Raquel Martín Santiago - Mercedes Montero - Regreso a Guinea cuarenta años después

 

Mercedes Montero muestra las primeras 15 pesetas que ganaron ella y su marido en la colonia
Fotografía de Chema Conesa

 

(El Mundo, Magazine 446, 13 de abril de 2008)

 

En 1967, Mercedes Montero y sus hijos tuvieron que salir de Guinea Ecuatorial ante las primeras revueltas independentistas. Durante cuatro décadas ella y su hija mayor, Pitina Sandoval - esposa del ex-presidente del Real Madrid, Florentino Pérez - soñaron con volver. Lo han hecho. La periodista Raquel Martín Santiago relata el emocionante viaje a la tierra en la que transcurrieron algunos de los mejores años de sus vidas. Éstas son sus particulares "Memorias de África".

 

La tez blanquecina de Mercedes contrasta con los africanos rasgos de Rosario. Octogenarias y bellas en blanco y negro, como los recuerdos de Mercedes. Cuatro décadas después se reencuentran en el mismo lugar: Niefang, Guinea Ecuatorial. Mercedes Montero, madre de Pitina Sandoval y suegra del presidente de ACS y ex presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, vivió allí algunos de los mejores años de su vida junto a su marido, el emprendedor Manuel Sandoval, propietario de numerosas factorías en la entonces colonia española. Rosario era la mujer de uno de sus braceros. Las dos ancianas se funden en un sincero abrazo. Sus ajadas manos se buscan en alianza mientras se miran fijamente a los ojos. Intentan recordarse, pero sólo se reconocen como dos eslabones de una cadena que se rompió hace ya demasiado tiempo. ¡Qué más da!

Desde que se marchó, en 1967, Mercedes Montero soñaba con volver a Guinea Ecuatorial. Rosario, con sobrevivir en el país africano. Bueno, con sobrevivir y con construir una iglesia con sus últimos ahorros. Se lo cuenta a Mercedes. Los cimientos ya sujetan la estructura, pero el presupuesto no da para más. Mercedes mira a sus hijas, que la acompañan en su viaje africano. Ellas, cómplices, asienten. Se comprometen a finalizarla. "Traeré una Virgen tan alta como tú", le promete Mercedes a Rosario... Cuarenta años después de su expulsión, Mercedes Montero y sus hijas Pitina, Merce, Mapili y Ana Sandoval han podido vivir su "Memorias de África" particular. En dos ocasiones han viajado a la ex colonia, su casa. Recién cumplidos los 85 años –el pasado 4 de abril–, Mercedes es una explosión de belleza, energía y vitalidad, como la estación que la vio nacer. Y a medida que rememora los intensos días vividos en su paraíso particular, sus recuerdos toman color.

Desde que hace 16 años muriera su marido, Manuel Sandoval, Mercedes y sus hijas hacen juntas un gran tour anual: Cuba, México, Rusia, Puerto Rico... "Pero para el pasado viaje quería algo especial", asegura Mercedes. "Cuando me preguntaron que adónde quería ir, dije que necesitaba volver a mi casa africana". Dada la situación política del país, conseguir los visados no fue tarea fácil. A través de diversos contactos consiguieron llegar hasta el embajador guineano en Madrid.

Al cabo de un mes, un día de enero de 2007, Mercedes emprendía viaje. Caminando hacia el avión, sus ojos brillaban como los de una jovencita a punto de embarcarse en la gran aventura de su vida. La acompañaba Pitina, su hija mayor. Su calco biológico. La misma expresión vivaracha. Idéntica y arrebatadora personalidad. Dos Aries de pura cepa, Pitina cumplirá 58 años el próximo día 18 de abril. Junto a ellas Merce, Mapili y Ana, sus hijas menores.

En la oscuridad de la noche, mirando a través de las ventanillas del avión, Mercedes Montero comenzó a repasar las primeras páginas de su vida en África. Llegó a Guinea el 12 de julio de 1949 para reencontrarse con Manuel Sandoval, el único y gran amor de su vida. "Me enamoré nada más verle y supe que sería mi marido", explica. "Era emprendedor y aventurero. Se fue, junto a su hermano Gabriel, a buscar fortuna a Guinea. Estuvimos dos años sin vernos, escribiéndonos todos los días. Y a través de sus cartas me enamoré de aquel país: su paisaje, sus bosques, su gente...".

Con 24 años, Mercedes soñaba con aquel edén. Pero una mujer blanca, soltera y sola, jamás podría entrar en la colonia española sin estar casada. La única comunicación era un barco que tardaba 25 días en hacer el trayecto Cádiz-Bata.

En el segundo avión. En junio de 1949 la compañía Aviaco fletó el primer avión, que volaría una vez al mes. "En él", prosigue Mercedes, "Manuel me mandó los papeles necesarios para casarnos por poderes. Lo hice del brazo de su hermano Antonio ante la Virgen del Camino, de León. Una semana después, me subí en el segundo avión. Tardé dos días en llegar. Doce pasajeros, todos hombres menos yo. Parábamos cada cuatro horas para repostar".

 

El reencuentro. Manuel Sandoval (con gafas oscuras) y Mercedes Montero el 12 de julio de 1949, el día que ella llegó a Guinea. Se habían casado por poderes un mes antes.

 

Mercedes y Manuel establecieron su hogar en Sevilla de Niefang. Allí vivieron sus años más felices y en esta tierra nacieron cuatro de sus siete hijos: Pitina, Mapili, Gabriel y Manolo. Carlos, Merce y Ana lo hicieron en España, durante los habituales viajes que su madre hacía a la Península. "Siempre he sido una gran viajera, incluso embarazada", afirma.

El viaje que en 1949 duraba dos días en 2007 lleva unas seis horas. Son las seis y cuarto de la mañana, el mágico amanecer despunta sobre la isla de Bioko, en la que se asienta la capital, Malabo –Mercedes continúa llamándola Santa Isabel–, cuando el avión toma tierra. Gracias a las gestiones del embajador, el gobierno de Obiang ha puesto a disposición de las españolas una furgoneta monovolumen y un todoterreno a cargo de Safari, el chófer. También les acompaña Luis, secretario de una de las hijas del presidente guineano, conocida de Pitina. Tras un recorrido por la isla, las nuevas turistas toman rumbo a Bata, la ciudad más importante de la zona continental de Río Muni. Al llegar, Mercedes no puede contener la emoción: "Ésta es mi África". Paran junto a la catedral, que parece recién pintada, y Mercedes dirige su mirada hacia el altar. Allí mismo se casó con Manuel Sandoval en julio de 1949. "La boda duró tres días", explica.

"Asistió toda la colonia española, presidida por el gobernador". Pitina se encamina curiosa hacia la pila de mármol. Allí la habían bautizado. Fue la primera niña blanca que nació en el Hospital General y también la primera en ser bautizada allí. El viaje continúa. Mercedes quiere enseñar a sus hijas los idílicos lugares de su vida en Guinea. Visitan el bello puente de Triana en Río Benito, cuyas aguas transparentes fueron testigos de sus baños de temporada. Como recuerda entusiasmada Pitina, allí había caimanes y ella cogía sus huevos.

Camino hacia Micomeseng, donde estaba ubicada una de las factorías Sandoval, el grupo hace noche en Mongomo, la aldea natal del presidente guineano Teodoro Obiang. Allí, en medio de una despoblada selva, se levanta un majestuoso hotel de tonos verdes. Son las únicas huéspedes en un complejo preparado para un turismo inexistente. Suelos de mármol, lámparas de finos cristales, hamacas extendidas con sus parasoles. Ni un alma en sus instalaciones. Sólo los empleados. Las mujeres Sandoval disfrutan de una agradable y curiosa velada.

Pero a donde verdaderamente quiere llegar Mercedes es a Niefang. A casa. La carretera está bien asfaltada y los 75 kilómetros de recorrido se convierten en un agradable paseo. Los grandes campos de café y cacao han desaparecido. A lo lejos se divisan las refinerías de petróleo, el sustento económico del país, junto a la madera. Numerosas iglesias y capillas pueblan el camino. El 98% de los guineanos continúa siendo católico.

Vuelta al cole. Paran en la Misión María Reina. La que fuera su capilla y colegio. El recinto es enorme y está bien conservado. Como el hotel de Mongomo, está desierto. Ni una sola de las monjas que componían la comunidad. Visitan la solitaria sala donde acudían a misa todos los domingos. "Éramos muy pocos niños blancos y compartíamos las aulas con los negritos. Allí nos enseñaron a leer", afirma ahora Pitina. El camino continúa y por fin llegan a Niefang. A la izquierda de la carretera, frente a la Casa de la Palabra, se levanta un edificio blanquecino de dos plantas y grandes ventanales. Las persianas están medio rotas. Pitina y sus hermanas aguardan en silencio. Con las manos entrelazadas, Mercedes camina lentamente hacia la que fuera su casa.

En la parte inferior estaba una de las factorías Sandoval, aquellas tiendas en donde se podía adquirir prácticamente de todo: herramientas, comida, textiles. También café, palmito, yuca, algodón o cacao. Productos típicos del país que se exportaban a España. En ellas llegaron a trabajar más de 80 braceros, la mayoría nigerianos. Mercedes aún recuerda el primer dinero que el matrimonio ganó: "Fue con la venta de una lámpara de bosque. Costó 15 pesetas que aún conservo enmarcadas".

En la escalera de acceso a la vivienda, un grupo de niños observa con curiosidad a las visitantes que piden permiso para acceder a la vivienda. Los nuevos habitantes las miran extrañados. Pitina y Mapili merodean por lo que fue el jardín donde jugaban. Buscan el viejo cocotero y el pozo de agua. No existen. Mercedes sube por la desvencijada escalera. Los sentimientos se disparan. En el interior todo es diferente. Pasan a la cocina. Cacharros de latón se apilan sobre la estantería del fregadero. Mercedes cree reconocer algunos: "¿Es posible que hayan sobrevivido tantos años?".

Se recuerda en el mismo lugar cuarenta años más joven. Junto a sus sirvientes negros: el cocinero y su ayudante, el marmitón, y el boy, su persona de confianza. Saborea en el recuerdo los deliciosos platos tradicionales que tanto entusiasmaban a su marido.

La foto de Obiang en el salón. Las cuatro hermanas recorren las habitaciones. Se extrañan al descubrir que el alicatado del baño es el mismo. Mapili se detiene ante el que fuera su cuarto. Una foto de Obiang preside el salón sobre unos sillones de falsa piel. Del techo cuelga una bombilla que llama la atención de Pitina: "Entonces no teníamos luz, así que cuando viajaba a España, lo que más me llamaba la atención eran los interruptores".

En la vida social, los colonos españoles de la zona formaron una gran familia. "Allí estábamos unos veinte matrimonios españoles", relata Mercedes. "Realmente, no teníamos contacto con los negros. Sólo con los emancipados, como el practicante, que casualmente era el padre de Severo Moto, o el maestro".

Las mujeres nativas estaban excluidas de cualquier reunión o trabajo, pero eran fieles observadoras de las costumbres y modas que los españoles aportaron al país: "La prenda que más les llamaba la atención era el sostén. Ellas lo llamaban atrapablancos", señala con picardía Mercedes.

Fueron tiempos felices para el matrimonio Sandoval. Durante los años 50 el negocio prosperaba y la familia también. En 1967, en cambio, comenzaron las primeras revueltas con los movimientos independentistas. Por seguridad, Mercedes se volvió a España con sus hijos. Un año más tarde, su marido, al igual que el resto de los españoles se vio obligado a abandonar el país. Mercedes y Manuel no pudieron regresar nunca más. En Guinea se había quedado su hogar, su negocio y su vida. Allí dejaron seis prósperas factorías, camiones, coches, mercancías, su vida, sus sueños... Todo lo que habían conseguido con años de esfuerzo y lucha.

Mercedes echa un último vistazo a la casa. Desea sentirla tan suya como hace cuarenta años, pero todo ha cambiado. Como muchos de los españoles que perdieron sus propiedades en la Guinea española, la familia Sandoval ha puesto en marcha los recursos necesarios para recuperar sus bienes. Tras años de litigios, las gestiones con el Gobierno guineano siguen paradas. "No espero nada. Lo hago por la memoria de mi marido", aclara Mercedes. Se aleja despacio, paralizando el tiempo. Con pasión, sin dolor. Se despide de los nuevos moradores. "Al menos esta gente puede disfrutar muy dignamente de lo que nosotros creamos un día", se consuela.

Pero la nostalgia no da tregua a las emociones. Porque es entonces cuando Luis, su simpático acompañante, les habla de su abuela Rosario: "Seguro que la conoce, mi abuelo trabajó para su marido y ella les vendía yuca y café". Así que las conduce ante ella. Ahí están, Mercedes y Rosario fundidas en el abrazo con que arrancaba este relato. Otro momento intenso...

 

Reencuentro. Mercedes y su amiga Rosario en Niefang.

 

El encuentro cultural se festeja con exquisito menú: cangrejos, gallina guineana, papaya, piña, dátiles... Y es en la sobremesa cuando Rosario les habla de su gran sueño: la iglesia que está construyendo. Un hijo de la anciana les enseña el proyecto y las mujeres Sandoval se comprometen a finalizar la capilla. Si Mercedes promete una Virgen de tamaño natural, Pitina se encargará de comprar la campana: "Una que suene bien fuerte para que la escuche todo el mundo".

El pacto incluye, además, una cláusula de grato cumplimiento: regresar para la inauguración. "¿Podremos?", preguntó Mercedes a sus hijas. "Por supuesto", asintieron ellas. Seis meses después, el pasado junio, se inauguró la iglesia de María Auxiliadora. Allí estaban Mercedes y sus cuatro hijas junto a Rosario y su numerosa familia. "Parece una catedral", exclamó Mercedes al ver el recinto.

 

Un sueño. La iglesia que ha auspiciado la española.

 

Campana y claveles. La campana, de 70 kilos de peso, fabricada con el mejor hierro palentino, repica desde entonces desde lo alto de la torre. La Virgen deslumbra desde el altar. Y el día de la inauguración la custodiaban los claveles rojos que Mercedes había conservado milagrosamente en agua desde Madrid. Por el camino se acercaron una decena de niños que tomaron la comunión y los nativos con sus ofrendas. Ofició la ceremonia el obispo de Bata. A su lado las autoridades. Mercedes y Rosario compartieron honores en una ceremonia llena de ritmo y color.

Parecía que el tiempo hubiese firmado una alianza entre pasado y presente. En un momento dado el calor tropical minó las fuerzas de la anciana africana, de 82 años. Entonces Mercedes tomó su abanico y, con gran ímpetu, comenzó a dar aire a la guineana. Sus hijas se miraron divertidas. "Si papá levantara la cabeza...", bromea Pitina con su habitual ironía al recordar al escena.

La inauguración fue todo un éxito. Antes de partir, Mercedes echó un último vistazo y se despidió de su nueva familia africana dando un abrazo más a Rosario. "Algo maquina", intuyeron en ese instante sus hija. "Le ha preguntado a las nietas de Rosario si piensan casarse. Seguro que se ofrece de madrina". La anciana se alejó sonriendo. Pitina, mientras tomaba a su madre del brazo, hizo un guiño a sus hermanas, como diciéndoles: "Volveremos". Cualquier excusa es buena para regresar a la vieja Guinea.

 

Guinea entonces y ahora

Cuando en 1968 se declaró la independencia, había en Guinea Ecuatorial casi 10.000 españoles. La población nativa rondaba los 250.000 habitantes. Hoy viven en Guinea unas 550.000 personas. La renta per capita en 1968 era la más alta de África: 250 dólares. Sigue siendo la más elevada del continente: 44.000 dólares. Sus fuentes de riqueza eran el cacao (32.000 hectáreas) y el café (unas 9.300 hectáreas). Ahora es el petróleo (396.100 barriles diarios). Había 500 empresas españolas. Unos 7.000 compatriotas han pedido indemnizaciones por valor de 66 millones de euros.

 

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