Juan Manuel Grijalvo  -  Puertos y fondeos

 

Macroport no!  Eivissa al límit

 

Ultima Hora,  3 de diciembre de 2002

 

Al parecer, el puerto de La Savina está saturado. Cada vez más embarcaciones, de medidas cada vez más grandes, acceden a él al mismo tiempo. Hay una serie de razones técnicas y económicas que favorecen el aumento del tamaño de los buques. Dice el amigo  Luis Jar Torre  en  "Misión imposible"  que "según aumentan las dimensiones de un petrolero aumenta más o menos linealmente su potencia, pero el área expuesta al viento es un factor cuadrado y los beneficios un factor cubo". En otras palabras, un barco el doble de largo que otro es ocho veces más rentable... para el armador, naturalmente. Por eso "hace falta" ampliar los puertos, para que entren naves cada vez mayores.

Esto es una constante universal. Los transbordadores y "rápidos" ya tienen dificultades en La Savina. Aunque no fueran más grandes, cada vez hay más. No veo razones para creer que el problema vaya a resolverse solo, por más que se hable de la crisis turística.

En el puerto de Eivissa ocurre lo mismo. Como los cruceros más grandes son más económicos (de nuevo la pregunta, ¿para quién?), "hace falta" ampliarlo. Si Bin Laden pone de moda pasar las vacaciones en acorazados, ya podemos ir haciendo un atraque para el "Bismarck" en Talamanca. Esto es lo que hay.

Los navegantes que no pueden o no quieren atracar en un puerto fondean por ahí. Eso se hace largando un ancla que se arrastra por el fondo hasta hincar las uñas en algo. Por eso buscan lugares rocosos. Obviamente, todas y cada de estas operaciones los deterioran un poquito. Cuando lo hacen miles de barcos, aunque sean pequeños, el asunto puede ser grave. Especialmente, si ello ocurre en una zona declarada reserva natural, o parque natural, o yo qué sé qué cosas... sobre el papel. Pero estamos en el mar. A falta de una intervención efectiva, esa protección legal se queda... en papel mojado, naturalmente.

Pero no hay que buscar culpables, hay que buscar soluciones. Buena parte del tráfico que satura los puertos de Eivissa y Formentera es interinsular. Si pudiéramos moverlo con otros medios de transporte, la congestión se reduciría. Un distinguido colaborador de este periódico, hoy difunto, me dijo que había abogado públicamente por la construcción de un puente de carretera entre las dos islas, "con todas las consecuencias". Es una idea que respeto, pero no comparto. Formentera no ha perdido aún la guerra contra el automóvil. Es posible derrotar al invasor, hacerlo reembarcar y volver a una paz que yo recuerdo, porque la viví en mi primera visita a la isla.

Por eso soy partidario de hacer un enlace fijo, transitable sólo para vehículos eléctricos que muevan personas, equipajes y mercancías en y entre Eivissa y Formentera. Eso implica la construcción de algo parecido a un puente colgante, pero mucho más liviano. No necesita un tablero para que pasen autobuses, camiones, coches, motos... Basta con suspender los cables que forman la vía del sistema.

Tal como yo lo quiero, este puente debe tener sólo dos pilares muy altos. Desde sus cimas se verá toda la parte marítima de la reserva natural. Es el lugar perfecto para instalar cámaras y radares de vigilancia, por si algún navegante fondea donde no debe. Pero no nos sirve de mucho saber que hay una, dos o dos mil embarcaciones ancladas en la zona "protegida", si no tenemos alguna forma práctica de echarlas de allí. A falta de una fuerza de policía marítima que amoneste y multe a los susodichos, una solución obvia es emplazar ametralladoras de control remoto junto a las cámaras. Como eso puede dar pie a interpretaciones malévolas, he pensado en algo más "light"...

¿Usted sabe cómo funciona un micrófono direccional? Ya sabe, ese artilugio que usan los detectives para escuchar conversaciones a distancia. Se vale de las propiedades geométricas de la parábola para concentrar en un punto las ondas sonoras que llegan de una dirección dada. Naturalmente, funciona en los dos sentidos. Por eso las ópticas de los faros tienen espejos parabólicos. La luz está en el foco, los rayos salen casi paralelos y se ven a muchas millas. Si ponemos un emisor sonoro en el foco del reflector y lo completamos con un tubo, tenemos un cañón que dispara ruido sobre un área muy pequeña a distancias considerables.

En otras palabras, en mis dos torres ponemos radares y cámaras para vigilar la reserva natural. Y por la noche también, con infrarrojos. Algún navegante poco avisado echa el ancla por allí. Un ordenador controla los puntos móviles de la pantalla del radar. Si alguno se queda quieto, avisa al guarda para que le diga con mi megáfono direccional que se marche de allí. Si no quiere, basta con ir aumentando el volumen. La idea no es mía. La he sacado de un libro de Hergé, "El asunto Tornasol".

 

Editorial Juventud - Tintín

 

Otro día, si usted quiere, hablaremos de cómo se puede montar todo este aparataje en la reserva natural sin machacar el terreno en absoluto. Tampoco es idea mía: es un invento de Jesús Arapiles que se llama  Eco-Saver.

juan_manuel@grijalvo.com

 

 

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