Juan Manuel Grijalvo - Sillas musicales

 

(Ultima Hora, FDS, 14 de junio de 2002)

 

¿Usted sabe jugar a las sillas musicales? Es aquello de las fiestas de los niños... Usted los cuenta y coloca tantas sillas como jugadores, menos una. Pone un disco y van dando vueltas mientras suena la música. Cuando la para, el que no se sienta pierde. Quitamos otra silla y seguimos.

La bolsa de valores es un mercado donde se negocian varios tipos de títulos. Por ejemplo, acciones. Son partes en la propiedad de una sociedad anónima. Sus activos consisten en inmuebles, máquinas, existencias, caja, etcétera.

Teóricamente, el precio de una acción debería salir del valor liquidativo de la empresa. Pero está claro que si cierra usted el negocio y vende los trastos uno a uno, la suma de las partes vale menos que el todo. Por ejemplo, un barco vale mucho más que sus componentes sueltos, como piezas sin montar en un astillero... o como chatarra. Por eso la rentabilidad pasada de la empresa influye en el precio de la acción. Las expectativas de beneficios futuros son aleatorias, pero intervienen - y mucho - en la cotización.

También ha de sopesar las alternativas. Si saca usted un catorce por ciento sin riesgo en un depósito bancario a plazo, no se molesta en meterse en Bolsa. Por lo mismo, mientras la rentabilidad de otras fórmulas sea baja, seguirá entrando dinero.

La pregunta del millón es cuánto tiempo dura el ciclo. Hay una serie de factores nuevos a considerar. Desde la Segunda Guerra Mundial, los presupuestos públicos han crecido todos los años. Cuando los ingresos no les bastaban, los Estados emitían títulos de la Deuda. O monetizaban el déficit con la famosa "maquinita"... la de imprimir billetes. Durante el tránsito al euro se han, digamos, moderado. Eso no es difícil de hacer. Como el gasto consuntivo se mantiene - o aumenta - es preciso aplazar inversiones y descuidar el mantenimiento de los activos públicos. ¿Hasta cuándo? Dentro de una temporada nos podemos encontrar otra vez a los Estados pidiendo crédito en dosis masivas. Si el precio del dinero sube, la Bolsa se estabiliza o baja. Los efectos de la unión monetaria y del ingreso de nuevos países en Eurolandia son imprevisibles.

Dicho todo esto, ¿qué está pasando ahora mismo? Nada que no haya pasado antes. La Bolsa da beneficios, porque alguien los paga. Si las matemáticas no fallan, la Bolsa no crea dinero. A veces se comporta como una "pirámide". Mientras la rentabilidad de otras inversiones sea baja, habrá incentivos para que los "primos" sigan entrando. La cosa sube mientras metan dinero nuevo. Si la rentabilidad por dividendo de las acciones supera la del plazo sin riesgo, el tinglado se sostiene.

Un mercado de valores sano es una bendición para las empresas, porque les da financiación barata y sin plazos de devolución prefijados.

Cuando el mercado se "desvirtúa", los que se "forran" son los especuladores a corto plazo. Aplican a rajatabla principios ancestrales, como "El último duro que lo gane otro", ahora redenominado como "el último euro". O "¿Quieres un amigo en la Bolsa? Cómprate un perro". Y el más importante de todos: "Todo es paja hasta que se siega". Para materializar la revalorización bursátil de un título, usted tiene que venderlo... y alguien tiene que comprarlo.

Las inversiones de esos fondos que "dan" tanta rentabilidad mientras suben y suben están materializadas en acciones. Cuando bajan, lo que se encuentra usted en el cesto es lo que valen esas acciones... en el momento en que decide salir, naturalmente.

No estoy diciendo que la Bolsa sea un engañabobos. Pero cada uno cuenta la feria según le va en ella. No es un juego de azar, pero hay demasiados factores que los particulares no pueden prever ni prevenir. Por eso la expresión "jugar en Bolsa" o "a la Bolsa" tiene la misma raíz que "jugar a la ruleta". Si sale su número, usted se "forra". Si se endeudó para invertir, se arruina. Los bancos le dan crédito con la garantía de las propias acciones - y del resto de su patrimonio - para que lo meta en Bolsa. Si el negocio es tan maravilloso, ¿por qué no lo hacen ellos mismos? La respuesta es que sí lo hacen. Pero sólo nos enteramos de veras cuando les sale muy mal.

La Bolsa es como una montaña rusa. Las subidas crean euforia, y las bajadas... son como el juego de las sillas musicales. Vamos dando vueltas mientras suena el disco. De pronto alguien grita "Maricón el último", todo el mundo suelta el "papel" y sale corriendo por la puerta... Los más lentos pagan los platos rotos.

Por eso, bastantes personas confían la gestión de sus carteras... a sus ordenadores, naturalmente. Las máquinas están en conexión permanente con la Bolsa y controlan las cotizaciones cada poco rato. Los programas se pueden configurar a distintos niveles de riesgo. Los más cobardes dan orden de vender a la más mínima sospecha de que el valor no se porta como es debido. Una proporción creciente de la oferta está en las manos, o lo que sea, de autómatas que no saben lo que hacen. Unos cuantos empiezan a vender, los precios bajan, las máquinas se contagian el pánico, y el proceso se autoalimenta como un incendio forestal...

La moraleja es que usted también ha de poner su cartera de acciones en manos, o lo que sea, de algún ordenador. Así, una bajada provocada por las máquinas de los demás no le pillará echando la siesta.

¿Y por qué sigue funcionando todo, si la Bolsa no crea dinero? Es más, de ella sale bastante menos del que entra, porque... ¿usted sabe cuánto se quedan los intermediarios por comisiones y corretajes? Si le interesa la cifra, pregúntemela... Estoy en

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