Enric Ramionet - Ramionetix - La lapidación

 

Llagostèrix, 30 de marzo de 2005

 

Original català

 

Hace tres o cuatro años Ole Thorson (el célebre consultor de movilidad establecido en Barcelona) visitó una población del Maresme donde había propuesto diversas medidas para la reordenación del tránsito. Cuando llegó, con su característica pajarita, y dispuesto a impartir una conferencia sobre la necesidad de limitar el imperio del automóvil en los centros de las poblaciones, una cuadrilla de vecinos airados lo recibió literalmente a pedradas. Es una imagen perfecta para ilustrar el combate entre el progreso y la tradición que surge continuamente y que forma parte de nuestra propia evolución desde el principio de los tiempos. He leído en este foro (y, naturalmente, también las he oído por las calles y las tiendas del pueblo) censuras apasionadas sobre la implantación de la zona azul, incitaciones a la desobediencia civil e incluso al sabotaje de las máquinas recaudadoras. Ni me extraña, ni me escandaliza; es más, lo encuentro prácticamente inevitable. Estamos reproduciendo unos episodios que se han vivido miles de veces a lo largo de la historia, y que se reproducirán millones de veces más en el futuro, hasta la extinción de la especie. Los temores de los tenderos, y las quejas de los vecinos a los que les complican la vida estas medidas, se han oído y se oirán en todos los lugares donde se haga cualquier cosa para limitar la hegemonía de los vehículos. Y no obstante, ésta es una tendencia imparable. Una necesidad de nuestras sociedades, que ya no se pueden organizar como si fuesen garajes. La persona que me relató el episodio que vivió Ole Thorson trabaja en su consultoría y me lo explicó mientras caminaba por Llagostera, absolutamente escandalizado. Tenemos, todos nosotros, una relación enfermiza con el vehículo que hay que corregir, y aquí aún no habíamos hecho nada al respecto. Si las circunstancias son propicias, procuramos aparcarlo delante de casa y a un paso de todos los lugares a los que nos dirigimos. Sería una ambición legítima si estuviésemos solos en el mundo, si el nuestro fuera el único vehículo que circula. Al centro de las poblaciones, sin embargo, se dirigen muchos más vehículos que los que pueden caber en los estacionamientos de los que disponemos. Compartirlos, y encontrar un sistema para hacerlo, debe ser una buena idea. La zona azul es un invento en este sentido. Su aplicación molesta, como molesta siempre todo lo que comporta una sensación de pérdida. No es fácil aceptar que nos cobren para obtener algo que hasta ahora la providencia nos proporcionaba gratuitamente. Aunque debemos admitir que hace ya tiempo que, en lo tocante a los estacionamientos en el centro, la providencia era más bien tacaña, y que los efectos de la suma de todas nuestras enfermizas aspiraciones eran caóticos. ¿El coste?, qué quieren que les diga. En las tiendas lo han redondeado todo, y en nuestra relación con los vehículos, en general, no parece que el ahorro sea una prioridad. Es natural que nos hipotequemos para comprar un Maserati; ¿por qué nos escuecen quince céntimos para ordenar civilizadamente la movilidad?

En cuanto a los pilones, quizá son feos. No lo discutiré. Pero considerando mis dificultades para separar la estética de la ética, los encuentro maravillosos. Sólo hay que ver la gente circulando con los cochecitos, con los carritos de la compra o simplemente con cestas cargadas sin sortear vehículos ni hacer equilibrios por las aceras, para encontrarles todas las gracias.

En fin, ya lo he dicho. Sólo me queda esperar la lapidación.

 

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