown y la presidencia checa de la Unión Europea, además de la de George Bush y Condoleeza Rice. Olmert no mencionó a los medios de comunicación occidentales que, en general, actúan, en diverso grado y medida, como quitavergüenzas de Israel, aceptando los absurdos razonamientos, en ocasiones claramente criminales, de los dirigentes de ese país, y, sobre todo, omitiendo una gran cantidad de información esencial para comprender este indignante drama.

Más doloroso que los muertos es aún constatar la falsedad y el cinismo que rodean a la masacre. Si el apoyo del 80% que la matanza recibe en Israel indica la loca ceguera y el fanatismo de la sociedad de ese país, la complicidad europea nos confronta con los horrores y demonios de nuestra propia historia, incluida la complicidad europea/alemana en el holocausto judío. La falsedad es aún más dolorosa que la masacre, precisamente porque garantiza su repetición, impune y sin horizonte de enmienda. Los medios de comunicación europeos han demostrado, una vez más y en distintos grados, su capacidad para justificar/relativizar lo injustificable.

 

Cinco mil a catorce

Comentando la patraña de los "escudos humanos" utilizados por Israel, el disidente israelí Uri Avnery escribe que "hace casi setenta años, durante la segunda guerra mundial, un crimen atroz fue cometido en la ciudad de Leningrado. Durante más de mil días, una banda de extremistas llamada 'Ejército Soviético' mantuvo como rehenes a los millones de habitantes de la ciudad, provocando las represalias de la Wehrmacht. Los alemanes no tuvieron más alternativa que bombardear y tirotear a la población e imponer un bloqueo que ocasionó la muerte de centenares de miles". "Poco antes, un crimen similar se cometió en Inglaterra", continúa este autor. "La banda de Churchill se escondía entre la población de Londres, utilizando como escudos humanos a millones de ciudadanos. Los alemanes se vieron obligados a enviar a su Luftwaffe para reducir la ciudad a ruinas". Esa es, dice Avnery, la versión que hoy aparecería en los libros de historia si los alemanes hubieran ganado la guerra. Es comparable a la que nos vende hoy Israel y nuestros medios han comprado, para adoptar una actitud centrista entre víctima y verdugo.

El "derecho de Israel a defenderse" se afirma con el dato de que 14 israelíes inocentes murieron antes de la presente masacre por cohetes, mayormente caseros, lanzados desde Gaza en los últimos siete años (la BBC ha dado la cifra de 28 muertos) sobre localidades israelíes como Ashkelon, Beersheva y Sderot. Si el "derecho a defenderse" incluye el derecho a disparar sobre población inocente, ¿por qué no pueden hacer suyo ese crimen los palestinos, que murieron en número de 5.000 en ataques israelíes durante esos mismos siete años?

Como ha dicho la periodista de Haaretz, Amira Hass, y tantos otros, "el cerco de Gaza no empezó cuando Hamas se hizo con el control de los órganos de seguridad de allá, o cuando el soldado israelí Gilad Shalit cayó prisionero (los miles de prisioneros y secuestrados palestinos tomados por Israel no tienen nombre), o cuando Hamas fue elegido en unas elecciones democráticas. El cerco empezó en 1991, antes de los atentados suicidas, y desde entonces se ha hecho cada vez más sofisticado, culminando en 2005", explica Hass, galardonada en el 2000 con el premio "Press Freedom Hero" del International Press Institute, con el Premio Bruno Kreisky de 2002, el Premio Guillermo Cano de la Unesco en 2003 y el del Fondo Memorial Anna Lindh en 2004. En aras de la misión imposible de convertir a las víctimas en el problema, hay que omitir cualquier referencia a los más elementales antecedentes de esta crisis.

 

Una crisis sin contexto

Siguiendo al establecimiento del Estado de Israel, en 1948, más de la mitad de la población nativa palestina, cerca de 800.000 personas, fueron expulsadas y 531 pueblos fueron destruidos, explica el historiador israelí Ilan Pappe (en "The Ethnic Cleansing of Palestine", Oxford, 2006). No se menciona que los cohetes sobre Ashkelon, Beersheva y Sderot los lanzan descendientes, directos o generacionales, de los pobladores de aquellas localidades. La situación ya daba mucho que pensar, explica Pappe, a Moshe Dayan, cuando el militar y político israelí decía en 1955: "¿Cómo podemos quejarnos de la intensidad con la que nos odian? Desde hace ocho años están en sus campos de refugiados de Gaza, contemplando con sus propios ojos cómo nos apropiamos de la tierra y de los pueblos en los que vivieron ellos y sus antepasados". Eso era hace más de medio siglo.

La crueldad genera crueldad y también demencia, porque el ser humano no está diseñado para el maltrato. Toda tortura tiene consecuencias. La tortura colectiva tiene consecuencias colectivas. Nadie mejor que los judíos ilustra la enfermiza sicología colectiva del torturado puesto a torturador, pero la serie está abierta; los nazis y fascistas europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX y antes que ellos siglos de fanatismo religioso, además del sionismo, generaron desde Europa este estado de Israel. Ahora, desde la segunda mitad del siglo XX, Israel lleva alimentando con los palestinos una nueva sicología colectiva torturada. Los palestinos, decía Edward Said, son "las víctimas de las víctimas". Su actual masacre alimenta esa espiral.

 

Proporciones y comparaciones

El gueto de Gaza, una de las zonas de mayor densidad demográfica del mundo, evoca analogías con el de Varsovia, en el que un puñado de judíos se enfrentó con las armas a los nazis. Es verdad que aquellos resistentes, calificados de "terroristas" por los nazis, no lanzaban cohetes sobre objetivos indiscriminados. También lo es que los agresores y carceleros de hoy no transfieren a sus víctimas a campos de exterminio, aunque algunos políticos israelíes, como el viceministro de defensa, Matan Vilnai, haya amenazado a los palestinos en esa dirección al decir, "cuantos más cohetes kassam y de más largo alcance nos lancen, mayor será la 'shoah' que se autoinfligirán, porque usaremos todo nuestro poder para defendernos". ('Shoah' es el término hebreo para "holocausto" - en "Israeli Minister warns of Palestinian 'holocaust'", The Guardian, 29 de febrero 2008). "Sólo haremos la paz con los árabes cuando ellos amen a sus niños más de lo que nos odian a nosotros. No podemos perdonarles que nos obliguen a matar a sus niños", ha dicho la Presidenta de la comunidad judía de Berlín, Lala Susskind.

Hay muchas diferencias, pero la desproporción de Varsovia es comparable. Los palestinos también podrían lanzar hoy ese tipo de declaraciones genocidas, como podrían haberlo hecho en su día los desesperados asediados del gueto de Varsovia hacia los alemanes. La diferencia es que aquellos, como hoy los palestinos, no tienen medios para respaldar sus amenazas de masacre y despropósitos, mientras que en Israel, que sí los tiene, un 60% de la población está de acuerdo en completar la "limpieza étnica" de 1948 y echar a los árabes, tanto de Israel como de los territorios ocupados... No masacra el que quiere, sino el que puede; el que tiene los medios y los apoyos internacionales requeridos.

¿Va Europa a seguir colaborando con este abuso? Si cualquier otro país hubiera cometido las atrocidades que Israel está cometiendo en Gaza, la Unión Europea habría suspendido inmediatamente sus relaciones comerciales, pero en el caso de Israel ni siquiera se ha querido cancelar el acuerdo de asociación con ese país, tal como contempla la cláusula sobre derechos humanos incluida en el propio acuerdo.

¿Y el informe? En la crisis de Kosovo, la muerte de dos mil personas, incluidas víctimas de los albaneses, indignaba a nuestros políticos y medios de comunicación, en el contexto del precalentamiento mediático para la intervención de la OTAN. Los comentarios exigían intervención militar y hablaban de "genocidio". Entre 1998 y 1999 los diarios "Los Angeles Times", "New York Times" y "Washington Post" y los semanarios "Newsweek y "Time", utilizaron el término "genocidio" en 220 ocasiones para describir la conducta de los serbios en Kosovo, señala un cómputo estadounidense perfectamente aplicable a Europa. Hoy, con un monto acumulado de víctimas civiles palestinas mucho mayor, los quitavergüenzas de Israel sólo utilizan el término "genocidio" para descalificar a los críticos de la masacre. Los mismos medios y personas que entonces lo usaron, llaman ahora la atención sobre su empleo inapropiado. Ser errático en los términos, tanto en Kosovo como en Palestina, no es nada al lado de haber perdido el sentido de la compasión y de la elemental indignación ante la injusticia. El problema no es semántico, sino ético. Refugiarse en una actitud salomónica entre la víctima y el verdugo es miserable. Como dijo el antifascista italiano Piero Gobetti (1901-1926), "cuando la injusticia está concentrada por entero en una sola parte, la actitud salomónica se convierte en completamente tendenciosa". Cooperar con el verdugo, contemporizar con el violador sistemático de la ley internacional, ser indulgente con el matón, es miserable. Ésa es la actitud europea que Olmert ha agradecido.

 

Alemania, paradigma de la cobardía europea

Centenares de miles se han manifestado en toda Europa contra la masacre israelí. También en Alemania, pero aquí las manifestaciones han sido organizadas y casi exclusivamente frecuentadas por ciudadanos árabes o de origen turco o árabe. Los alemanes han estado casi por completo ausentes de la protesta. Las fuerzas políticas alemanas, todas ellas, han participado en manifestaciones de apoyo a Israel, tres actos "contra el terror de Hamas" que tuvieron lugar en Berlín, Munich y Francfort el 11 de enero y que casi sólo congregaron a la comunidad judía, que en Berlín es mayoritariamente de origen ruso/soviético.

En toda Europa cuesta mucho criticar a Israel, pero en ningún lugar cuesta tanto como en Alemania, porque este país presenta la mayor concentración de daño a los judíos que Europa tiene en su historia. Por eso, si explicamos la razón de la dificultad alemana en criticar a Israel, la actitud europea quedará clara.

La solidaridad de Alemania con Israel se manifiesta en aspectos como su posición de segundo socio comercial de ese país, sólo por detrás de Estados Unidos, y en su papel como principal valedor de los acuerdos de asociación con Israel en el seno de la Unión Europea. También en la actitud de sus políticos; en su visita a la región, el Ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, ha ofrecido al gobierno egipcio "ayuda técnica" para sellar, aún más eficazmente, la frontera de Gaza sometida a un bloqueo inhumano. Y también en que su televisión, su prensa y sus periodistas, sean aún más confusos y parciales que los nuestros en la explicación de la situación y que hayan destacado en el generalizado fenómeno quitavergüenzas.

¿Hierve Alemania de "solidaridad" por Israel, hasta el extremo de que su pasión la ciega?. No es eso; la actitud alemana no tiene nada que ver el fanatismo de quien cree luchar por una "causa justa", como podría ser el caso del manifestante antimasacre de otras latitudes. Los ciudadanos alemanes tampoco han acudido a las manifestaciones pro Israel. La presencia en ellas de los políticos alemanes ha sido asunto exclusivo de los de arriba, de la Alemania oficial. ¿Qué opina la Alemania real?

En las encuestas los alemanes dicen que Israel es un país agresivo (49%), sólo un 30% de los ciudadanos declaran que Israel respeta los derechos humanos, el 59% afirma que Israel "persigue sus intereses sin importarle las otras naciones", y un 60% cree que Alemania ya no tiene ninguna "responsabilidad especial" por su pasado nazi, frente a un 35% que afirma lo contrario. Con esa última afirmación se destruye la piedra angular de la política oficial de Alemania hacia Israel, expuesta en sus documentos oficiales; a saber: que Alemania mantiene una relación "única" hacia ese país, fundamentada, "en la responsabilidad de Alemania en la Shoa, el sistemático genocidio de unos seis millones de judíos en Europa durante la época del nazismo". El 60% de los alemanes hoy no creen en esto. Entonces, ¿cuál es el contenido de la dificultad alemana en criticar a Israel?, ¿cuál es la sustancia de esa "solidaridad" oficial? A la luz de las encuestas, la respuesta es inequívoca: el miedo.

Un miedo a ser comparados con los antisemitas exterminadores de los años cuarenta, desemboca aquí en un cheque en blanco a los desmanes del estado de Israel, bombardeando civiles, templos religiosos y escuelas de la ONU, destruyendo cuatro mil viviendas, matando a 1.300 en veinticuatro días y disparando contra ambulancias. Ese cheque es enormemente ambiguo porque, pretendiendo ser contrición por un crimen de la nación alemana, resulta que el precio de esa contrición del pasado es cerrar los ojos ante crímenes del presente. Todo eso tiene una lectura válida para el conjunto de Europa, e Israel lo explota a fondo.

 

La verdadera conexión

El concepto de "culpa colectiva" en un delito es jurídicamente borroso aplicado a toda una nación, más aún teniendo en cuenta los cambios generacionales experimentados en sesenta años. Sin embargo, hablar de una "responsabilidad alemana" por los crímenes del nazismo es algo que ha honrado a la sociedad alemana en la Europa de posguerra, y que debe ser contemplado en el contexto de la república alemana más decente que ha conocido la historia. Salta a la vista la considerable diferencia de actitud respecto a los japoneses, que eliminaron a unos veinte millones de chinos en los años treinta y cuarenta, sin que las instituciones y gobiernos japoneses de posguerra hayan extraído consecuencias y actitudes convincentes, por no citar los crímenes, nunca reconocidos como tales, de las naciones imperiales vencedoras, decimonónicas o contemporáneas. Sin embargo nada es moralmente más falso y corrupto que deducir el presente e infame cheque en blanco de aquella honorable responsabilidad.

Es la responsabilidad alemana/europea en la trágica historia de los judíos la que debería hacer particularmente responsables y sensibles a los alemanes, y a los europeos, ante cualquier repetición de algunos de aquellos crímenes antijudíos de hace más de sesenta años, ahora contra los palestinos; racismo, expansionismo territorial, ocupación, crueldad y masacre. Responder a esa responsabilidad cerrando los ojos y con indulgencia hacia los crímenes del presente, sugiere que las actitudes de aquel pasado oficialmente rechazado conservan cierta vigencia.

La conexión más preocupante en esta crisis no es la supuesta alianza de la crítica a Israel con el pasado antisemita, como insisten los quitavergüenzas, sino la existente entre el miedo de los años cuarenta y el actual: miremos para el otro lado, no vaya a ser que me acusen hoy de antisemita, de la misma forma en que ayer podían acusarme de ser un mal patriota alemán y de no participar del espíritu de la "Volksgemeinschaft", la "comunión nacional" nazi; ¿puedo apoyar a los palestinos de Gaza sin que me acusen de complicidad con un atentado suicida en Tel Aviv, o de ser cómplice del terror de Hamas, la organización electa que articula la resistencia nacional en Gaza? Mejor mirar para otro lado, mejor comenzar mi artículo equidistante entre la crítica al bombardeo de un campo de refugiados y el "derecho de Israel a defenderse", dejando claro la cantidad de amigos judíos que tengo...

La general complicidad alemana con los nazis fue resultado de esta misma y concreta falta de coraje civil.

 

Hitler está muerto

Mas allá de los rencores que el propio estado de Israel suscita con sus acciones, la impresión es que, por lo menos en Europa, el antisemitismo es un fantasma. La obra de Hitler y los nazis inoculó en el continente potentes anticuerpos que han inmunizado al cuerpo europeo, acabando con la posibilidad de una repetición de aquello para siempre jamás contra los judíos. Por obra de Hitler, el peligro racista en la Europa de hoy es mucho más significativo como tendencia anti-árabe y antiislámica que antijudía. Naturalmente que siempre habrá canallas que hagan suyos los postulados de Hitler, profanen tumbas o pinten sinagogas, como siempre habrá quien venda heroína en la puerta de los colegios, pero imaginar que eso llegue a ser de nuevo un programa aclamado por alguna de las naciones más desarrolladas del continente, como fue el caso, es impensable. Hoy, gracias a Hitler, en Europa y en el mundo -incluido el mundo árabe donde la política israelí ha sido el principal factor de antisemitismo-, la mayoría de personas que están conmocionadas por la política de Israel también están genuinamente horrorizadas por los crímenes perpetrados contra los judíos durante la II Guerra Mundial. Que en el actual y apasionado debate sobre Gaza, ambos bandos equiparen al adversario con la barbarie nazi, ¿no es acaso indicio de un consenso sobre la indiscutibilidad de la maldad del nazismo?.

En Alemania y en Europa, Hitler está muerto y bien muerto. Como reivindicación, Stalin está mucho más vivo y representa un peligro más real, en la Rusia de hoy, del que Hitler pueda representar en Europa, por más que el escenario de una Rusia neoestalinista tampoco parezca creíble... El discurso del "conflicto de civilizaciones" y de la "guerra contra el terrorismo", o la complicidad quitavergüenzas ante la masacre de palestinos, es mucho más peligroso que el cadáver de Hitler, maldito por los siglos de los siglos para la conciencia global.

 

Sancionar es ayudar

La falsa "solidaridad con Israel" no sitúa a Alemania en el primer vagón del tren de la corrección europea, sino, muy al contrario, en el más despreciable primer puesto de la hipocresía y de la complicidad continental con una injusticia repugnante. La verdadera solidaridad con Israel consiste en oponerse a la masacre, en afirmar el derecho de la nación Palestina a una existencia digna y soberana, en impedir la loca carrera de Israel hacia la destrucción de su propia sociedad, hacia su conversión en un estado paria, por no aceptar una relación normal con su enorme entorno árabe, lo que pasa por un regreso a las fronteras de 1967. La solidaridad con Israel es apoyar al minoritario pero glorioso movimiento civil israelí por la paz y la convivencia. Reivindicar la actitud de los valientes soldados israelíes que rechazan servir en Gaza. (Ver este vídeo). Si para afirmar eso hay que expulsar a embajadores y trabajar por unas sanciones comerciales en el seno de la Unión Europea, hay que ir a eso. Esa es la posición correcta, tanto por razones éticas como de "realpolitik".

Israel debe comprender que las cuatro ventajas estratégicas que tiene hoy en medio de su enorme y hostil contexto árabe (disponer del ejército más fuerte, la economía y la población más moderna, el monopolio del arma nuclear y el apoyo de occidente) no serán eternas. Como observa Gwynne Dyer, a Israel le conviene hacer la paz con sus vecinos mientras aún conserva esas ventajas. "Tarde o temprano, la balanza girará e Israel se hará más vulnerable. Si para entonces no se ha integrado en la región se encontrará ante un peligro mortal", dice Dyer, un periodista que perdió su columna en varios diarios canadienses por presiones del lobby judío al hacer estas consideraciones.

Para Israel no hay mejor política de seguridad que renunciar a la crueldad, los territorios ocupados y regresar a las fronteras de 1967. Para la Unión Europea y Estados Unidos no hay mejor política antiterrorista que presionar en esa dirección. Esta masacre es un crimen contra el pueblo palestino, un crimen contra el derecho internacional y los valores universales, pero también es un crimen contra el propio estado de Israel.

 

La racionalidad de Don Quijote

No señores, la pregunta no es por qué en España no apoyamos hoy los desmanes de Israel. No los apoyamos a la vez por elemental sentido de la justicia y por realismo político. Con todos sus defectos este era el país de Don Quijote, un pueblo al que ofendía la injusticia del matón y el abuso sobre el débil e indefenso. Ahora hay que ser "realistas", nos dicen quienes censuran a Zapatero por haber sido el europeo más estridente en su pasividad. Piden una pasividad más "equidistante" con la media europea. Ya perdimos la sintonía con Estados Unidos por la guerra de Irak, ahora, dicen, perdemos, "la triangulación Madrid-Jerusalén-Washington". Nadie define las virtudes de ese geométrico concepto por la sencilla razón de que es una completa nulidad.

El primitivo pueblo español, en su mayoría, no entiende la "realpolitik", dicen, cuando lo que ocurre es que la está practicando con su protesta, como hizo con Irak. Lo que la gente normal entiende, a veces pese a los medios de comunicación, es que la matanza de civiles, la destrucción de templos, escuelas, el maltrato de la ONU y de la Cruz Roja, es motivo para llamar a un país al orden. Por querer estar con los que mandan, ¿vamos a vender el alma? ¿Renunciar no sólo al Quijote sino también a la inteligencia y al realismo? Entonces dejemos que maten al concejal Miguel Ángel Blanco sin protestar y perdonemos a Aznar habernos mentido con los atentados de Madrid, y, ¿por qué no?, trafiquemos con droga a la puerta de los colegios.

rapofe@hotmail.com

 

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