Manuel Guasch Marí - Los ruidos

 

(Cartas de un jubilado - 12)

(Butlletí N. 256 ago-set 1993)

 

Escrito en 1993, pero bien vigente...

 

Es frecuente en nuestros días despertar con las primeras luces del alba y ello puede ser debido a los ruidos de los trasnochadores. Uno se indigna contra su propia calle, que parece una maléfica terminal donde se dan cita los últimos clientes de los clubs de alterne y discotecas "ad hoc". Hay ciertos puntos en todas las ciudades que son como sucursales de esas industrias de la noche, donde la alegría y la chirigota transcurren caudalosamente hasta el amanecer. En esta hora del alba que nos despierta y en esos lugares y en el bar vecino más tempranero se libra la final batalla entre el "croissant", el sueño y la resaca aturdidora de la noche que se fue.

Esos salmos matinales se orquestan con portazos de coche, gritos insuperables, aspavientos desmesurados, altavoces, algún botellazo, discusiones piramidales y gigantescos latifundios de crispantes libertades.

Es hasta fácil perder el concepto de ruido, a fuerza de soportarlo en su variada esencia. Si el ruido normal de una ciudad puede fijarse en 50 decibelios más otros 70 de tráfico, el entorno de esos puntos tan desangelados podrá superar buenamente los 115 de un avión en despegue. Pero dejemos las cifras para los físicos, inclinándonos en favor de aquel ruido del pausado despertador en una casa de campo, de la brisa mañanera de la sierra, del órgano que vacía su trompetería en una iglesia de parroquia pequeña, tan consoladora, escasamente iluminada, donde realmente toda oración tiene su eco.

La armonía pervertida, el contrapunto mamarrachoso, la fuga desconsiderada, los coros más bellacos concurren en esos amaneceres ingratos.

Yo no sé si es allí donde pueden escucharse los verdaderos ruidos del infierno, los que diviertan y embelesan a los señores de Satanás y a su familia de beodos y Belcebúes.

Las ciudades, ya se sabe, son grandes productores de ruidos: son ruidos municipales, grotescos y escasamente serios. Todos conocemos los de la limpieza en las madrugadas, que se beben los vientos y se ponen a la ciudadanía por montera. Hay ruidos que son un fragor antropoide, nada contrapuntísticos, similares a un rugido zoológico. A las once y media de la mañana y a las cuatro de la tarde, muchos clamores se adormecen porque la ciudad se embriaga con su afán de vida... Es como un bosque o una selva de gorilas en el que todos los simios están trabajando hipnóticamente.

Yo viví cuarenta años en un pueblo donde eran típicos el martilleo de una cerrajería y el susurro de una sierra leñadora. Ahora, se escucha el molesto extractor, las ambulancias, la policía, los bomberos, los estertores y los rezonguidos de la más variada calaña. Siempre me ha parecido natural cualquier frase furibunda contra los ruidos porque, en la más estricta y benevolente calificación de los hechos, cualquier ruido es un puñetazo y un sabotaje, en puro lenguaje castrense, a nuestro cada vez más consumido sistema nervioso. En todo momento, uno añora el silencio que nos permite volver a la niñez.

Hemos de reconocer, por más que lo tenemos ya muy bien encuadrado, que los ruidos se han convertido en un problema cruel y vergonzoso. No se comprende cómo puede darse con tanta insolencia. Tráfico desmandado, servicios con medios abusivos, grúas, obras..., forman el catálogo de nuestros males urbanos. A una ciudad que ha quedado pequeña: que le sobran hedores; con el agua muy justa; que ha perdido la seguridad de sus ocupantes; a una ciudad como la que yo me conozco que se provisiona y equipa de ultramar, ha de arribar un día una fragata cargada de silencio, ese ángel de la calma y de la placidez, que ya no existe en ninguna calle y mucho menos en la mía.

 

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