Francisco Segura Lacruz - ¿Inventar?... ¡Pero si es muy fácil!

 

 

(Revista General de Marina, diciembre de 1982)

 

Nadie es profeta en su tierra, y mucho menos quien
trata de vender algún invento propio a los suyos.

Anónimo

 

Corrían los primeros años de la década de los 50. La flotilla de submarinos, siguiendo la tradicional costumbre de sus actividades, se encontraba efectuando el viaje de prácticas de los alumnos del curso, y el puerto de Málaga había sido uno de los elegidos para que las dotaciones pudieran descansar tras los ejercicios realizados en la mar.

En aquellos días, la flotilla estaba compuesta por los submarinos Mola, Sanjurjo, G-7 y alguno del tipo D, y el único aire acondicionado disfrutado a bordo era el que se conseguía a base de toldos y cenefas que se daban durante las estancias en puerto.

Aquel día las dotaciones habían sido invitadas por las autoridades malagueñas a una excursión, con comida incluida, y prácticamente había quedado a bordo sólo el personal de servicio.

El oficial de guardia, máxima autoridad presente a bordo, se encontraba en cubierta, sentado en una de aquellas silletas de lona de que disponían los submarinos, posiblemente pensando en lo bien que hubiera estado durmiendo la siesta o tumbado en la arena de la playa, de no haberle tocado estar de servicio. Pero tampoco era menos cierto que su guardia iba a durar menos de lo normal, ya que a la puesta del sol la flotilla se haría a la mar y, ¡qué caray!, también era una ventajilla.

Ensimismado estaba en sus pensamientos cuando se percató de que un hombre vestido de paisano se aproximaba y hablaba con el vigilante del portalón, y éste, a su vez, requería la presencia del cabo de guardia para ponerle en contacto con el paisano.

Después de intercambiar ambos unas palabras, el cabo subió a bordo y se dirigió al oficial de guardia, diciéndole:

A sus órdenes, mi oficial. En el portalón hay un señor que pregunta por el jefe de la flotilla.

El oficial de guardia le ordenó al cabo que le hiciera subir a bordo, al mismo tiempo que se dirigía hacia el portalón para recibirle.

El aspecto del visitante era totalmente correcto y su forma y gusto en el vestir denotaban una posición social más bien elevada. A su llegada a bordo se dirigió al oficial de guardia con estas palabras:

Muy buenas tardes. Soy Fulano de tal (el nombre no viene al caso), y tengo verdadero interés y necesidad de hablar con el jefe de la flotilla.

Siento decirle — dijo el oficial — que el jefe de flotilla no se encuentra a bordo en estos momentos. Salió a mediodía a tierra y no estará de regreso hasta última hora de la tarde.

Vaya por Dios —se lamentó el visitante —, el caso es que el tema que quería hablar con su jefe es de sumo interés profesional y no admite demora. ¿Se encuentra a bordo quien le sigue en el mando?

Lamento decirle que el único oficial presente soy yo, pues los comandantes de los submarinos, el jefe del Estado Mayor y los oficiales han sido invitados a una excursión y llegarán con el tiempo justo para salir a la mar esta misma tarde.

¡Qué contrariedad!, y lo peor es que me tengo que ausentar de Málaga en seguida.

Dado el aspecto descorazonado del visitante, que había ido en aumento al conocer la ausencia de los mandos, el oficial de guardia se atrevió a manifestarle:

Si en algo pudiera serle de utilidad, me tiene a su entera disposición. En estos momentos soy el representante del jefe de flotilla, tengo alguna experiencia en submarinos y...

No voy a tener más remedio que confiar en usted, pues nunca me perdonaría haber ocultado mis ideas y que éstas no pudieran ser aprovechadas en beneficio de los submarinos españoles. Ahora bien, confío en que hará llegar personalmente a su jefe lo que le voy a confiar.

Se trata de un invento mío para localizar y salvar submarinos hundidos y, como va a poder comprobar, es bastante sencillo y seguro. Consiste en un hilo muy largo, muy largo, que va amarrado al submarino por uno de sus extremos y el otro extremo a un pedazo de corcho. Así, cuando el submarino se sumerge, el hilo se va desenrollando y y el corcho va flotando en el agua siguiendo al submarino. De esta forma, si el submarino se avería y se hunde, pues se busca el corcho, se tira del hilo y se recupera el submarino. ¿Ha comprendido?

—¡Clarísimo!, exclamó el oficial de guardia, que aún no se había recuperado del impacto recibido. Y para no permanecer callado decidió continuar la conversación entre profesionales, y, dirigiéndose con él hacia popa, le dijo:

Nosotros tenemos algo parecido, aunque mucho más costoso y quizá no tan seguro como parece ser su procedimiento. ¿Ve usted esa boya pintada de rojo y amarillo?, pues es una boya telefónica que, además de indicar a qué submarino pertenece, aconseja se avise a las autoridades de su hallazgo y lleva un teléfono que permite hablar con el interior del submarino. Y ese submarino — refiriéndose al D-1lleva unas boyas para el salvamento de la dotación...

El visitante no salía de su asombro y al mismo tiempo daba señales de incredulidad. ¿Estaría pensando que había llegado tarde con su invención? ¿Le estaría tomando el pelo aquel oficialillo?

El oficial de guardia, lentamente, fue conduciendo al visitante hacia la plancha, al mismo tiempo que le animaba a proseguir en sus investigaciones y le prometía que esa misma tarde informaría al jefe de flotilla de su valioso invento.

La expresión del rostro de nuestro querido visitante al. descender por la plancha era tan enigmática, que ni el mismo oficial de guardia se atrevió a asegurar si pertenecía a la de un hombre fracasado o a la de quien está decidido por todos los medios a hacer realidad su invento, aunque fuera ofreciéndoselo a potencias extranjeras.

En cualquier caso, y en lo que a mí se refiere, debo confesar que desde que me enteré de lo sucedido aquel día, siempre que he visto un corcho flotando en la mar, me he quedado con los deseos de comprobar si estaba unido a un hilo, para, en caso afirmativo, haber tirado de él con el fin de ver si traía consigo algún submarino.

 

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(Revista General de Marina, abril de 1983)

 

De este hecho fui testigo de excepción y ocurrió en Cartagena en los primeros años de la década de los sesenta. ¿1963?, ¿1964?, ¡qué importa!

Un día se recibió en la jefatura de la flotilla de submarinos una carta de la secretaría del ministro de Marina, en la que rogaba se atendiera lo mejor posible al señor X, inventor español de un sistema para submarinos, que se trasladaría a la base de Cartagena con el fin de hacer una exposición y demostración del invento por él creado.

Ni que decir tiene que, siguiendo las instrucciones recibidas de Madrid, el señor X fue recibido en la estación de ferrocarril, trasladado con su equipaje y alojado convenientemente en la base de submarinos. El jefe de la flotilla nombró una comisión entre sus oficiales para que conocieran el invento y elevaran el informe correspondiente. Pese al tiempo transcurrido desde aquellas fechas, recuerdo que fueron nombrados el entonces teniente de navío o capitán de corbeta ingeniero Díez Davó, el teniente de navío Guillén Salvetti y el que torpemente os está relatando estos hechos.

La exposición del ingenio sería efectuada con carácter secreto, y sólo a los tres componentes de la comisión, al igual que la demostración práctica que tendría lugar en la piscina de esta base.

La mañana de la demostración nos trasladamos a la piscina, totalmente mantenida bajo vigilancia para evitar la presencia de curiosos, y el señor X se presentó portando personalmente una caja de cartón, en no muy buen estado, de unos 50 ó 60 centímetros de largo, amarrada con filásticas, y que por no tener una forma perfectamente geométrica, le daba un aspecto poco airoso al empaquetado del ingenio en ella contenido.

Puedo afirmar que durante todo el tiempo que el señor X estuvo en la base jamás se separó de la descrita caja de cartón, y hasta me entran serias dudas si no la llegaría a utilizar como almohada para evitar su pérdida o miradas indiscretas a su contenido. Así no resultará extraño saber que la caja fuera llevada personalmente por él a la piscina, con toda clase de precauciones.

La ceremonia de desamarrar las filásticas llevó más tiempo del debido y no por la dificultad de la operación en sí, sino porque cada movimiento del hilo iba acompañado de una inspección visual de los alrededores de la piscina, para cerciorarse de que nadie más de los allí presentes y autorizados iba a ser testigo de la demostración que se llevaría a cabo.

Nos manifestó sus deseos, ya expresados al ministro de Marina, de que quería que fuera España la primera en conocer y aprovechar su ingenio, y que en caso de que no se considerase interesante, estaba dispuesto a ofrecerlo a otras naciones.

Terminado el desempaquetado, extrajo de la caja un artefacto de forma parecida a la cilíndrica, hecho de recortes de latas de conserva, que en otro tiempo habían servido para otros menesteres, como nos lo recordaban los nombres que algunas llevaban, aunque incompletos, tales como: Aceitunas el Serpis, Conservas Albo, Sardinas en aceite, etc. La hora avanzada de la mañana y el recuerdo de lo que habían contenido en otro tiempo, al menos a mí, me abrieron el apetito, a la vez que despertaron mi curiosidad por saber en cómo terminaría aquella ensalada de conservas.

La forma más o menos cilíndrica lograda para representar el submarino disponía de un orificio en la parte central alta que, a la vez que le permitía al inventor introducir sus manos en las entrañas de la nave para dar las órdenes oportunas, podía hacer pensar en la escotilla alta de la torreta, echándole mucha imaginación al asunto.

Una vez armado el submarino, fue botado en la piscina, manteniéndolo unido a tierra con un hilo para evitar que posibles corrientes pudieran arrastrarlo mar adentro.

Aquello flotaba, con más o menos gracia, y probablemente con algún que otro goteo interior. Nuestro viejo y conocido Arquímedes no era ajeno a lo que allí se estaba cociendo y estaba dispuesto a mantener su palabra empeñada tiempos atrás.

El señor X nos miró ofreciéndonos una débil sonrisa, como confirmación de que su demostración iba de acuerdo con lo que tenía previsto. Acto seguido tiró del ingenio cobrando del hilo y lo sacó del agua. Introdujo una de sus manos por la escotilla alta de la torreta y empezó a tesar unas tiras de goma existentes en el interior, a base de darles vueltas, y logró que parte de la lata de aceitunas se introdujera en la de atún y que la de mejillones lo hiciera en la.de sardinas. El resultado logrado fue que la lata de conservas variadas ofreciera entonces un menor tamaño, aunque no mejor aspecto.

Fue introducido de nuevo en la piscina y el artefacto apenas si dejaba ver ahora obra muerta.

Cara de mayor satisfacción por parte del señor X ante la marcha de los acontecimientos, tirón del hilo y nueva recuperación del ingenio para ser más reducido de tamaño, a base de seguir dándole vueltas a las tiras de goma. Una vez logrado el propósito, el señor X introdujo el artefacto en el agua, acompañando sus movimientos con la mejor de sus sonrisas, y nuestro amigo Arquímedes, fiel a su palabra, hizo que el submarino efectuara inmersión completa.

Para salir a la superficie, se sigue el proceso inverso, dijo el inventor, mirándonos de forma retadora y con aires de superioridad.

Finalizada la demostración, y una vez felicitado el señor X por la brillantez de los resultados conseguidos, le fueron explicadas la idea seguida en la construcción de los submarinos en servicio, así como la curiosa forma que empleaban para hacer inmersión y salir a la superficie, cosa que le produjo gran perplejidad y asombro. Se le preguntó si había llegado a calcular el número, tamaño y la energía que sería necesaria para actuar sobre los dispositivos que tendrían que mover los anillos del casco del submarino, las dificultades para mantener la estanqueidad, etc., y pudimos comprobar, lógicamente, que todas sus posibilidades creativas las había aplicado y agotado en la construcción del ingenio y no le restaban energías para atender a otros estudios, considerados por él como secundarios.

Con muy buenas palabras se le hicieron ver las dificultades insuperables que existirían para realizar su ingenioso proyecto y, terriblemente enfadado, lo fue guardando de nuevo en su vieja caja de cartón. Me atrevería a asegurar que más de una palabrota de disgusto brotó de su boca al hacerle las observaciones a su proyecto.

Tardó un par de días en regresar a Madrid, quizá con idea de recuperar en la base las fuerzas necesarias que permitieran iniciar el ofrecimiento de su invento a otras naciones, tal como tenía previsto de antemano.

Siempre ignoré las gestiones que este hombre pudo hacer posteriormente por esos mundos de Dios, pero después de los hechos relatados, más de una vez, al ojear las ediciones del Jane's Fighting Ships, he querido comprobar si alguna nación se atrevió con el invento revolucionario del señor X, pero no ha sido así.

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