EL  ALCALDE  PRESIDENTE  del  Excelentísimo  Ayuntamiento  de  Madrid

 

Madrileños :

 

Desde que esta Villa de Madrid obtuvo el florido título de capital de las Españas, creció tanto entre sus vecinos el gusto por el teatro, que se multiplicaron las compañías de representantes, yendo cada vez a más con su número su prestigio.

Hízose entre nosotros el teatro espectáculo para todos común y cotidiano, al extremo de alzarse tantas casas para representar comedias que había pocas ciudades, villas y aun pueblos de escasísima vecindad que no las tuviesen y llegó a ser con el tiempo punto de honra y caso de mayor valer que la fábrica de los teatros fuese de grandísimo lujo y apariencia, disponiendo de espacio y medios de tanto aparato que nada pudiera dejar de fingirse de cuanto toca a la general conversación hablada con que los hombres se comunican o los naturales o artificiales escenarios en que acaece, siempre con el mayor boato y debida propiedad y acierto.

En estos teatros, que en su día llamáronse corrales, representan comediantas y comediantes de mucha fama y respeto, educados en el bien decir y aparentar, que hacen con propiedad suma tragedias, comedias, autos, pasos y también, si el caso llega, jácaras, loas y entremeses cuando no curiosos bailes como la chacona o la zarabanda y en ocasiones discretísimas zarzuelas.

Hemos gozado así de obras tales como "Las Marisabidillas engreídas", del famoso Moliére, "Lo que importa ser Don Severo", del ingenioso Oscar Wilde, "La Cortesana cumplida", del moderno Sartre, y "Las Abadas", del rico y penetrante lonesco, sin contar a Lope, Calderón, Tirso y tantos otros gloriosos autores de nuestra, en talentos, pródiga España.

Como buenos repúblicos han conservado los madrileños la añeja afición al teatro, al que asisten viejos y mozos, hombres y mujeres, potentados y menesterosos, atraídos por el arte del cambio, mudanza y trueque de figuras y semblantes y por la propia substancia del sujeto que en los corrales o teatros se representa.

De las profundas alteraciones que en su cuerpo y rostro han de hacer los cómicos que en el teatro bullen, son buen ejemplo los representantes mozos, que a las veces han de cambiar el semblante de lozano, saludable y sonrosado en otro flaco, macilento y verdinegro, haciendo vieja a la joven, desmedrada a la garrida, desmañada a la airosa y deforme a la de gentil talle, trastocando la edad y los bríos con la apariencia de la ancianidad achacosa y deforme. Destreza ésta incomparable que arrebata al tiempo su poder apresurando con artificios su obra, particularmente cuando gozan los representantes además del arte de decir del don de simular que se es quien no se es, sin dejar de ser quien de verdad se es.

Pero es tanta la habilidad y pericia y tanto el esfuerzo de los buenos cómicos, que en ocasiones hacen una la verdad con el fingimiento, con lo que logran tener tan en suspenso el ánimo de quienes los ven y oyen, que no llegan éstos a distinguir lo cierto de lo dudoso, viviendo como propias y del todo suyas las peripecias que en la escena ocurren. De este modo se cargan en hombros ajenos los dolores, cuidados, tristezas, cuitas, alegrías y placeres propios, con lo que se limpia el alma que queda más en sí, mejor dispuesta y de maravilla advertida. Llamaban los griegos a esto "catharsis" y decía Aristóteles que era condición divina del teatro.

Pero sin calzar tantos puntos ni volar tan alto, es ciertísimo que cuando llegan los cómicos a cualquier lugar o lugarejo, por rústico y ruin que sea, desarman el carro y con una manta que telón hace luego representan, villanos y aldeanos ríen, lloran, se enfrían o enardecen, según la acción lo pide, volviendo a la dulcísima edad de la inocente puericia, con lo que viene el teatro a hacer a los hombres niños sin más enojo ni rencor que lo que la bendita candidez permite.

Es incuestionable y no malo el decirlo que ha tenido y tiene el teatro detractores ferocísimos, aristarcos implacables que le acusan de ser el sitio más propio para enseñar a mentir, arrancando a los hombres de sus quotidianos quehaceres y trasponerlos a disparatadas invenciones, por lo que han logrado en tiempos de poquísimas luces y pública tristeza que hubiere censuras que antes de la representación decidieran qué podía y qué no podría ser contemplado y juzgado por los espectadores.

Han cambiado, por fortuna, los tiempos y es para todos o casi todos idea clara en la mente impresa, que es el teatro testigo nuestro de nosotros mismos, ejemplo de la humana vida, cifra del deseo, compendio de pasiones, y resumen, en breve tiempo y menor espacio de cuantas esperanzas, y desesperanzas, contentos y descontentos, consuelos y desconsuelos, dichas y desdichas, vicios y virtudes, medros y desmedros en este gran teatro del mundo caben.

Está en la naturaleza humana y en la condición de los hombres todo cuanto en el teatro pasa y nos duele vernos al desnudo en la escena interpretados por sutiles y habilísimos representantes del modo veraz y con frecuencia despiadado con que el ingenio de Calderón o la sagacidad de Shakespeare nos pintan.

De aquí que sea también el teatro escuela de costumbres, academia del gusto, ilustración de ignorantes, universal enseñanza y plaza de todas las ciencias que para el mejor vivir concurren.

Colmen, pues, los madrileños tan afectos al noble espectáculo del teatro, patios, cazuelas, aposentos, desvanes y tertulias, para escuchar, aprender y aplaudir a los cómicos y también a los autores, pues son éstos parte esencialísima del público espectáculo teatral, ya que inventan la fábula, describen la acción y dicen cuáles son los modos y medios de presentar y representar aquello que cómicos con especial talento y finura han después de dar ánima y existencia más real que nuestra propia existencia.

Sería provocación y ofensa perversa a la justicia no recordar a los artífices de ingenios, oficiales de máquinas y hombres juiciosos que conducen y manejan la tramoya merced a los cuales la imaginación se hace bulto y la fábula corpórea verdad.

Que el discreto vecindario de Madrid concurra al Teatro, noble modo de que los hombres entiendan y entre sí se entiendan.

Madrid, 25 de marzo de 1983.

 

Enrique Tierno Galván         

 

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