Javier Serapio Costa - La isla de los espejos rotos

 

14 de febrero de 2006

 

Observando lo que está ocurriendo en Ibiza en estos momentos, me cuesta creer que estemos en el siglo XXI. La repartición de los últimos pedazos de la tarta ibicenca entre los pocos señores feudales de la isla y los métodos empleados para conseguirlos a toda costa, con una celeridad más que sospechosa, están generando una crispación social en aumento, que les obliga a reaccionar con el único medio que saben y que ellos recibieron y aprendieron en su proceso de aculturización: prepotencia por estar en el poder; huida del diálogo; represión policial e intimidatoria con el intento de romper cualquiera de los elementos que se interpongan en su camino; si hace falta, cambiar leyes a su antojo para adecuarlas a su negocio o a su interés particular; intentar abortar, por todos los medios, cualquier intento de mostrar espejos de la realidad, ya que, obviamente, atentan contra sus intereses, generando miedo en aquel que ose atentar contra su sistema. En la cabeza de algunos de los gobernantes no cabe la posibilidad de rechazo, crítica, manifestación frente a sus disparatados proyectos de mejora de la isla... Estas actitudes antes eran impensables, la capacidad de crítica para la mayoría de los ibicencos quedó abolida y mutilada desde la guerra civil, la dura posguerra, la etapa franquista y con un fundamento de base cultural ibicenca, fuertemente patriarcal, donde nadie podía poner en duda ciertos principios no hablados, por injustos que fueran, pero bien asumidos desde la infancia.

Este miedo endémico a expresarse de muchas generaciones,que arrastran fantasmas inconscientes muy lejanos en el tiempo, junto con el amiguismo típico que se da en los pueblos y lugares pequeños, especialmente en sociedades predemocráticas, donde casi todo el mundo participa con algún beneficio del sistema (algún enchufe en algún trabajo para algún familiar; silencio ante infracciones de todo tipo frente a las autoridades e instituciones encargadas del control y de la fiscalización...) perpetúan este funcionamiento y convierten las instituciones democráticas y políticas como el Consell y ayuntamientos -como muy bien señalaba hace un par de semanas una periodista ibicenca- en mera apariencia, en órganos a merced de los que realmente gobiernan: los señores feudales y algunos aliados de gran poder económico. De hecho, estos temas son recurrentes en las conversaciones cotidianas de esta isla, desde siempre... Lo sabemos todos, pero no se puede impedir. Estos hechos generan una tremenda sensación de injusticia, de indefensión aprendida, de falta de control desmesurado sobre el medio en que se vive, que acaba conduciendo a ese tópico ibicenco que dice: "Qué mas da que nos quejemos, al final harán lo que quieran", desplazando al ciudadano a su burbuja familiar íntima, desconectándose de su alrededor, no sin gran dolor en muchas ocasiones, y dependiendo a pequeña o gran escala de alguno de los amos. Siempre ha sido así. El miedo a las represalias, la inseguridad y el fuerte control social de un entorno pequeño donde el peso del "qué dirán" condiciona una gran parte de la personalidad del ibicenco, potencian el bucle que se replica una y otra vez.

Pero algo está cambiando, aunque mi gran temor es que se llegue tarde. Estamos en un momento crítico, punto de inflexión para el futuro de la isla; se va a cometer un crimen, un magnicidio: las autopistas; las más de cincuenta urbanizaciones aprobadas por el PTI, la mayoría en la costa; la ampliación del puerto en la zona del dique; los proyectos de nuevos puertos deportivos sobre praderas de posidonia que están declaradas Patrimonio de la Humanidad... Todo sobre un entorno frágil, exprimido y que sangra por todas partes. La novedad es que, para el Consell, cada día que pasa de estas últimas semanas es un suplicio, sus visibles nervios hacen que se pongan en evidencia cada vez más sus verdaderos motivos y la falta de madurez mental de muchos de sus cargos. Y ante todo, y lo que está percibiendo gran parte de la sociedad ibicenca: su tremenda falta de empatía por las necesidades reales de los ciudadanos y de la isla. Les importan un bledo las posibles consecuencias de una planta asfáltica junto a un colegio; no se han previsto los daños colaterales de estas macroconstrucciones para el pueblo de Sant Jordi: polvo, barro... ni lo que les espera a los de Sant Rafel; les da igual el posible valor de los restos arqueológicos hallados en las obras, el daño irreversible que se hace a tantas familias ibicencas con estas expropiaciones tan injustas, así como a la antaño idílica naturaleza ibicenca. La queja de una parte de la juventud ibicenca por estos proyectos es convertida en la primera inspección educativa seria, casi policial, de la isla... no sin dejar de acusar a los profesores de manipuladores y a los alumnos de manipulados; se utiliza a los bomberos para que limpien con 30.000 litros de agua lo que una empresa privada encargada de las carreteras ensucia, obligando a los bomberos a pedir perdón al pueblo por la ineficacia de su trabajo al que fueron mandados... Consecuencia lógica, más rebotados e indignados: asociaciones de alumnos, de profesores, de vecinos, de padres de alumnos, bomberos, ecologistas, grupos de la oposición, entidades culturales...

Ibiza está en coma, pero desde hace unos días presenta algunas constantes vitales mejoradas. La lógica respuesta social ante tanto esperpento está mostrando el sinsentido del despiadado plan de destrucción de la isla. Cuando el sentido común permanece constante, la evidencia del absurdo de las autopistas se traduce en disparatadas decisiones y reacciones de algunos desorientados políticos, que no hacen más que encrespar aún más a la sociedad ibicenca que, pase lo que pase, nunca olvidará ya a los causantes de tanto daño infligido a una tierra, mar y cultura tan bellas y valiosas, y a tantas familias a las que se quiere arrancar parte de sus vidas.

El viernes tenemos una cita. Los "2.804" valientes de la última vez y los que no acudieron por el motivo que fuera, pero que tampoco están de acuerdo con tanta destrucción. Tal vez sea la última operación quirúrgica social, a vida o muerte, que pueda salvar la isla de tanto cáncer de cemento, europatía, prepotencia, falta de sentido común y sobre todo, de tanta falta de cariño y estima para una isla que nos lo ha dado todo. Pongamos los espejos que hagan falta para salvarla. Informemos a todo el mundo exterior de lo que está pasando aquí. ¿Se imaginan un reportaje a fondo y real, por un programa de máxima audiencia y de seriedad contrastada como "Documentos TV" o "Informe Semanal"? Me temo que algunos iban a padecer insomnio y diarrea muchos años.

¡Ah! Por si acaso, yo tampoco estoy manipulado, ni soy de derechas ni de izquierdas, soy un ciudadano ibicenco que quiero a mi isla y no puedo soportar ver cómo es machacada cruelmente, por los mismos de siempre, para llenarse fríamente sus bolsillos. Ibiza puede cruzar en unos pocos meses el punto del no-retorno. Todavía está en nuestras manos evitarlo. Y ahora ya no valen para nada las palabras; en estos momentos sólo valen los hechos. Una prueba: imaginen a alguno de nuestros gobernantes pronunciando las palabras "desarrollo sostenible y ecológico" y luego vean el "muro de la vergüenza" entre Jesús y Puig d'en Valls, o el destrozo que está ocasionando la autopista del aeropuerto.

 

Javier Serapio Costa es psicólogo y psicoterapeuta

 

Javier Serapio Costa ...

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