Rafael Poch - Un ferrocarril de ida y vuelta

 

La Vanguardia, 9 de julio de 2006

 

El convoy del nuevo ferrocarril preparado para su salida en la Golmud Station de Qinghai

El estreno del ferrocarril del techo del mundo, que pone Pekín a 48 horas de Lhasa, ha dado lugar a todo tipo de pronósticos catastrofistas. Desde el impacto medioambiental, hasta la "recolonización" del Tíbet, en el 90% de los informes occidentales sobre esta singular obra pública china, todo parecen ser consecuencias negativas. Hay que decir, en primer lugar, que no faltan motivos para el pesimismo.

En Tíbet, la modernización y el desarrollismo chinos han hecho estragos que se suman a los desastres de la invasión y de la Revolución Cultural, con la destrucción de la mayoría de los templos budistas, las matanzas y la dura represión de aquella época. Como explica el escritor indio Pankaj Mishra, la religión es ahora "un producto tibetano que los chinos han descubierto que puede ser empaquetado y vendido a los turistas". Sobre las ruinas de monasterios y templos destruidos, un régimen orientado al beneficio, y todavía represivo, está construyendo "una Disneylandia de la cultura tibetana", dice.

Es legítimo evocar el precedente de Kashgar, la extraordinaria ciudad islámica del Xinjiang, extraordinario museo a cielo abierto de la ruta de la seda. Desde que el ferrocarril llegó allá, en 1989, el ritmo de la destrucción de la vida tradicional se aceleró. La ciudad moderna china, con su Internet, sus burdeles, sus eficientes servicios y sus restaurantes, aplasta como una apisonadora la tradición islámica local.

 

La nueva terminal de la estación de tren en Lhasa

 

En Lhasa, una ciudad de apenas 300.000 habitantes, los chinos Han son mayoría. Se espera que el ferrocarril del Tíbet transporte a unos 3.000 pasajeros varias veces por semana, unos 800.000 al año, según otra estimación. El aumento del turismo y de la emigración acelerarán, sin duda, muchos procesos destructivos. En el centro de ellos, la propia modernización china.

Tíbet ha sido la región que más inversión del Estado ha registrado. Es una región muy pobre y los planificadores chinos quieren acabar con esa lacra. De esa forma, piensan, los problemas nacionalistas se disolverán en un nuevo marco mucho más relajado. El problema es que, pese a la buena voluntad, el desarrollismo chino ha incrementado la marginación de los tibetanos en la economía local. La inversión se ha utilizado en construcciones suntuosas, infraestructuras, carreteras, telecomunicaciones y expansión de la administración pública, con muy pocas conexiones con el ciudadano de a pie. El grueso del esfuerzo se ha concentrado en ciudades y asfalto, pese a que el 80% de la población tibetana es rural. Las inversiones urbanas y el desarrollo de los servicios exigen mano de obra con cierta formación, y allí, independientemente de la buena voluntad de los planificadores, los chinos Han siempre tienen ventaja sobre los tibetanos, que aún son analfabetos por encima del 40% y no pueden competir con los emigrantes de Sichuan. El resultado es que, desde el punto de vista de la integración de Tíbet en China y de la disminución de los recelos étnicos, esas inversiones no son muy productivas.

"La combinación de fe religiosa, identidad étnica y desventajas sociales y económicas, reales o imaginarias, ofrece terreno abonado para el nacionalismo", dice Tsering Shakya, principal historiador del Tíbet moderno. "Pese a las mejoras económicas de la última década, los tibetanos se ven marginados en la actual China", afirma.

Más que consecuencia de un plan perverso, todo esto se parece mucho más al problema general del desarrollismo en el conjunto de China y que la población china sufre exactamente igual que la tibetana.

En el Tíbet, "el Estado debe invertir más en la gente, especialmente en asistencia social básica, como educación y sanidad, y menos en grandezas", considera Martin Fisher, del Instituto Nórdico de Estudios asiáticos. El mismo diagnóstico es válido para toda China, y el gobierno chino comienza a hacer suya esa reflexión.

 

Un operario revisa la vía, con las montañas Tanggula al fondo, en Tíbet

 

La pregunta de fondo que plantea el ferrocarril es cómo deben modernizarse los pueblos y culturas con tradición tan antigua, sin perder el alma, sin dejar de ser ellos. Es una pregunta que ninguna ideología occidental, desde el colonialismo, hasta el comunismo o la globalización, ha resuelto de manera satisfactoria. China ha sufrido esas tres ideologías de forma encadenada y se encuentra inmersa en esa pregunta, igual que Tíbet. Es aquí donde es preciso recordar una banalidad: ese ferrocarril no va sólo de Pekín a Lhasa, sino también de Lhasa a Pekín; es de ida y vuelta. Y la China de hoy no es la de la invasión de los años cincuenta ni la de la Revolución Cultural. Es un país metido en una espiral de cambio sin precedentes.

En las grandes ciudades chinas se encuentran jóvenes admiradores de la cultura tibetana, que no son muy diferentes a los de Londres, París, Nueva York o Barcelona. Entre los intelectuales se detecta una nueva mirada a la cultura de las minorías. En China, donde el budismo fue, históricamente, la única ideología extranjera que no sólo arraigó, sino que se hizo parte integral del sistema religioso-institucional, se vive actualmente un verdadero renacer budista. Su contexto es una búsqueda tradicionalista de alternativas para hacer frente a la "crisis de valores". El discurso de las autoridades está en esa onda. La primera Conferencia Internacional Budista desde 1949 se ha celebrado este abril en Hangzhou bajo el lema "Un mundo armonioso comienza en la mente". Así, la utopía de que la cultura religiosa tibetana contribuya al cambio de China no puede despreciarse, porque ya es una realidad.

El Dalai Lama, líder espiritual de la comunidad tibetana en el exilio, cifra gran parte de sus esperanzas en el actual diálogo con China en estos aspectos. "El marxismo tuvo éxito durante dos décadas, ahora la ideología del mercado del capitalismo está fracasando en la construcción de una sociedad con valores y destruye fácilmente el patrimonio cultural", declaró en marzo del año pasado a un diario de Hong Kong. "El Partido Comunista Chino siente que la gente debe tener dinero, pero aprende de Estados Unidos y Europa que el ser humano no se realiza únicamente con dinero: China es una gran nación que está buscando una nueva espiritualidad y el budismo tibetano es parte de nuestra cultura común". El nuevo ferrocarril, tan importante para el comercio, ¿contribuirá a la exportación de valores?

 

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