Juan Manuel Grijalvo - Conducta violenta en una oficina bancaria

 

Para Pep Albanell, con un brindis de horchata de ortigas

 

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

El cliente entró en la oficina con el ceño fruncido. Era la tercera vez en lo que iba de año que no le abonaban en cuenta la transferencia de la nómina. Había agotado el crédito de su tarjeta. Se dirigió al empleado.

- ¡Vengo a hacer una reclamación!

El empleado separó con esfuerzo la vista de la pantalla en que controlaba quién sabe qué abstrusas operaciones financieras. Alzando una mirada vidriosa, habló, desabrido.

- Buenos días, señor. ¿De qué se trata?

- No me ha llegado la transferencia de la nómina.

- Señor, las únicas transferencias que no llegan son las que no se envían.

El cliente se sulfuró. Inclinándose sobre el mostrador, apuntó al empleado con el dedo.

- Lo que pasa es que ustedes se quedan el dinero.

Sintió un golpe en los riñones. La persiana metálica antiatraco, como una guillotina, había descendido sobre él, dejándole atrapado. El empleado, serio como una patata, le contemplaba. Una chispa de risa bailaba en sus ojos.

- Conducta violenta en una oficina bancaria. Artículo 23 del reglamento.

Sacó un papel rojo del cajón.

- ¿Tal vez el señor quiere cerrar su cuenta?

Era una solicitud de cancelación. Los dos sabían lo que significaba. Si firmaba, daría el primer paso para convertirse en un Sincuenta. Anotarían su número y su nombre en el Registro Central de Clientes Indeseables. Ningún banco le abriría cuentas nuevas, y le cerrarían las que tenía vigentes con cualquier pretexto a la primera ocasión. En la empresa le mirarían con sospecha cuando fuese a cobrar la nómina en efectivo. En los restaurantes se negarían a servirle cuando pretendiera pagar con dinero. Y lo peor de todo, cuando los Mangutas se enterasen, se pasarían su foto y empezarían a atracarle todas las semanas. Tendría que contratar un servicio de guardaespaldas que le costaría la mitad de su sueldo. Le anularían las domiciliaciones. En la empresa le abrirían expediente por incumplimiento de jornada cuando tuviera que ausentarse del trabajo para pagar los recibos. Perdería su empleo y cuando se arruinase del todo, sólo le quedaría tirarse a la vía del Metro o unirse a los Mangutas. Toda esta siniestra visión de su futuro como Sincuenta desfiló por su mente como un relámpago; el empleado contemplaba con interés los sucesivos cambios de color de su rostro.

- Si no desea firmar, puedo bajar un poco más la persiana.

El cliente capituló.

- Excúseme, no sabía lo que decía. Iré a reclamar a la empresa.

Ablandado, el empleado devolvió el papel al cajón.

- Por ahí tendría que haber empezado, señor. De todas formas, me temo que el reglamento me obliga a imponerle un correctivo... Digamos, un mes de límite cero en su tarjeta.

El cliente le miró, suplicante. Sin crédito en el banco donde tenía domiciliada la nómina, tendría que pedir un descubierto en otro... Y los intereses estaban al 52%...

El semblante del empleado se había vuelto pétreo. Sus ojos eran como ventanas cerradas. El cliente supo que no había nada que hacer.

- Bueno, bueno, perdone. Volveré el mes que viene.

- No haga ningún movimiento brusco cuando se levante la persiana; la filmadora-ametralladora es muy sensible y podría usted resultar perjudicado...

Resignado a lo inevitable, el cliente se incorporó y salió de la oficina, cabizbajo. No se quejaba... Al fin y al cabo, no todo el mundo salía vivo después de presentar una reclamación en el banco...

 

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