Rafael Poch - Turkestán

 

La Vanguardia, 1 de octubre de 2004

 

El principal problema nacional de la China de hoy no está en el Tibet, como muchas veces se piensa en Occidente, sino en el Xinjiang, la gran región autónoma del extremo noroccidental del país. La región pertenece cultural e históricamente al Turkestán, la gran zona de Asia Central poblada por pueblos túrquicos de tradición mayormente islámica que en los últimos siglos ha estado dominada por los imperios ruso y chino. En Xinjiang, el Turkestán chino, viven los uigures.

Los uigures aparecieron como nación a principios del sigloVII como una unión de diferentes grupos étnicos y tribales pastoriles que se sedentarizaron. A lo largo de los siglos recibieron y filtraron muchas influencias culturales y religiosas; desde el budismo hasta el cristianismo nestoriano, pasando por el maniqueísmo, el zoroastrismo, el taoismo, el confucionismo y el animismo, pero fue el Islam, a partir de finales del siglo X, el que prendió con más fuerza entre ellos y ha sobrevivido hasta hoy con gran vigor. Durante casi diez siglos, la lengua túrquica uigur y su escritura fueron "lingua franca" en Asia Central, y los mongoles recibieron de los uigures el alfabeto y la experiencia para crear un estado en la época de Chingiz Jan.

Hoy, si se divide las 55 minorías étnicas oficialmente reconocidas en China en dos grupos, según su mayor o menor nivel de parentesco y afinidad con la mayoría Han, los uigures son la mayor minoría (8,5 millones) del grupo de los más diferentes a los Han en cultura e idiosincrasia. Es el único pueblo túrquico que utiliza el alfabeto árabe y ha demostrado un fuerte apego a su tradición y una gran resistencia a la asimilación.

El Turkestán chino mantiene frontera con siete países: Mongolia, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán, Tadjikistán, Afganistán, Pakistán e India. Es una zona inmensa, rica en reservas de gas, petróleo y minerales, de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, equivalente a más de tres veces la Península Ibérica, y que representa la sexta parte de la superficie total de China. Xinjiang es un territorio desértico en un 50%, donde China tiene su polígono de pruebas nucleares (Lop Nor) en el que ha detonado más de cuarenta bombas atómicas.

La llegada de Estados Unidos a esta gran región de Eurasia, como consecuencia del fin de la URSS, ha convertido el Turkestán en escenario de un nuevo "gran juego", determinado por la abundancia de materias primas y la ambición por controlarla.

La ortodoxia de la publicística y de los estudios universitarios occidentales sugiere claramente que el dominio chino de esta región, como el del Tibet, es, fundamentalmente, ilegítimo. Por ejemplo: "La historia no apoya la reivindicación china de esta remota región", es la frase que abre el artículo sobre Xinjiang en el volumen "Modern China" de Penguin Books.

Como en el caso de la costa báltica en la URSS, la demostración consiste en enfatizar los periodos de independencia o no pertenencia a China de esos territorios en el siglo XX, y minimizar o silenciar los vínculos. De parte china, trátese de Xinjiang o de Tibet, se practica el mismo ejercicio pero a la inversa; recordando vínculos ancestrales.

Al margen de ambas posturas, la realidad es que históricamente Xinjiang es un territorio fronterizo que mantuvo siempre fuertes contactos e intercambios con China, y que ésta dominó cuando era fuerte y cedió cuando era débil. Actualmente China es fuerte y su dominio en Xinjiang se está fortaleciendo.

 

El nieto del Jan

Fue en mayo de 1989. Había llegado a Alma Atá tras una visita a la frontera chino-soviética. El Ministerio de exteriores soviético la había organizado para mostrar las primeras consecuencias prácticas de la normalización de relaciones con China, que iba a ser rubricada poco después por la visita de Gorbachov a Pekín. La URSS había comenzado a retirar de allí gran parte de las 44 divisiones que había llegado a tener desplegadas desde los años setenta, 13 más que en el frente europeo. Se acababa de abrir el tráfico fronterizo.

En Alma Atá aún tenía frescas en la retina las imágenes del viaje. Aquellas interminables carreteras de la estepa kazaja, flanqueadas por cordilleras nevadas entre las que transcurría el amplio pasillo natural de Dyungaria, tenían algo de extraño. Su pavimento era deficiente, pero, de vez en cuando, había tramos no sólo de firme perfecto, sino de una anchura inusual. Los dos carriles se ensanchaban hasta cinco o seis durante varios kilómetros, sin aparente motivo.

En caso de tercera guerra mundial, por esas carreteras no sólo debían rodar las divisiones acorazadas hacia el valle del Ili o la capital de la provincia china de Xinjiang, Urumchi, sino que también debían permitir el aterrizaje de los grandes bombarderos y aviones de transporte militar, me dijo entre susurros un oficial. En 1989, aquella época de obsesiva militarización se acababa.

Por aquel entonces, en Kazajstán vivían casi un millón de alemanes soviéticos. En el siglo XVIII, con la emperatriz Catalina II, decenas de miles de campesinos de Suabia y otras regiones alemanas habían colonizado la región del Volga, y durante la segunda guerra mundial, Stalin los había deportado a Kazajstán. Casi cincuenta años después, los alemanes de Kazajstán formaban una comunidad bastante cerrada y endogámica, que contaba con sus propias escuelas y había preservado su lengua. En Alma Atá me topé con un taxista, rubio y de ojos azules llamado Karl, que hablaba alemán con fuerte acento "schwäbisch". Le expliqué que en la frontera había asistido al paso de los primeros autobuses chinos, cargados de uigures, autorizados a entrar en la URSS.

Desde el siglo XIX, la cuestión nacional uigur había sido una de las monedas de cambio de Rusia en su tira y afloja fronterizo con China. Cuanto mayor era el interés de Rusia por territorios bajo control chino en el Turkestán Oriental, o cuanto peor era la relación con Pekín, mayor había sido su amparo hacia el irredentismo uigur. Los vaivenes de las relaciones chino-soviéticas, las guerras y levantamientos uigures de los años cuarenta, así como los sufrimientos y persecuciones a las minorías en la China del "Gran Salto Adelante" y de la "Revolución Cultural", se habían traducido en diversas oleadas de refugiados uigures hacia Kazajstán. En Alma Atá había una comunidad uigur y Karl me habló de un buen amigo suyo, Azat, que era uno de sus líderes. Expresado mi interés por conocerlo, quedamos aquella misma noche. Fue así como conocí al nieto de Yaqub Beq, caudillo del efímero janato uigur de Kashgar.

Azat Yakumbek era un hombre de mediana estatura, robusto, casi calvo y de ojos rasgados, de unos treinta años pero que aparentaba quince o veinte más. Tenía una sonrisa bondadosa y un fino sentido del humor. Vivía muy pobremente en una barraca de un barrio del extrarradio en el que una fábrica de asfalto disparaba los índices de mortalidad infantil. El techo de su vivienda era de uralita, carecía de agua corriente y se calentaba con una estufa de carbón. Azat estaba casado con una bella y hacendosa uzbeca que le había dado dos hijos preciosos, y que daba la sensación de que era el puntal material de la familia.

Yaqub Beq (1820-1877), el abuelo de Azat, había sido un aventurero de Kokand, en la región de Ferganá, actual Uzbekistán, capital de uno de los tres janatos existentes en el Turkestán occidental, antes de su anexión al Imperio ruso. Tras combatir allí sin éxito a los rusos, se trasladó al Turkestán chino, donde logró crear el janato de Kashgar en 1867 y proclamarlo independiente de la China manchú durante diez años, aprovechando la ayuda británica que, en el marco del "gran juego", recelaba del avance del imperio ruso en Asia Central como potencial amenaza a India. La autoridad de Yaqub Beq fue cruel y sangrienta, señalaban las crónicas.

"Los rebeldes no se contentan con aniquilar a los odiados funcionarios chinos, sino que, excitados por sus mullahs, se entregan a la masacre de la pacífica población china", escribió Vasili Vereshagin, un artista ruso que visitó la región aquellos años. El janato de Yaqub Beq concluyó en 1877, cuando un ejército chino reconquistó Kashgar y el Jan murió, al parecer envenenado.

En Alma Atá la comunidad uigur vivía en condiciones de exilio. Procedía de diversas olas de emigración, pero todos tenían en común una marcada hostilidad hacia China. Por su respetado linaje, Azat se había convertido en un personaje central de la comunidad uigur de Kazajstán, formada por unas 250.000 personas. A finales de los ochenta la comunidad estaba negociando la apertura de un "centro cultural" de la nación en Alma Atá y todos los uigures le traían a Azat las piezas de arte uigur de sus familias que consideraban de valor para crear el fondo del futuro museo del centro. El resultado era que la barraca contenía un verdadero tesoro. Alfombras antiguas, joyas, tejidos de la seda más fina, ajuares ancestrales y manuscritos, representativos de diferentes etapas de la cultura uigur, se amontonaban en los arcones y rincones de aquel humilde habitáculo de las afueras de la ciudad. Aquella especie de Diógenes guardián del tesoro de la nación exiliada, me mostraba la joyas de la colección, poniéndoselas a su hermosa mujer mientras bromeaba con ella recordándole el buen negocio que había hecho al casarse, indiferentes ambos a su valor material. Su relato de aquella noche me resumió el devenir de la nación durante las duras décadas anteriores.

"Hasta el 56 las cosas fueron más o menos bien allá, pero a principios de los sesenta comenzaron a fusilar a gente", resumió aquella noche una contertulia, también refugiada, que había dejado tres hermanos al otro lado de la frontera, y que entonces se disponía a cruzarla por vez primera en más de veinte años.

Como consecuencia del hambre y las persecuciones, en 1962 más de 80.000 personas, la mayor parte de ellas uigures o kazajas, habían huido de China para refugiarse en Kazajstán. Repetían la historia escrita un siglo antes por 50.000 familias uigures que huyeron del imperio chino después de que el ejército manchú aplastara el janato de Yaqub Beq. Aquella oleada del XIX fue la que fundó la ciudad de Dyarkent, junto a la frontera china del actual Kazajstán, que cuenta con una extraordinaria mezquita uigur con aspecto de pagoda. En 1942, la ciudad se rebautizó Panfilov, en honor del General soviético Iván Panfilov, muerto al mando de su división en la épica defensa de Moscú del invierno de 1941. La capital rusa había sido salvada aquel invierno por tropas siberianas y kazajas, así que el cambio de nombre de la ciudad no era exactamente un capricho imperial.

En 1962 se enredaba la maraña de la ruptura chino-soviética, complicada por la polémica sobre transferencia de tecnología nuclear militar y por el pleito fronterizo chino-indio, que degeneró en guerra en el Himalaya. En octubre de 1961, los ataques contra Stalin de Jrushov, que dañaban indirectamente el caudillismo imperial de Mao, y el pleito con Albania, habían provocado el airado abandono de Zhu Enlai de la sesión del XXII Congreso del PCUS en Moscú. En Xinjiang había indicios de agitación soviética entre las minorías. En los tres distritos del norte con centro en Kuldjá, zona de tradicional influencia ruso-soviética, funcionaba un partido panturquista uigur de inspiración marxista bendecido por la URSS, de la que se esperaba ayuda para crear en territorio chino una "República del Turkestán Oriental": el Partido Popular del Turkestán Oriental (Sharki Turkistan Halk Partisi) STHP. Agentes soviéticos capitalizaban el descontento uigur, por el hambre y las estrecheces del Gran salto Adelante, "extendiendo el rumor de que al otro lado de la frontera la miel y la leche fluían por la calle", explicaba Azat.

Todo eso revivía entre los dirigentes chinos los fantasmas de la ocupación militar rusa del norte del Xinjiang de 1871 y del patronazgo soviético de la "República del Turkestán Oriental" proclamada, una vez más, por los uigures entre 1944 y 1949 en aquellos mismos distritos del norte de Xinjiang aprovechando el caos de la guerra civil china.

El 29 de marzo de 1962, decenas de miles de uigures se concentraron ante el ayuntamiento de Kuldjá (Yining, en su nombre chino) pidiendo alimentos. Las tropas chinas dispararon, dejando centenares de cadáveres, y en los siguientes tres días decenas de miles de uigures atravesaron la frontera hacia la URSS como un río incontenible. Murzat Yakumbek, el padre de Azat, fue detenido en calidad de hijo de una figura nacional antichina, junto con muchos representantes de la "inteligentsia" uigur. Creyéndolo muerto y haciéndose pasar por kazajos, Azat y su madre atravesaron aquel mes la frontera, que poco después fue sellada militarmente.

"Creíamos que en la URSS había prosperidad, y cuando llegamos aquí, hasta el pan estaba racionado", recordaba Azat.

Años después vino la Revolución Cultural. En Xinjiang había comenzado como una guerra civil entre facciones chinas Han, pero se acabó volviendo también contra las minorías étnicas locales. Muchas mezquitas fueron cerradas o destruidas y algunos de sus clérigos obligados a trabajar en granjas de cerdos.

Durante todos aquellos años las comunicaciones de Azat con su ciudad habían sido esporádicas, muchas veces a través de gente que cruzaba la frontera clandestinamente. Así, madre e hijo supieron años después que Murzat estaba vivo en un "campo de reeducación", recibieron algunas fotografías y, mas tarde, la noticia de su puesta en libertad. En 1989, durante nuestra conversación, la gradual apertura fronteriza abría la posibilidad de que Azat volviera a ver a su padre en una visita a Kuldjá desde Kajazstán, pero el viaje era más complicado de lo que parecía a primera vista.

Para recorrer en autobús los 80 kilómetros de distancia entre Panfilov-Dyarkent y Kuldjá-Yining, era necesario volar previamente 3.500 kilómetros hasta Moscú para hacer cola en la embajada china, única autorizada para expedir el visado de entrada. Tanto aquel viaje como el billete de autobús a Kuldjá se pagaban en dólares y viajar en coche particular no estaba permitido. "Poco a poco, todo se irá solucionando", me dijo en 1989 el jefe del partido en Panfilov, un uigur de 42 años de aspecto diligente y responsable, llamado Husein Ilianov. Aquel año el muro no sólo caía en Berlín.

 

Una década muy complicada

Si el final de los ochenta fue época de desmilitarización, esperanza y apertura, el deshielo interior provocado por la "perestroika" produjo también caos e inestabilidad y convirtió en muy complicados los años noventa en Asia central. En la parte soviética del Turkestán, las elites gobernantes de esas repúblicas eran las menos preparadas para asumir las consecuencias del derribo que les venía impuesto desde Moscú.

La perspectiva de independencia y nuevo nacionalismo que abría la desintegración del Partido Comunista Soviético (PCUS) y de la URSS funcionaba particularmente mal en Asia Central. Todas las repúblicas tenían allí una gran dependencia del comercio interior soviético -que se hundió-, contaban con una gran población joven y altos índices de desempleo, y las elites políticas tenían grandes dificultades en cambiarse el traje soviético, con el que se sentían bastante confortables, e inventar un nuevo discurso, nacionalista, laico y patriarcal, que eludiese el tradicionalismo islámico.

Con un centenar de nacionalidades y una gran población eslava que superaba a la autóctona, Kajazstán era una especie de réplica de la URSS particularmente incómoda por la independencia caída del cielo, pero fue en Tadjiskistán donde se dio la situación más dramática. El vacío de poder dejado por la disolución de la URSS rompió los equilibrios entre los grupos dirigentes y dio lugar a una sangrienta guerra civil entre clanes regionales, después de que los dirigentes excomunistas se vieran forzados a compartir el poder con fuerzas alternativas que se reclamaban del tradicionalismo islámico.

En Uzbekistán, el principal estado de la región, el tradicionalismo islámico surgió con particular vigor en la región del antiguo janato de Kokand, patria de Yaqub Beq, el valle de Ferganá.

A finales de los ochenta, el valle presentaba la mayor densidad de población de la URSS, enormes tasas de desempleo y padecía una manifiesta escasez de tierra cultivable. Grupos de gente vestida de negro, con barba, tomaban las mezquitas y cuando los clérigos del Islam oficial iniciaban la prédica, les interrumpían y les acusaban de ser agentes del KGB.

En aquellos tiempos, cada candidato al puesto de imán de una mezquita era consensuado entre la autoridad religiosa (que era un departamento del Estado) y el KGB, por lo que la acusación tenía cierto fundamento. El resultado era una religión sin alma.

"Los clérigos actuaban de forma algo alegre, recibían regalos en las bodas, tenían coche (un lujo), buenas casas, casaban bien a sus hijos y a veces hasta bebían alcohol", recordaba en otoño del 2001 un alto funcionario uzbeco.

En ese contexto de religión sin alma, vacío ideológico e inseguridad de las autoridades (que entendían poco lo que pasaba en Moscú), en Ferganá surgió una ideología alternativa y nuevas organizaciones como "Tovba" (Caridad), "Adolat" (Justicia) e "Islom Lashkarlari" (Guerreros del Islam), que actuaban contra la delincuencia y la corrupción. Típica de aquella época, aún inocente, fue la acción ejemplar contra un policía que cobraba las "mordidas" en el bazar de la ciudad de Namangán: le ataron a un árbol en la puerta del mercado y lo tuvieron un día entero expuesto a las risas de la gente.

Uno de los miembros de "Tovba" era el joven Dyumaboi Jodyiev, nacido en 1969 y oriundo de Namangán. Jodyiev ingresó en ese medio al regresar de la guerra de Afganistán, donde había servido un año en las fuerzas paracaidistas de la URSS. Fue entonces cuando las autoridades uzbecas, preocupadas por la creciente fuerza alternativa de los barbudos, iniciaron una represión despiadada contra ellos.

"En 1991 y 1992, logramos acabar con aquella amenaza", explicaba el funcionario. De esa forma, decía, se cortó por lo sano el escenario abierto en Tadjikistán, donde la guerra civil enfrentó a clanes y regiones, algunos con la bandera del Islam desde 1992 hasta 1998, con el resultado de 50.000 muertos. "Aquí habrían matado a los siete millones de no uzbecos de nuestra república y se habrían impuesto sobre las dos terceras partes de nuestra población que no acepta su orden", decía.

Sus consideraciones tenían fundamento, pero omitían algo. En realidad la ilegalización de 1992 no acabó con el problema y en algunos casos lo agravó. Por ejemplo, la represión, despiadada e indiscriminada, llevó a muchos miembros del partido "Hizb-at-Tajir", también integrista pero no violento, a evolucionar hacia posiciones violentas.

 

El crisol afgano

Muchos uzbecos como Jodyiev huyeron de la represión de los noventa hacia Tadjikistán y se integraron allá en la guerrilla, con santuarios en Afganistán. Conocido por su nombre de guerra, Dyumá Namanganí (el de Namangan), Jodyiev creó en Kabul, en 1995, una guerrilla: el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MUI). Lo hizo en compañía de Tajir Yuldash, nacido en 1968, también en el valle de Ferganá, e ideólogo del grupo.

Pasados por la experiencia guerrillera tadjica, en Afganistán los uzbecos ya estaban instalados en la idea de derrocar por las armas el régimen poscomunista uzbeco del Presidente Islam Karimov. Esa idea sintonizaba y se integraba perfectamente con el proyecto de la internacional guerrillera sunita promocionada, contra la URSS e Irán, por Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán en el Afganistán de los ochenta (el área Ben Laden), y que en los noventa adquirió vida propia y se volvió contra sus creadores.

"La idea era que si caía Uzbekistán, el Estado más fuerte y estable de la región, todo lo demás caería como un castillo de naipes", explicaba el funcionario.

Con esa idea, en 1999 y 2000 el MUI efectuó incursiones guerrilleras en Uzbekistán y Kirguizistán, incluida la espectacular ola de atentados del 16 de febrero de 1999 en Tashkent, la capital uzbeca. En su apogeo, el ejército de Namanganí contaba 3.000 hombres. En sus filas había no solo uzbecos, sino también ciudadanos de todo el Turkestán; kazajos, tadjicos, kirguizes, uigures y hasta algunos chechenos. Su base estaba en una antigua fábrica de algodón de la provincia de Kunduz, del norte de Afganistán.

Tras el 11 de septiembre neoyorkino, cuando Kunduz cayó ante la ofensiva de la "Alianza del Norte" en noviembre del 2001, pude ver muchos prisioneros de aquel ejército del norte de Afganistán. Estaban siendo interrogados por la CIA en la fortaleza de Kalai Jangí, cerca de Mazarí Sharif. Eran unos quinientos. En calidad de "extranjeros", aquellos "internacionalistas de la jihad" habían quedado fuera de las componendas interafganas que rodearon la rendición de Kunduz. Los combatientes paquistaníes habían sido repatriados en avión a Pakistán, y los talibanes locales, simplemente fueron acomodados a la nueva situación, como suele ocurrir en Afganistán. De "Namanganí" se decía que había muerto, pero a su ideólogo, Tajir Yuldash, se le consideraba escapado.

Muchos presos ni siquiera habían sido registrados y llevaban armas y granadas escondidas entre su ropas. Cuando se dieron cuenta de que los entregaban a los americanos -algo no previsto en el pacto de su rendición- se rebelaron, mataron a uno de los interrogadores de la CIA, el oficial John Spann, primera víctima americana en aquella campaña, y consiguieron hacerse fuertes en la fortaleza.

Durante varios días Kalai Jangí fue bombardeada por un solo avión americano con todo tipo de bombas, incendiarias, de fragmentación, "penetradoras"... De aquellos 500 presos sólo sobrevivieron 80. Muchos de ellos estaban gravemente heridos y casi todos hambrientos. Fueron localizados en los recovecos de los sótanos de la fortaleza. Para hacerlos salir se bombeaba gasolina en los sótanos y se les prendía fuego. La mayoría de ellos fueron a parar a Guantánamo.

 

La situación al otro lado

En Xinjiang, la parte china del Turkestán, las repentinas independencias de las repúblicas soviéticas de Asia central, la inseguridad de las autoridades chinas ante el derrumbe del bloque del Este y de la URSS -patente en las vacilaciones y divisiones en el seno del Partido Comunista Chino con ocasión del movimiento de Tiananmen de la primavera de 1989- y la general eclosión del activismo islámico, estimularon el nacionalismo uigur.

La analogía estaba clara y legitimaba el impulso nacionalista uigur; si al otro lado de la frontera, turkmenos, kazajos, uzbecos, kirguizes y tadjicos habían recibido estados independientes, no había razón para que los uigures no hicieran lo propio. Se perdía así de vista un aspecto fundamental.

La URSS había sido un estado federal, compuesto por repúblicas nacionales y en el que los no rusos ya eran mayoría. La República Popular China, aunque reconoció la existencia de naciones -a diferencia de la China nacionalista anterior a 1949- es un estado unitario con tres autonomías nacionales: Xinjiang, Tibet y Mongolia Interior. Si en los años setenta y ochenta, las repúblicas del Asia Central soviética más bien se habían desrusificado y hecho más "nacionales", en Xinjiang había pasado lo contrario; allí lo que había avanzado era la sinificación. Además, la lógica de la lucha interna por el poder en Pekín ni había degenerado hasta los extremos rusos, ni nadie aceptaba el escenario de una ruptura del Estado, como había ocurrido en Moscú. Así que, más allá de la mera inspiración, el desmoronamiento soviético no aportaba gran cosa en la práctica a los uigures.

En los ochenta la ideología sovietizante de los activistas uigures del norte de Xinjiang, la línea del STHP, imperante durante los años de malas relaciones con la URSS, había desaparecido por completo, pero en el sur, la zona uigur más tradicionalista, cobraba fuerza el islamismo revolucionario.

La apertura había permitido no solo un mayor contacto y tráfico de ideas nacionalistas procedentes de la diáspora uigur soviética, sino también de influencias religiosas. El auge comercial con Pakistán a través de la frontera del Karakorum había traído predicadores de ese país y la victoria de la guerrilla islámica contra la URSS en Afganistán estaba cargada de sugerencias.

Aunque la información disponible es menor, el sentido común, y la realidad de los prisioneros uigures de Guantánamo, sugieren que entre los uigures hubo también trayectorias similares a las de los uzbecos Jodyiev y Yuldash. Esta evolución es la que conduce al primero de los dos levantamientos que la región conocería en los noventa.

Se registró en abril de 1990, en el distrito de Akto, unos 30 kilómetros al sur de Kashgar. Un activista llamado Zajidyn Yusuf se levantó allí en armas y proclamó la "guerra santa", hasta que su grupo fue exterminado por el ejército chino, con el balance de varias decenas de muertos. Entre sus eslóganes figuraba una hostilidad al socialismo y la afirmación de que si en el pasado el marxismo había suprimido la religión, había llegado la hora de que la religión suprimiera al marxismo.

El segundo levantamiento fue en Kuldjá (Yining), donde en febrero de 1997 se registraron disturbios masivos, con decenas de muertos y centenares de detenidos. El último caso conocido de un uigur ejecutado por su participación en aquellos disturbios fue el de Sher Alí, en noviembre del 2003. Posteriormente, en junio/julio del 2004, otros tres activistas uigures (Kürban Tudaji, Aihe Maititashi y Luojeman Maimaiti) fueron ejecutados por "preparar explosivos" y "entrenar terroristas".

"Influidas por el extremismo religioso, el separatismo y el terrorismo internacional, en los años noventa, las fuerzas del 'Turkestán Oriental' se volcaron, desde fuera y dentro de China, hacia las actividades separatistas y de sabotaje con la violencia terrorista como principal medio", señala la narración oficial de aquella época expuesta en el "Documento blanco" del gobierno chino sobre Xinjiang, divulgado en mayo del 2003. La acción del proselitismo religioso llevó a las autoridades chinas a cerrar la frontera del Karakorum entre 1992 y 1994. Cuando se volvió a abrir, una redada expulsó de Xinjiang a 450 ciudadanos pakistaníes.

Si muchos fueron los factores internos y externos que complicaron los años noventa, es innegable que, al igual que en Uzbekistán, la represión jugó también un papel en la radicalización del activismo político en Xinjiang.

A partir de 1996, Pekín inició una ofensiva en toda regla contra el separatismo uigur con la campaña "Golpear Duro", cuyos excesos han alimentado los informes de las organizaciones de derechos humanos occidentales desde entonces.

La campaña recogía las enseñanzas de las "debilidades" de los ochenta y se enfocó hacia todos los frentes: represión del nacionalismo (separatismo), puesta en cintura de la religión, depuración de "elementos débiles" en el propio partido y estímulo de la emigración y colonización de chinos Han. La prohibición de las asociaciones locales informales ("meshrep") y la detención de grupos religiosos en Kuldjá, en aplicación práctica de la nueva política, fue lo que desencadenó los disturbios de marzo de 1997 en esa ciudad.

Según Amnesty International, las sucesivas campañas emprendidas a partir de 1996 generalizaron la tortura y la violación de derechos básicos. Sólo entre abril de 1997 y 1999, se registraron, como mínimo, 199 ejecuciones vinculadas a delitos políticos en Xinjiang. Esta represión parece haber alimentado, y posteriormente aplastado, una fuerte respuesta violenta de parte del nacionalismo uigur.

Según otro informe oficial chino, entre 1990 y 2001 varios grupos separatistas uigures fueron responsables de más 200 atentados en Xinjiang, con 162 muertes y 440 heridos.

Paralelamente, en 1996, se creó la Organización de Cooperación de Shanghai, con China, Rusia, Kazajstán, Kirguizstán, Tadjikistán, y, desde 2001, Uzbekistán, en cuyo seno las cuestiones de seguridad regional y antiterrorismo se fueron haciendo cada vez más notorias.

Después del 11 de septiembre del 2001, todo eso recibió la "bendición global" del nuevo discurso imperial de Washington. Como tantos otros países, China intentó aprovechar al máximo la nueva situación para recibir contrapartidas en su propia política en Xinjiang. En su balance del año 2001 sobre el terrorismo uigur, Pekín insistió en que los autores de las violencias y atentados registrados en Xinjiang en los noventa habían sido unos cien activistas entrenados por la red de Ben Laden en Afganistán. Probablemente esa conexión se exageró, pero la experiencia sugiere que puede tener algún fundamento.

Mas allá de los beneficios desprendidos de la concentración de Washington en "desafíos" ajenos (hay que recordar que hasta el 2001, China figuraba en los documentos de la administración Clinton y Bush como el "próximo enemigo"), los resultados fueron ambiguos.

Las autoridades chinas reclamaron inmediatamente la extradición de los presos de Kunduz y de otros capturados en otros lugares a lo largo de la campaña afgana. El General Francis Taylor, un enviado especial americano para cuestiones antiterroristas, se negó a precisar cuantos uigures habían sido apresados pero declaró que Estados Unidos no extraditaría a los chinos, "porque no son considerados terroristas".

La sospecha, y la experiencia de medio siglo de política americana fomentando el terrorismo en diversas partes del mundo, es que no todos los que ponen bombas y cometen atentados son terroristas. Si el objetivo de tal actividad es un país considerado rival o demasiado autónomo en su comportamiento, como es el caso de China o Rusia, puede hablarse de "liberación nacional", o incluso de "luchadores por la libertad", el nombre que Ben Laden, Gulbudin Hekmatyar, la mafia cubana de Miami, o la "contra" nicaragüense recibieron en Washington en diferentes épocas. Como es obvio, todo depende de los intereses del momento y del estado de las relaciones.

"Estados Unidos no ha designado ni considera terrorista a la Organización del Turkestán Oriental", declaró Taylor en una conferencia de prensa celebrada aquel año en Pakistán. "Hemos discutido con los chinos el hecho de que, aunque esa gente haya estado efectivamente envuelta en actividades terroristas en Afganistán, los legítimos asuntos económicos y sociales que enfrentan a la gente en el noroeste de China, no son necesariamente asuntos de antiterrorismo", dijo el general. Un año después, en agosto de 2002, China recibió el premio de ver incluida la organización de Hasan Majsum, el "Movimiento Islámico del Turkestán Oriental" en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado, pero hoy, tres años después, Pekín todavía está negociando con Washington la extradición de los 22 activistas uigures capturados en Afganistán y aún recluidos entre los 600 presos de Guantánamo. La última declaración de Colin Powell (agosto del 2004) ha dejado claro que no habrá extradiciones.

La actitud general viene también definida por el hecho de que los aparatos de la propaganda de la guerra fría siguen trabajando a fondo en el frente chino y apuntando directamente a la política de nacionalidades china. "Radio Free Asia" tiene emisiones en uigur y tres dialectos tibetanos, además de mandarín, cantonés y dialecto Wu, y organizaciones vinculadas a la CIA, como el "National Endowment for Democracy", subvencionan el activismo uigur. La "Uighur American Association" acaba de abrir una nueva oficina en Washington, cerca de la Casa Blanca, gracias a este tipo de subvenciones.

Muy dividido, el exilio uigur de 13 países anunció, en un congreso realizado en Munich en abril del 2004, la creación de una organización unitaria; el Congreso Mundial Uigur (CMU). Como presidente fue elegido un veterano propagandista de otro aparato de la CIA, "Radio Liberty", nacionalizado alemán; Erkin Alptekin. De 65 años de edad, laico, huido de China con su familia cuando era niño, Alptekin dice condenar la violencia y pregonar, como el Dalai Lama, no la independencia sino una amplia autonomía. El primer viaje de Alptekin como presidente del CMU fue a Estados Unidos en mayo/junio del 2004, donde fue recibido por varios influyentes congresistas para irritación de China.

 

Más presión para la diáspora

Aunque la pujanza china es vista con cierto recelo en las antiguas repúblicas centroasiáticas de la ex URSS, la influencia y los intereses –particularmente energéticos- de Pekín han crecido manifiestamente y repercuten en la actitud de los gobiernos de la región. Kirguizistán ha extraditado a China a varios activistas uigures que fueron ejecutados al llegar a destino. Las organizaciones de derechos humanos citan cuatro casos. En el 2002 Tursum Islam, un activista vinculado a la minoría uigur, recibió llamadas amenazantes en su domicilio de la capital kirguiz, Bishqeq, después de que publicara en un diario kirguiz un informe sobre la situación de los derechos humanos en Xinjiang.

A partir de 1995, Kazajstán prohibió las actividades de las organizaciones políticas uigures en su territorio. Actualmente, Kazajstán no acepta refugiados de Xinjiang por presiones chinas, aunque sí ha aceptado algunos de Afganistán. El diario "Kazajskaya Pravda" publicó el pasado abril lo que parecía un artículo encargado por los servicios secretos chinos denigrando a los emigrados uigures. Se titulaba, "Los kazajos se enfrentan a una amenaza oculta" y los presentaba como perezosos y peligrosos radicales con conexiones con el terrorismo. En Kazajstán viven 220.000 uigures, la mayor comunidad fuera de Xinjiang.

En todas las repúblicas ha aumentado el control, tanto de la comunidad uigur autóctona como de los visitantes y comerciantes uigures que vienen de Xinjiang. En Kirguizistán, cuya comunidad uigur se estima entre 50.000 y 100.000 almas, la policía extorsiona a los uigures de Xinjiang que vienen a comerciar, amenazándoles con decir a la embajada china que son "separatistas". En Tashkent, la capital uzbeca, no es nada fácil hacer negocios, se quejan en Xinjiang. "Los uigures con pasaporte chino están muy controlados y pueden ser expulsado sin más, solo a la vista de su pasaporte", explica un hombre de negocios en Xinjiang.

Por otro lado, los alegatos chinos sobre violencia armada al otro lado de la frontera no son fantasía. En el 2002, activistas uigures mataron al cónsul chino en Bishqeq, Wang Jianping, y un año después, un autobús cargado de visitantes de Xinjiang, que regresaba a China desde Bishqeq, fue asaltado por un grupo armado en las montañas de Kirguizistán.

"Colocaron una barrera en la calzada, detuvieron el vehículo, robaron a los pasajeros todo el dinero y objetos de valor que llevaban, los hicieron bajar, los fusilaron y luego incendiaron el autobús", explica un vecino de Kashgar que perdió a un pariente en aquel ataque.

Las primeras maniobras militares con tropas de otro país realizadas por el Ejército de Liberación Popular chino se celebraron precisamente en Kirguizistán, en octubre del 2002, con un escenario antiterrorista en la frontera de Xinjiang. Posteriormente, en agosto del 2004, China realizó maniobras militares conjuntas con Pakistán en otra zona de Xinjiang; el distrito de Tashkurgán, junto a la frontera del Karakorum.

Así, en los últimos veinte años, el irredentismo uigur, que nunca gozó de simpatías en occidente comparables a las que recibe Tibet, ha perdido gran parte de sus principales apoyos exteriores. Ya no hay rastro del padrinazgo soviético de los años setenta, ni del relativo amparo que habían brindado hasta principios de los noventa las repúblicas exsoviéticas de Asia Central. La opción islamista radical sigue abierta y parece la única. El jefe del departamento antiterrorista del Ministerio de Seguridad chino, He Ting, declaró tras el atentado de Bishqeq que la lucha contra el separatismo en Xinjiang era "una batalla a largo plazo".

La feroz represión del separatismo practicada por China, frecuentemente metiendo "separatismo, terrorismo y extremismo religioso", en el mismo saco con posiciones nacionalistas y autonomistas completamente legítimas, solo ha sido un vector de la política china de los últimos años en el Xinjiang. El otro ha sido la modernización y el desarrollo, especialmente desde el lanzamiento en el año 2000 de la llamada "Gran estrategia de desarrollo para el oeste", que ha abierto nuevas oportunidades de prosperidad y promoción para una nueva clase media uigur, especialmente en las ciudades, donde se concentra el grueso de la inversión.

Como en el Tibet, las esfuerzos en el campo de la enseñanza para las minorías nacionales y en la integración de cuadros nacionales en el gobierno y la administración (bastante menos en el partido, la instancia más decisiva, que está claramente dominada por los chinos Han) están siendo claros. La combinación de estos dos vectores (represión y modernización), ha sido exitosa desde el punto de vista del objetivo central de las autoridades, es decir; del fortalecimiento del vínculo general de estos territorios problemáticos dentro de la República Popular China. La tendencia de los últimos años es doble; aumento del nivel de vida (Xinjiang se sitúa en el puesto 15 sobre 31 provincias, en términos de renta) y disminución del activismo separatista.

"China está ganando la lucha por mantener a Xinjiang dentro de sus fronteras", constata el profesor australiano Colin Mackerras, un especialista en la región que la ha visitado varias veces en los últimos años.

Ismail Tiwaldi, Presidente del gobierno autónomo de Xinjiang, se jacta de gobernar la provincia "más segura" de China. "El año pasado no hubo ni un solo asesinato político ni explosión en Xinjiang", declaró en Pekín hace unos meses.

Pero que la situación se haya relajado claramente no significa que la región no esté atravesada por fuertes tensiones latentes y problemas de convivencia interétnica muy serios. El periodista que pretenda tomarles la temperatura no puede trabajar allá en condiciones normales. Las preguntas elementales que presentaría a sus interlocutores uigures no pueden ser respondidas por éstos, les causaría un gran embarazo, o serían respondidas repitiendo tópicos oficiales en los que la mayoría no cree. Pero, para darse cuenta de la situación real, sus éxitos, sus tensiones manifiestas o subterráneas, y su perspectiva a largo plazo, basta con observar el país y sus gentes. La conclusión es que, siendo fundamentalmente beneficioso para la estabilidad, el desarrollo no es una receta milagrosa. Y así lo ve el primer secretario del PC en Xinjiang, Wang Lequan. "Existe la creencia", dice este funcionario, "de que la primera prioridad para Xinjiang es el desarrollo de la economía y que, una vez eso se haya alcanzado y el nivel de vida mejore, la estabilidad se alcanzará por sí sola. Eso es erróneo y peligroso. El desarrollo económico no elimina los separatismos y no puede impedir la secesión de la patria ni el independentismo".

 

Una romería en Hotan

Decenas de autobuses con literas, caravanas de coches, centenares de carros tirados por burros y mulos, y familias a pie cargadas con sus provisiones, congestionan la carretera junto al pueblo de Jiya. Como cada mayo, son millares los que, en un ambiente de animada y polvorienta excitación, acuden a la romería islámica más importante del Xinjiang, la visita a la tumba del Imán Asim.

El ambiente es el típico de una romería, pero a nadie se le escapa que la jornada es una manifestación de afirmación nacional. Una gran pancarta escrita en uigur recibe a la marea humana, con la advertencia, blanco sobre rojo y en grandes caracteres, de que "El separatismo es la amenaza a la paz y al desarrollo de Xinjiang".

Hotan es el baluarte del tradicionalismo uigur. Antigua capital de un próspero emirato de la ruta de la seda famoso por su jade, el distrito, de 1,2 millones de habitantes, mantiene la mayor población uigur (95%) de toda la región autónoma. La emigración china Han está muy presente en la ciudad, de 250.000 habitantes, pero el oasis que atraviesan los peregrinos es un museo viviente de cultura campesina tradicional uigur.

Los ríos formados por las nieves derretidas del Kun Lun riegan la región, dando lugar a una maravillosa explosión de vida, en la que la deslumbrante luz del desierto, el verde de los campos de cultivo, el olor de los frutales en flor y el rumor de las aguas en las acequias, aportan imágenes de una antigua felicidad.

En el siglo XI el Imán Asim trajo el Islam a Hotan desde Arabia. La nueva fe se impuso con una guerra que enfrentó al janato de Kashgar con los budistas de Hotan. El mausoleo se encuentra a unos 20 kilómetros de la ciudad, justo en el punto donde concluye el verdor y empieza el desierto.

La romería mezcla feria, rezo, espectáculos, cánticos piadosos y competiciones de "chelishish", la lucha tradicional. Una legión de mendigos, embaucadores y músicos místicos acompaña a la marea de peregrinos, llegados en grupos, por cofradías y pueblos, con niños y mujeres, con la intención de pasar la noche durmiendo al raso.

Entre el olor a cordero asado se percibe también cierta tensión, quizá por el control que policías uigures de paisano ejercen, vigilando discretamente los discursos de los predicadores, el mensaje de los cantantes y la presencia del único extranjero.

El Islam es aquí algo teóricamente aceptado y protegido, pero intrínsecamente sospechoso. Su vínculo con la tradición local, tan diferente de la tradición china Han, laica y ecléctica, y su condición de ideología potencialmente alternativa a la del Partido Comunista, es la razón de la animadversión oficial hacia la religión. Los intentos de encauzarla con una "política de religión" recuerdan a situaciones ya ensayadas, con éxito desigual, en el Asia Central soviética.

En condiciones normales, la gente convive y acepta el tutelaje de una administración atea y culturalmente ajena sobre la religión, pero el ambiente de la romería, festivo, piadoso y eléctrico, a la vez, sugiere que las tensiones están a flor de piel.

La práctica de la religión es un inconveniente para la promoción profesional en Xinjiang y los jóvenes de menos de 18 años tienen prohibida la entrada en las mezquitas, una norma que se hace cumplir y que genera resentimiento. La justificación oficial es que a esa edad los jóvenes "deben estudiar y no rezar".

En la sede de una antigua escuela coránica de Kashgar, en plena ciudad vieja, Abdul Hadji, un empleado de correos, se encoge de hombros al comentar esa prohibición, como advirtiendo de que no hay que exagerar su importancia. "Si enseñamos a rezar a los niños en casa, ¿quién nos lo va a impedir"?, dice.

El lugar alberga hoy una "Escuela del partido", que parece puesta precisamente allí por razones "educativas". Unas cuantas veces al año se celebran en esa escuela reuniones, "con discursos de los que nadie hace caso", explican los vecinos. El texto de la gran pancarta roja en caracteres chinos que preside la sala de reuniones resume la utopía oficial; "Fomentar el amor al país como religión". Es decir, en lugar de religión, patriotismo chino.

Para que funcione el equilibrio entre el deseo oficial y el sentir real e íntimo de la gente, mucho depende de la mesura de las autoridades. Forzar las cosas en materia de religión es algo que subleva y concluye en la creación de estructuras religiosas alternativas, cuyo rastro es muy difícil seguir en Xinjiang.

Según el vicepresidente de la oficial "Asociación islámica de China", Haji Shamsudin, en Xinjiang hay algunas "seudomezquitas" cuyo objetivo real es "preparar terroristas y sembrar la discordia interétnica". "La firme y resuelta represión del gobierno chino de esos actos ilegales ha garantizado la seguridad y contribuido a la campaña antiterrorista global", dice.

En julio de 1995 la detención de varios imanes populares de Hotan dió lugar a protestas, pero el perfil del último incidente "separatista" conocido en Hotan (la detención de un tal Abudujelili Kalakash que, según las autoridades chinas, confesó haber recibido un escáner, una cámara de video y 3.000 euros para recoger información y realizar atentados), sugiere que el activismo está de capa caída y ha remitido en los últimos años.

Según Mackerras, muchos uigures consideran la actual autonomía completamente falsa, pero estarían dispuestos a seguir en China si la autonomía fuera más real. Otros, por el contrario aspiran a disponer de un estado propio y están profundamente resentidos del dominio chino. Pero la idea de que cualquier resistencia sólo empeorará las cosas, es, seguramente, el sentir más extendido entre unos y otros.

 

Una pacífica segregación

Independientemente de que estén de acuerdo con su actual estatuto político dentro de China, de que rechacen la violencia y el extremismo o de que no vean en el tradicionalismo religioso una perspectiva de modernización y futuro, hay algo que una gran mayoría de uigures ve con malos ojos: el continuo flujo de población china Han a Xinjiang.

Entre 1949 y la actualidad, los chinos Han han pasado de representar el 6,7% de la población al 40%, es decir más de 7 millones de los 18,5 millones de habitantes de Xinjiang. Inicialmente promocionada por el Estado, como parte del esfuerzo de cohesión nacional y defensa de las frágiles fronteras de la nueva república, hoy la emigración es un asunto fundamentalmente espontáneo, pero que sirve al mismo propósito homogenizador de la población, con el cálculo a largo plazo de una disolución de las diferencias étnico-nacionales. Aunque la política de planificación familiar permita a los uigures tener dos hijos y a los Han uno, la dinámica de la emigración anuncia que en los próximos años los uigures (hoy 45% de la población) dejarán de ser mayoritarios en la región autónoma que lleva su nombre. La evidencia de este proceso alimenta la principal tensión latente entre los uigures de Xinjiang, y así se ha expresado en todas las manifestaciones y protestas registradas en la región desde los ochenta.

En las repúblicas centroasiáticas de la URSS, los rusos no dominaban; el 37% en Kazajstán, 21% en Kirguizstán, 9% en Turkmenistán, 8% en Uzbekistán y 7% en Tadyikistán, según el último censo soviético, de 1989. La nación "titular" de la república (la que le daba nombre) representaba el 71% en Turkmenistán, el 62% en Tadyikistán, el 52% en Kirguizistán, el 71% en Uzbekistán y el 39% en Kazajstán, y la tendencia demográfica iba claramente a favor de todas ellas y en contra de los europeos representantes de la nación imperial. En todas las repúblicas había un fluido bilingüismo, aunque los europeos no solían hablar las lenguas autóctonas, casi todos los autóctonos entendían y hablaban el ruso correctamente, con la excepción de las zonas montañas más remotas, casi siempre en Tadyikistán... Tradicionalmente rechazados por el Islam (aunque no de forma tan radical como en el judaísmo) a menos que el cónyuge se convirtiera, los matrimonios mixtos eran frecuentes en el medio urbano y la tendencia iba en aumento.

En el Asia Central soviética los índices de matrimonios mixtos iban del 17% al 23% en las ciudades y del 4% al 18% en el medio rural. En el medio urbano, donde se concentraba el grueso de la población no autóctona (rusos, ucranianos, alemanes, coreanos, judíos y otros), las comunidades vivían mezcladas y su convivencia era, en general, satisfactoria. Comparado con aquel estado de cosas, las relaciones interétnicas en Xinjiang presentan un aspecto manifiestamente anómalo.

Una razón es que las diferencias culturales entre los colonizadores rusos y los pueblos de la estepa, e incluso de los oasis de Turkestán eran seguramente menores que las existentes entre estos y los chinos. A ello se suma la actitud secular china hacia lo extranjero, que tiende mucho más a asimilar por completo, hasta disolver toda diferencia, que a hacer virtud del mestizaje. El resultado de la "angustia demográfica" de los uigures y de la apisonadora homogeneizadora china-Han es la segregación de comunidades. Incluso en la capital y ciudad más moderna de la región, Urumchi, uigures y Han viven en barrios separados. La ausencia de matrimonios mixtos uigur/Han (muy raros en el norte, prácticamente inexistentes en el sur), el desconocimiento del idioma del otro (total en el caso de los chinos Han, muy frecuente entre los uigures) y la abundancia de prejuicios y desprecios, son norma.

En Hotan, la comunidad china Han vive en la ciudad moderna, cuyo centro es una enorme plaza presidida por una gran estatua dorada del Presidente Mao saludando a un campesino uigur local, Turban Kulum, que fue recibido en audiencia en Pekín. Es una plaza orientada, como dice el eslogan, a, "fomentar el amor al país como religión" en la que los días de fiesta se oyen canciones de la época de la "Revolución Cultural" loando al "Gran Timonel". A su alrededor se desarrolla una ciudad Han de provincias como cualquier otra, con sus comercios, sus omnipresentes y discretos burdeles, y sus restaurantes. Los uigures suelen vivir en lo que queda de la ciudad tradicional, aún más machacada que en Kashgar, la otra gran capital del tradicionalismo uigur del sur de Xinjiang, y monopolizan todo el entorno rural de la ciudad. Las dos comunidades se ignoran mutuamente, desconocen la lengua del otro y viven en pacífica segregación. El gobierno impulsa esfuerzos meritorios, que no son una cuestión de imagen o decorado. Por ejemplo, la presencia de las minorías entre los cuadros dirigentes de Xinjiang está aumentando. Los presidentes de cada distrito y prefectura nacional autónoma, así como de la propia región, son siempre representantes de la nacionalidad titular de la autonomía. Por otro lado, la jefatura del partido de la región autónoma y los puestos claves en el PC, la instancia más decisiva, están en manos de chinos Han. Cada ciudad dispone de canales de televisión, regionales y locales, en lengua uigur y la ofensiva en educación es patente.

Pero por muchos que sean los esfuerzos y los beneficios, alcanzar una convivencia interétnica normalizada no será posible sin una autonomía real, para la que, seguramente, ninguna de las partes está hoy preparada. Visto desde el ángulo chino, la cuestión forma parte del problema general de la democratización del sistema. Visto desde el lado uigur, las relaciones que esta nacionalidad mantiene con otras de Xinjiang (por ejemplo, los kazajos) no se diferencian mucho, en cuanto a desprecios y prejuicios, de las que median entre uigures y chinos Han. Así que cambiar este panorama solo parece posible mediante lo que los chinos definen como "un esfuerzo sostenido de varias generaciones" y en condiciones de mayor libertad. Todo lo que no sea eso parece condenado a la mejor o peor administración de una situación tensa y anómala, repleta de peligros, tanto para la preservación de la unidad territorial de China, como para el estado de los derechos humanos. En esa situación, el conflicto que hoy, en condiciones de prosperidad y crecimiento, se mantiene en estado latente, provocará erupciones al menor cambio de coyuntura.

 

Kashgar, museo asediado

Confluencia de los dos principales vías de la ruta de la seda, -la que iba a la India y la que se dirigía al Mediterráneo-, flanqueada por las murallas naturales del Pamir, el Tien Shan y el Karakorum, crisol de lenguas, culturas y religiones... muchos y notables son los títulos de Kashgar, ciudad legendaria de dos mil años de historia. ¿Qué ha sido de ellos?

"Hace diez años, sí que estaba bien", decían sus admiradores... hace diez años. Era "un museo al aire libre", explicaban. Y las guías de bolsillo prometían al turista "visiones no muy diferentes de las que contempló Marco Polo a su paso por aquí, hace ocho siglos".

De todas aquellas descripciones nos separa hoy otra década de dinámico crecimiento y prosperidad, en un país, como China, que destruye su pasado sin el más mínimo complejo. Había, pues, que prepararse para lo peor...

La ciudad no me recibió en su mejor día. Caía la lluvia más intensa de los últimos veinte años. Sus calles estaban encharcadas y en algunas de ellas, completamente inundadas, el agua ya llegaba hasta la rodilla con bomberos y vecinos achicando comercios y bajos anegados.

En la ciudad nueva, los trabajos de modernización incluían la construcción de un gigantesco y absurdo centro comercial subterráneo de varias plantas, que obligaba a dar largos rodeos para cruzar las avenidas. La ciudad vieja era un cenagal, agravado por las obras de alcantarillado y asfaltado de sus principales arterias y los ocasionales olores a basura en descomposición pasada por agua. Hubo que esperar a que los elementos se calmaran para que, bajo la clarificadora luz del sol, el aspecto de la ciudad se hiciera comprensible.

El bazar dominical le dio la razón a la guía de bolsillo gringa. Es, sin duda, el caos comercial más sabroso y colorido de Asia Central. Más de cien mil campesinos de todo el oasis, en el que viven casi cuatro millones de personas, acuden a esta feria semanal con animales de tiro, bicicletas, motocicletas y autobuses, protagonizando un barullo de mil demonios.

Desde el punto de vista de la geografía humana, la ciudad vieja supera con creces todo lo que pueda verse en Samarcanda, Bujará o Jivá, las otras antiguas capitales de janatos islámicos del Turkestán, hoy en Uzbequistán. Al lado de Kashgar, son museos urbanos desprovistos de alma. Aquí la calle es de los oficios; barberos, herreros, hojalateros, alfareros, zapateros, panaderos, carpinteros, sastres, carniceros y albañiles, los niños aún corretean por las calles y los burros se abren paso entre las advertencias de sus amos. Aunque el nivel de vida es mucho más alto, el ritmo de la vida tradicional es casi tan auténtico como el de las ciudades afganas.

Pero todo eso ocurre en un espacio circular de 4,2 kilómetros cuadrados, en el que viven 126.000 vecinos, casi todos ellos uigures, de los 380.000 con que cuenta la ciudad. Y ese espacio de vida, color y a veces también de pobreza, está asediado por la ciudad moderna, de una fealdad considerable, que le gana terreno mediante la demolición. Está por ver qué aspecto tendrá esta joya dentro de otros diez años de modernización.

El alfarero Tusum Rustam tiene su taller en la azotea de su vivienda de ladrillos de adobe, a la que se accede por una escalera de mano. Empezó de niño y a los 17 años ya era un maestro, dice. Su familia lleva siete generaciones en el oficio, fabricando platos y botijos en un torno que se acciona con los pies, junto al horno de leña. Tiene más de 50 años, pero, puntualiza, "si mi padre a esta edad sabía diez, yo sólo se cinco". Últimamente le falla la espalda, pero sus hijos no van a continuar la tradición; "uno estudia para maestro, el otro trabaja de aprendiz con un sastre", dice. Naturalmente que le gustaría que alguien continuara la tradición familiar, pero no parece hacerse un drama porque no vaya a ser así... Preguntado por su opinión sobre la remodelación y modernización de la ciudad, el hombre pone la primera y se arranca con una respuesta de rigor; "las autoridades se preocupan mucho por la población y están haciéndolo muy bonito", dice, sabiendo que entramos en terreno sensible.

El corazón de la ciudad antigua, la Plaza de la mezquita Aid Kaj, es casi inaccesible, rodeada de vallas y asaltada por unas obras de remodelación que han destruido un par de calles tradicionales. Una de ellas albergaba a los orfebres de la ciudad, y, cerca de ellos, a los vendedores de plantas y reparadores de porcelana. Ahora, según se desprende del croquis del proyecto expuesto en una gran avenida, la mezquita del siglo XV pasará a estar rodeada por nuevos y amplios edificios modernos coronados con remotos toques "orientales", en los que se ubicarán tiendas y restaurantes. La gran explanada de la mezquita, antes parcialmente ajardinada y con una torre del reloj en medio, quedará completamente despejada. Una nueva estructura porticada con firme de cemento, ya casi terminada, intentará poner algo de orden y concierto en el bazar.

"El distrito antiguo está abigarrado por viejas casas de madera, muchas de ellas dañadas por terremotos y que suponen una amenaza a la salud y la vida de los residentes", explica Zhou Yuewu, director del departamento municipal de construcción. "El laberinto de calles es demasiado estrecho para permitir el paso de los vehículos de rescate", dice.

Durante el año pasado y éste, 5.000 familias de la ciudad vieja, el 35% de sus actuales pobladores, han sido, o serán, trasladadas a barrios residenciales modernos gracias a un plan urbano con 70 millones de euros de presupuesto iniciado en el 2001.

A 4.000 kilómetros de Pekín, los planificadores chinos están haciendo en Kashgar lo mismo que hacen en la capital: arrasar los barrios tradicionales.

"La ciudad vieja está en demolición, la nueva en construcción", sentencia sonriente Teverkül, un estudiante de físicas de nacionalidad uigur. Preguntado si no acabarán perdiendo todo rastro de lo antiguo, responde que no, con una seguridad que hay que retener en la memoria para completar otro aspecto del mosaico: la tenaz perseverancia en la propia identidad de los uigures, se expresa aquí bajo la forma de una sorda y firme resistencia apolítica. La ciudad vieja es un espacio con sus propias reglas del que la comunidad uigur se siente dueña. Aunque oficialmente el huso horario es el mismo en toda China, aquí se funciona mayoritariamente con una "hora local" que es dos horas menos que la de Pekín. "El que quiere puede vivir aquí sin saber una sola palabra de chino, muchos viven así", explica el estudiante. El fenómeno es mutuo, porque los Han nunca aprenden uigur, y determina muchas veces que cada comunidad use taxis con conductores de su nacionalidad. Para los jóvenes, sin embargo, la lengua china es esencial si quieren salir de Kashgar, estudiar, hacer carrera y encontrar mejores trabajos. El mandarín es su autopista de promoción.

Cuatro años en el ejército en la provincia de Shaanxi, entre 1987 y 1991, le dieron a Abdul, un joven taxista local, algo más que un buen nivel de mandarín. El primer año ganaba 9 yuanes al mes (casi un euro, al cambio actual), el segundo 15 y el tercero 90, explica. Cuando se licenció, el ejército le ayudó a montar un puesto de venta de refrescos.

"Para la gente de la ciudad, ir al ejército es una oportunidad", dice. Para la gente del campo no tanto, porque la ayuda tras el servicio solo se concede a quienes tienen un "hukou" (permiso de residencia) urbano. "¿Le trataron bien en el ejército?", "Sí, claro, cómo me iban a tratar, muy bien", responde.

En pleno bazar, un vendedor de aspecto adinerado me explica a voz en grito, entre las sonrisas de los comerciantes de alrededor, que los chinos son un fastidio. Se lo cargan todo, cada vez son más, su comida y su música es una porquería y además, añade, "ellos pueden tener muchos hijos, mientras que a los uigures solo nos dejan tener dos". Su "denuncia" no tiene mucho que ver con la realidad, pero es el tipo de mensaje considerado del gusto del occidental, e informa de cierto estado de ánimo.

rapofe@hotmail.com

 

Rafael Poch...

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