Juan Manuel Grijalvo - Barreras arquitectónicas

 

Dedicado a Marianne de Vos

 

(Ultima Hora, 20 de diciembre de 2000)

 

El Ayuntamiento de Eivissa ha puesto en marcha un programa de supresión de barreras arquitectónicas. Es un paso en la dirección correcta y la buena intención es indiscutible. Dicho esto, quisiera hacer unas observaciones. Espero que le parezcan constructivas.

Las ciudades modernas son verdaderas carreras de obstáculos para los peatones. Esto no es casualidad, es el resultado inexorable de dar prioridad a los coches... o sea, a quienes los conducen. Que tampoco tienen una movilidad tan buena como todo eso. En el otro extremo, hay personas que están condenadas a no salir de su casa, porque el bordillo de la acera resulta ser una barrera infranqueable. Veamos qué se puede hacer para aumentar la calidad de nuestra vida cotidiana. Esto consiste en cosas concretas, como poder cruzar la ronda para ir a pie a Ca'n Misses.

Las barreras arquitectónicas existen porque alguien las ha levantado. Se habrá tomado ese trabajo por alguna razón. Los bordillos, por ejemplo, son para defender a los peatones de los automóviles. Como las vallas de la ronda.

En los centros comerciales no hay coches, ni bordillos, y por eso son muy transitables para los peatones. ¿Le suena a usted de algo Edward de Bono? Lo que sigue es un ejercicio de "pensamiento lateral", una técnica de su invención. Consiste en usar ideas que parecen absurdas a primera vista como puente para alcanzar conclusiones que son difíciles de obtener siguiendo los razonamientos que nos han llevado... a donde estamos, naturalmente

¿Qué pasaría si viviéramos dentro de un supermercado? Sería la mar de práctico. Nos agenciamos un carrito, hacemos la compra, la traemos a casa, dejamos el carrito, recuperamos la moneda y ya está. Podemos ir a pie a todas partes, y mover bultos de bastante peso y volumen sin ayuda de nadie.

Esto se puede hacer convirtiendo en zonas peatonales una parte creciente del suelo urbano. Sin coches, podemos repensar las calles, suprimir escalones y desniveles, poner barandillas por todas partes, etcétera. También podemos hacerlas porticadas, o cubrirlas a trechos, de tal modo que los voladizos de las casas nos den sombra en verano y abrigo en invierno. La idea es poder ir a todas partes con el carrito del supermercado, aunque haga calor, o frío, o llueva.

Usted dirá que no está siempre trajinando las compras. Bueno, ¿usted es un espíritu? ¿No? Pues entonces se pasa la vida moviendo un bulto que puede ser bastante considerable, a saber, su propio cuerpo. Que es, precisamente, el peso que tiene que transportar cuando salva las famosas barreras arquitectónicas.

De pequeños, los seres humanos somos bebés y nos llevan a los sitios en brazos o en cochecitos. Después vamos a la escuela y llevamos los libros en mochilas o en carros. De mayores cargamos una porción de pesos; los podríamos llevar en carros de la compra, si no fuera por los famosos bordillos. También nos toca pasear bebés... Y cuando nos hacemos muy mayores, mover nuestro propio cuerpo resulta cada vez más difícil. Cada vez nos apetece más sentarnos dentro de un carrito de supermercado y que nos lleven.

Todo este trajín se nos vende como una consecuencia del progreso, algo inevitable que hemos que soportar con filosofía. Pues no es verdad. Este desbarajuste empezó hace bien pocos años. No me diga que no, porque yo seré muy joven de mentalidad, pero mi edad cronológica me permite recordar perfectamente lo que eran las calles cuando se pagaba impuesto de lujo por tener coche.

Si las ciudades han de ser para los ciudadanos, han de ser para los peatones, cualquiera que sea su edad y su forma física. Si la ciudad fuera como un supermercado, habría carritos un poco por todas partes. Podríamos dejarlos en cualquier aparcamiento. Haría falta que alguien se ocupase de moverlos de un lugar a otro con un tractor mecánico si se acumulan en un sitio y faltan en otro, como en los aeropuertos. Pero ya ve usted que un sueldo más no sería un lastre insoportable para las administraciones públicas.

Pero las barreras arquitectónicas no son los bordillos. Ni siquiera esos obstáculos traidores que se supone que impiden aparcar sobre las aceras. En realidad, sirven para que los varones adultos nos tropecemos con ellos. Por eso tienen una bola a la altura de nuestros, ejem, del bajo vientre, ¿se ha dado cuenta? Y las vías rápidas tampoco. Cuando no hay tráfico, puede usted cruzarlas sin mayor dificultad. La verdadera barrera son los coches. Si están en marcha, aún más. Mientras haya automóviles por la ciudad, lo demás se queda en buenas intenciones. Y ya sabe usted para qué sirve eso...

 

 

En fin, a grandes males, grandes remedios. No importa ser muy anciano ni estar físicamente impedido para beneficiarse de que las ciudades se vuelvan más transitables. Si quiere usted saber exactamente qué hay que hacer y dónde, consiga un cochecito para gemelos, ponga en él dos bebés bien rollizos y sáquelos a pasear por la calle. Espero que me cuente sus experiencias. Serán mucho más interesantes que mis teorías. Y también tengo curiosidad por oír los tacos nuevos que inventará mientras busca la forma de cruzar la calle, porque algún conciudadano aparcó su coche en el paso de peatones...

juan_manuel@grijalvo.com

 

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