Rafael Poch  -  Los disturbios de Xinjiang

 

La Vanguardia, 6 de julio de 2009

 

La modernización no disuelve sino que excita la contestación nacional en China. Allí donde se percibe como algo foráneo e impuesto a la comunidad, alimenta el conflicto.

Las violencias de Urumchi, capital de la región autónoma china de Xinjiang, han sido las más graves registradas allá desde los disturbios de Kuldjá de los años noventa.

El exilio uigur en Alemania, donde se encuentra la mayor comunidad de la diáspora occidental de esa nacionalidad sin estado, dice que todo comenzó con una manifestación "pacífica" que degeneró en grandes violencias.

El informe chino habla de 203 tiendas y catorce casas saqueadas y 260 coches y 190 autobuses incendiados. Los medios chinos no han aclarado la nacionalidad de los 156 muertos y mil heridos citados, y sólo han ofrecido fotos de víctimas Han, no uigures. El exilio uigur cita disparos policiales contra la multitud. China acusa al exilio uigur de haberlo organizado todo.

La simple realidad es que, más allá de los programas de radio de la CIA en uigur, el exilio occidental, con centros en Munich, Suecia y Washington, tiene una influencia muy reducida en Xinjiang, y que podríamos estar ante algo muy parecido a lo que se vivió en Lhasa en marzo del año pasado: una explosión de violencia antichina a la que seguirá una gran ola de represión contra la minoría rebelde.

Lo que ha ocurrido no ha sido un "contubernio extranjero", sino una chispa interna prendiendo en sustancia muy inflamable.

Sus elementos son; una cruda represión, una autonomía sin verdadera soberanía, rechazo, paternalismo y control hacia la cultura tradicional islámica más allá de lo puramente folclórico, una modernidad que los uigures no pueden gobernar y que consideran destructiva, y , finalmente, una angustia demográfica derivada del constante incremento de población Han en su región, en la que ya no son mayoría. En resumen, un catálogo muy parecido al de Lhasa. ¿Que decir de los uigures?.

Lo principal es que si dividimos las más de cincuenta nacionalidades reconocidas en China en dos grupos según su grado de afinidad con los chinos Han, los uigures son la mayor minoría del grupo de lo más diferentes. Muchos de ellos sienten una gran aversión hacia la cultura china, que es, al mismo tiempo, la que les aporta la modernidad.

Esa situación les crea un conflicto muy complicado. En la idiosincrasia uigur, la religión desempeña un papel central. El islam es la esencia de su reivindicada diferencia con la cultura china. Es un atributo nacional. Ese atributo está secuestrado por el enojoso control ejercido sobre la religión por la administración china. Y ese control es un dato milenario de la "correcta y natural " tradición política china hacia las religiones, que es inaceptable para una cultura de tradición religiosa como la uigur.

En Xinjiang, como en Tibet, el Estado se mete en cuestiones como el control de los clérigos, la prohibición de ir a mezquitas a los menores de dieciocho años, e incluso en el llevar barba. La religión es refugio. Otros refugios menos importantes como la arquitectura tradicional están siendo demolidos.

En Kashgar, que era una preciosa ciudad oriental/islámica de Xinjiang, el terremoto del año pasado en Sichuan ha tenido por consecuencia el visto bueno oficial al definitivo derribo de lo que queda de la ciudad tradicional, con el pretexto de la seguridad antisísmica. Muchos se preguntan cual es el interés de China por Xinjiang, la región de los uigures. La respuesta es que China tiene el interés que debe a una de sus regiones.

Es como preguntar por el "interés" de Estados Unidos por Texas, o el de Alemania por los Länder de la antigua RDA: Xinjiang pertenece a China y eso no tiene alternativa. Sí, hay recursos naturales, fronteras con siete países muy complicados, etc., pero de lo que se trata es de la unidad de China. Cualquier cosa que se perciba como una amenaza o puesta en cuestión de eso –y una autonomía verdadera con un nivel mínimo de libertades no tendría por qué serlo- será atajada con la máxima energía por el gobierno chino.

Que no haya condiciones para una autonomía real en Xinjiang tiene que ver con defectos del gobierno chino, pero no solo con eso. El nacionalismo uigur es tan poco democrático como el gobierno chino. En su vertiente religiosa es integrista, y en lo poco que queda de su tradición laica panturquista es ferozmente excluyente y agresivo.

Por ahí tampoco hay que hacerse excesivas ilusiones. Los uigures suelen ser comparados con los tibetanos, pero en realidad están peor. En condiciones normales (las de Tibet posteriores al levantamiento de marzo del año pasado, no eran las normales), en Xinjiang hay más represión y más miedo que en Tibet.

El patrocinio extranjero y de diversas onegés del irredentismo uigur es mucho menor por no decir casi inexistente. Los uigures son musulmanes, una religión poco "sexy" en occidente, al lado del budismo tibetano. Y finalmente, no hay un líder nacional uigur comparable al Dalai Lama.

Aunque sean menos noticiables, los uigures lo tienen bastante peor que los tibetanos. Como en Tibet, la respuesta del gobierno chino va a ser la represión. Si se han producido 156 muertos y un millar de heridos, podemos contar con miles de detenciones, maltratos y encarcelaciones.

También con una ola de condenas a muerte. Habrá una comisión de investigación, pero es poco probable que Pekín cambie su política esencial allá. Los chinos están convencidos de que la modernización, el desarrollo económico, aliviará y suavizará poco a poco esos conflictos nacionales, pero la realidad es tozuda, y sugiere que una modernización que se percibe como foránea y disolvente de la propia cultura, no hace más que exacerbar el desafío.

rapofe@hotmail.com

 

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