Javier Serapio Costa - Faros de Formentera

 

Ultima Hora, 22 de noviembre de 2008

 

Formentera parece reaccionar a tiempo. Los nuevos aires de autogestión y de concienciación social parecen no estar dispuestos a que la suerte que otorga el nacer, vivir y poder gozar a diario de uno de los últimos paraísos naturales mediterráneos, se pueda agriar o incluso escapar de sus manos para cederla a intereses especuladores.

Mientras a su hermana mayor pitiusa no paran de colgarle ridículos y carísimos vestidos de lentejuelas y falsas joyas en forma de proyectos desmesurados y chapuceros de cemento y alquitrán (alejándola cada vez más de su autenticidad), a Formentera la cuidan y protegen; le empiezan a poner límites necesarios; rebuscan en su identidad simple, bella y natural (sin adornos ni abalorios artificiales) de la que emergen inteligentes proyectos asociados al aprovechamiento de su valiosa sal, de su tradicional secado de pescado (“peix sec”), de las algas de S’estany des Peix… Tras lograr definitivamente la victoria del pueblo frente al cancerígeno proyecto del camping de Es Ca Marí (en un maravilloso ejemplo de lo que es autoestima, unidad, orgullo y amor a su tierra por encima del color político y del dinero), han conseguido también anestesiar y congelar, al menos por unos años, otras de sus “bestias negras latentes”: el proyecto desmesurado de la Autoridad Portuaria para ampliar el puerto de La Savina y el proyecto para urbanizar la zona entre Es Pujols y Punta Prima.

Los continuos comentarios de pena y vergüenza que se oyen en Formentera sobre lo que acontece en Ibiza en los últimos años, me hacen pensar que, por la noche, también su tierra está triste y llora impotente a través de sus faros mientras observa el daño y sufrimiento que le infligen a su hermana ibicenca. De día, como si quisiera ayudarla a salir del pozo oscuro también le sirve de faro, mostrándole el único camino que existe para detener el desenfreno tramposo y especulativo: ir todos a una en los temas de vital importancia; no callarse y salir de la letal indiferencia; trascender el absurdo fanatismo político que obliga a las dos fuerzas poderosas a gastar la mayor parte de sus energías en juegos sucios para destruir a su rival y ponerlo en evidencia mientras la isla se queda sin aire y asfixiada; recuperar el sentido común y no permitir que los intereses de los partidos o de algunos empresarios sin escrúpulos triunfen nunca más por encima de la justicia y de la necesidad de preservar un territorio frágil y exprimido hasta la vergüenza. Formentera nos ayuda y podría servirnos de guía, de faro… aunque para apreciar sus destellos es necesario que algunos, diestros y zurdos, levanten al fin la vista de su ombligo o de su cartera, y se sacudan el maldito orgullo que les ciega. Casi nada…

 

Javier Serapio Costa es psicólogo y psicoterapeuta

 

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