Xavier Bermúdez  -  Ser, o vivir

 

Este artículo fue escrito y publicado en 1994

Archipiélago,  número 18-19

 

Muy queridos y muy abominables consúbditos:

Supongo que al recibo de la presente estaréis como de costumbre: declarando satisfacción mientras las heridas de las renuncias no reconocidas, de las reconocidas, de los engaños, de la aceptación, en fin, de los sustitutos del amor, el juego y la inteligencia vivos, os desangran por dentro. (Sangría que ya podrida se expande y tiñe y da forma a lo que llamáis nuestro entorno: bosques calcinados, ríos envenenados, campos arrasados, ciudades y pueblos transmutados en ruidosos y sucios garajes, sórdidos bloques de telehogares...). Yo también bien, a Dios gracias.

El motivo de la misma es precisamente el de preguntar en voz alta por una de esas manifestaciones de nuestra derrota, a saber: ¿qué habéis encontrado la mayoría de vosotros en ese artilugio siniestro, el automóvil, para aceptarlo y defenderlo con tanto fervor? ¿Qué cualidades secretas reúne la vaca sagrada de Occidente para que en ella coincidan la voluntad del Poder —político y económico— y la de la gran mayoría de sus subditos? ¿Cómo un trasto tan caro, tan inútil, TAN ABURRIDO y tan destructivo ha podido tener tanta aceptación?

Antes de, no responder, que no sabría, sino de esbozar baratamente algunas líneas posibles de comprensión —una sociológica, otra psicoanalítica y la tercera ontológica— quisiera adelantarme a un argumento justificativo que soléis esgrimir: «Estamos presionados, fuertemente presionados, para utilizarlo. Porque los transportes públicos son muy escasos y malos, porque el tren llega cada vez a menos sitios y en peores condiciones, por exigencias de prisas laborales...». Es cierto. Y esa presión es uno de los trucos para su imposición. Pero está claro que no acaba ahí la cosa. La relación que se palpa de ordinario entre súbdito y automóvil está teñida de satisfacción (que no de placer), de fe en su necesidad (que no de aprovechamiento), de devoción incluso. Aquella presión no parece suficiente para que uno se convierta tan de continuo, tan volcadamente, en chófer. Habría, de ser ésa la única exigencia, muchísimos menos coches trasladando a su gusano por el asfalto.

Y ya en la desesperación de tener que rozarse con la evidencia del despropósito, muchos de vosotros os abrazáis a otra disculpa: «Si desapareciera el automóvil o bajase importantemente su producción, se perderían miles de puestos de trabajo». ¿Por qué no creeros en ese efluvio de piedad si podemos ver con qué prontitud dais una limosna para Bosnia o para Ruanda en cuanto os lo manda el televisor? ¡Lástima que no sea el Trabajo mismo lo que se pierda! En cualquier caso, se puede tranquilizar a los temerosos de esa pérdida (que por cierto: ¿qué hicieron para que no se perdieran los puestos de trabajo de las industrias navales, de la minería o del campo?, ¿qué hacen por los que se siguen perdiendo?). Se les puede tranquilizar, digo, con la evidencia de que la supresión del automóvil como modo de transporte de gentes y mercancías exigiría una multiplicación importante de Puestos-de-trabajo en las industrias sustitutorias, y en el mantenimiento y funcionamiento del transporte útil, quedando liberadas importantes cantidades de dinero que hoy el Estado nos pierde en subvencionar autopistas, asfaltos y coches, que bien podrían ser usadas en subsidiar ad aeternitatis a los que no fueran integrados por los nuevos servicios (si se insiste en no repartir el poco trabajo realmente imprescindible). Y quitando máscaras: ¿consentiríamos en comprar y consumir aditivos, más venenosos de los habituales, para y en nuestras comidas si con ello se pudieran crear muchos Puestos-de-trabajo?, ¿pues entonces?

Una última observación previa antes de entrar en las anunciadas tres líneas de comprensión. El interés económico que el Estado y sus socios privados —llamémosle Capital— tienen en el Automóvil, por mucha presión y publicidad que le echen, no explica el apachurrante éxito que alcanza entre la gran mayoría de nosotros: los Subditos. (Al menos es un interés económico de muy distinta naturaleza.) El Estado y el Capital tienden, en su radical totalitarismo, a ser como conjuntos cerrados, con cada elemento tan rígidamente definido como el conjunto e idéntico a él; al no haber en la mayor parte de los chóferes de automóvil un interés económico del que hablamos por entregarse a su uso, siendo al contrario una fuente de pérdida dineraria, de salud y aún de vida, otro debe ser el factor que una en comunión al Poder y a sus Masas. Para acercarnos a descubrir ese factor voy a intentar tirar, por brevemente que sea, de los tres hilos anunciados, confiando en que mi falta de acierto no sirva sino de acicate para que los que de entre vosotros no se encuentren todavía lo bastante atrapados en la condición vasalla, que hoy no es sino fe en los Especialistas, en la Economía y en el Progreso y en su Futuro, me toméis el relevo con más fortuna.

La interpretación sociológica se presenta fácil. En sus inicios el automóvil era un distintivo de los pertenecientes a la cresta social (cresta de gallo, claro), y poco a poco se fue extendiendo convirtiéndose en bandera de aquellos que, a caro precio, quisieron también gallear posición, Ser Alguien. Y así como tener un trabajo, un futuro, una pareja, un piso, una familia, una cuenta en el Banco, un futuro, repito, son pasos obligados en la definición de cada Individuo, tener automóvil pasó a ser uno más. Y en unos casos y otros, por más penalidades y aburrimiento que esos pasos prescritos trajesen consigo, traían (traen) la tranquilidad y la seguridad de ser como se debe Ser; ante la mirada propia y la ajena, que son la misma.

La interpretación psicoanalítica es aún más fácil. No se os escapa, por muchas risas que le echéis, que el trasto del que aquí tratamos es, más que un símbolo, un sustituto fálico. No hay más que ver el afán con el que se suele cuidar y limpiar el dichoso aparato, y presumir de su potencia, gracia y habilidad. Al menos él, si se le mima, arranca cuando la Voluntad de uno quiere.

No podemos olvidar que la actual Sociedad que Estado y Capital imponen no es sino una perfección histórica de los mecanismos de la Sociedad Patriarcal primigenia, esa misma que puso para su interés a andar la Historia. A vosotros, que conocéis mucho mejor que yo el auto, se os ocurrirán muchas más relaciones respecto a su carácter sustitutorio apuntado, y entenderéis mejor a qué viene hablar tanto de él y enseñarlo tanto, y a qué vienen tan violentos enfados cuando otros os lo rozan, menosprecian o machacan.

Sigue siendo el falo un distintivo de identidad, una marca del Ser, y el hecho de que apenas lo uséis algo más que como Dios manda os hace poner el acento también en sus sustitutos. (No me vengáis con que también hay mujeres chóferes. Un eslabón en el Progreso de Capital y Estado es que la mujer llegue a ser un Individuo más, con el precio que todos conocemos. Sin embargo, la pasión de las mujeres por el auto es todavía ostensiblemente menor, y la desconfianza masculina hacia que las féminas sepan usarlo es aún considerable.)

Como veis, estos dos hilos previos, si no he tirado mal, nos traen ambos un conflicto ontológico. Se trata de Ser Alguien, Individualizado, pero en una cadena de individuos que forma una misma maquinaria. Y es la Masa de Individuos la que sustenta un idéntico proyecto: el del Estado y el Capital. Ambos, el Poder y su Masa, tratan de alcanzar el Ideal de cerrar sin brechas su definición, su Ser, aunque con ello se pierda la vida.

Desde luego que no es el automóvil el recurso fundamental en este último proceso. Después de todo, también el coche es Dinero. Ese Dinero que es asimismo, como García Calvo nos desvela en Análisis de la Sociedad del Bienestar (Lucina, Zamora, 1994), el destino, la esencia del Individuo. La Idea pura.

No quiero despedirme sin recordaros un acontecimiento reciente, tan horroroso como emblemático: un enorme autobús de esos que llamáis aviones, que se pone a correr a tanta Velocidad que se levanta y sigue su camino por el Cielo, se estrelló a la entrada de un aeropuerto, en los Estados Unidos, corazón del Imperio; de los individuos que en él viajaban apenas encontraron, al menos en los primeros días, otros restos que dinero y tarjetas de crédito (si me perdonáis las redundancias).

Sin otro particular os envío muchos saludos y el deseo de que seáis menos.

 

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