Juan Manuel Grijalvo - Microbús a Dalt Vila - Movilidad y accesibilidad

 


(Ultima Hora, 23 de noviembre de 2002)

 

En la acrópolis de Atenas, hace veintitantos siglos, ya se discutía cuál es la mejor forma de financiar los servicios públicos. La teoría clásica es que los usuarios deben pagar un importe cada vez que los utilicen. Es la base de los pontazgos, los peajes y los billetes de ferrocarril. Y se presta bien a dejar la gestión en manos privadas. Una empresa se compromete a pagar un canon fijo al ente público titular, y la burocracia es feliz, porque se limita a gastar un presupuesto con unos ingresos anuales garantizados. Lo que tengan que hacer los particulares para liquidarlos en los plazos convenidos no es cosa suya. Cuando se trata de arrendar monopolios, como la famosa CAMPSA, el resultado no suele ser el mejor posible... para los clientes, claro.

La tesis contraria es que los servicios públicos deben ser gratuitos y financiados con impuestos. Teóricamente, sería posible ir encendiendo las farolas de la calle a base de echar monedas en una especie de parquímetros. Pero usted no paga una tasa municipal por salir de noche y beneficiarse del alumbrado público. Como siempre, la verdad está ahí fuera...

La última sesión de ese debate milenario, por el momento, es la propuesta de suprimir el pago de billetes en el microbús que sube a Dalt Vila, nuestra acrópolis local. Constatado el hecho de que lo usa muy poca gente, la explicación es que los disuade el precio. Si es gratuito, dicen, se llenará de residentes en el barrio, de turistas y de ancianos deseosos de disfrutar de las bellezas de Dalt Vila. Bueno, considerando que los ingresos que procura el servicio deben ser insignificantes, bien podría el Ayuntamiento hacer la prueba, a ver qué pasa.

Yo no soy profeta. Sin embargo, suelo aventurarme a pronosticar cosas cuando creo que tengo suficientes elementos de juicio. En el caso que nos ocupa, pienso que la gratuidad del servicio no llevaría aparejado un incremento notable del número de viajeros. El escaso uso del microbús no se debe a que el billete sea caro o barato, sino a la poca utilidad de la oferta.

Un microbús que va desde Vara de Rey hasta un convento de clausura es útil si usted vive junto a uno de los dos sitios y quiere ir precisamente hasta el otro, o hasta uno de los puntos intermedios. Si tiene que transbordar a otro medio de transporte, la cosa ya no pinta tan bien. El predominio del automóvil nos ha acostumbrado a considerar insoportablemente incómodo cualquier medio que no nos lleve de puerta a puerta. Si esto fuera cierto en el caso del coche, la cosa podría tener algún sentido. Pero es mentira. En Eivissa, lo normal es aparcar el vehículo a buena distancia de nuestro destino final, después de dar vueltas durante veinte minutos como poco. El trayecto se completa a pie. En muchas ocasiones, llega usted antes si hace todo el camino andando. El problema es que su "status" social le obliga a moverse en ese automóvil que tuvo que comprar para ir a paso de tortuga de un aparcamiento a otro.

Volviendo al microbús, si pasara por los famosos aparcamientos periféricos tal vez consiguiese captar turistas en verano. Estacionan el coche de alquiler, suben hasta Dalt Vila, recorren el barrio a pie y vuelven a donde dejaron el coche para seguir su viaje. Pero no querrán hacer eso. Lo que quieren es llegar con él a la calle de Aníbal, y darán las vueltas que haga falta hasta aparcarlo en el casco urbano.

Y los residentes de Dalt Vila quieren tener el coche en un garaje en su propia finca, entrar y salir libremente del barrio, y desplazarse con él como todo el mundo. Los pivotes de control de acceso no les gustan. Les privan de llamar a un fontanero cada vez que se les revienta una tubería de agua. O un médico a domicilio. Y les causan otras mil incomodidades.

En cuanto a esos ancianos que tal vez gusten de pasear por Dalt Vila, salvo excepciones, no tienen carnet de conducir. Como diría Chiquito, no puedo, no puedo. La hegemonía del coche los inmoviliza. El microbús los toma y los deja en Vara de Rey, y de ahí tienen que seguir a pie. Si les apetece una horchata, por ejemplo, no se puede decir que Dalt Vila sea el lugar más adecuado para tomarla. Y eso se debe precisamente a la dificil logística del barrio.

Esto es lo que hay.

Como es natural, no hay soluciones mágicas. En mi opinión, la única forma de mejorar la movilidad en Dalt Vila es hacer dos túneles que lleven un vehículo de pasajeros y otro de mercancías desde Sa Penya hasta una estación de enlace con una red nueva de transporte público, situada cerca del supermercado Lidl. De paso comunicamos La Marina, Vara de Rey, sa Capelleta, los dos museos arqueológicos, es Puig des Molins, la Policlínica, la calle Ramon Muntaner y... la macrosede del Consell, con su microaparcamiento para los escasísimos privilegiados que pueden dejar el coche allí. Comunicamos dichos puntos con ascensores y galerías desde las estaciones.

Si Dalt Vila gana accesibilidad por otros medios, ya no tenemos que hablar del microbús. El objetivo de la maniobra no es circular, es llegar. Pivotes, microbuses y escaleras mecánicas son otros tantos remiendos sobre el mismo tapiz de coches y asfalto. Sólo cambiando todo el modelo de movilidad deviene pensable volver a vivir en Dalt Vila.


juan_manuel@grijalvo.com

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