Victoria Pastora Grijalvo - Qué rara es la vida

 


Nos encontramos por casualidad en un bar. Estaba solo. Nos saludamos: yo con frialdad fingida, él con simpatía. Parecía contento de verme.

Comenzamos a hablar ¡cómo no! de música; yo le dejaba entusiasmarse a la vez que abría la boca asombrada; comentaba la hermosura de la música barroca. Durante los cinco años en los que estuvimos juntos la había aborrecido. Me fijé en lo que decía, pero sobre todo en "cómo" hablaba; tenía otra voz, sin inflexiones y mucho más aguda.

Pasé a mirarle con detenimiento ¡oh Dios!, sus ojos siempre vivaces y del verde más bonito que conozco, eran inexpresivos y marrones, sí, sí, marrones. Con horror le pregunté si se encontraba bien, si estaba enfermo; contestó que se encontraba estupendamente.

Le revisé de arriba a abajo; era como lo recordaba, pero no vestía de la misma manera. La dejadez había dado paso a la pulcritud. Le hablé de estos aspectos, pero él no entendía. Era, dijo, su forma de hablar, de vestir, de comportarse.

No pude aguantar más y me marché. Llegué a casa intentando saber que había pasado. Juan ya no era Juan ¿Estaba cambiado sólo para mí?. Una idea me ocupó la cabeza: tengo que saber qué pasa. Y la siguiente fue: tengo que conocer a su mujer. Sabía que se había casado recientemente. Pero ya no hubo encuentros ni casuales ni provocados, por más que lo intenté.

Busqué fotos: miré con detenimiento una en la que estábamos los dos y advertí algo: ¡nos parecíamos!

No entendía qué pasaba y quise encontrar pruebas. Recordé a una mujer que había sido, como yo, su gran amor. Con tretas y asquerosas mentiras la llegué a conocer; nos hicimos amigas y me habló de él; era alegre y muy paciente, dijo. ¡Ella tambien lo era! Conseguí que me enseñara una fotografía. ¡Ambos eran tan parecidos!

Entonces entendí...¡Qué rara es la vida!

Barcelona, diciembre de 2001

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