Juan Manuel Grijalvo - ¿Cuánto vale un kilo de patatas?

 

En memoria de J.

 

(Proa, 4 de mayo de 2000)

 

Pues como todo en la vida, depende. ¿De qué depende? Pues de muchas cosas. Bajo tierra, las patatas valen muy poco, porque no nos sirven para nada. Si alguien las arranca, empiezan a costar céntimos. Cuando han llegado al mercado central de una ciudad, ya estamos hablando de pesetas. Por fin están en una tienda, y por un kilo te piden bastantes duros. Son las mismas patatas, pero el precio ha ido subiendo por el camino. Lo que las ha vuelto más valiosas es el transporte, que convierte su valor alimenticio en dinero contante.

Y es que en la pregunta falta una palabra que por sabida se omite: ¿Cuánto dinero vale un kilo de patatas? Estamos acostumbrados a calcular precios, a decidir lo que es caro o barato, si nos alcanza para comprar algo o no, etcétera, comparando cantidades de dinero. "Cuando la guerra", el valor de un kilo de patatas se podía medir en aceite, en huevos o en otra cosa. Dependía de lo que tuviera la otra parte del trueque.

Uno de los conceptos básicos de la aritmética es que no se pueden sumar cantidades heterogéneas. Si tiene usted un cesto con doce peras y seis manzanas, tiene que decir que son dieciocho "piezas de fruta". Por lo mismo, puede decir que valen tantas pesetas, o euros, o la moneda que sea, y con eso sabe usted lo que le van a costar. En este proceso nos hemos acostumbrado de tal forma a reducirlo todo a dinero que hemos olvidado aquello de las cantidades heterogéneas.

Hoy se dice que la ley del Talión, "ojo por ojo, diente por diente" y vida por vida, es una barbaridad. Hemos olvidado que esa ley representaba una mejora sobre la situación anterior, porque decía que sólo había que arrancar un ojo en vez de los dos, y sólo un diente en vez de romper toda la boca. Un asesinato se castigaba con otro, en vez de liquidar a toda la familia del culpable. Más adelante apareció la idea de que un homicidio sin intención se podía redimir con ganado, tierras o dinero, rompiendo la inexorable cadena de venganzas que se iniciaba tras cada muerte. Ya ve usted que esto hay que verlo como el progreso moral que fue.

Por absurdo que parezca, el concepto de indemnización y esa costumbre de poner precio a todo nos han llevado a ver la vida humana, mejor dicho, la vida de los demás, como una cosa que está en el mercado. Exactamente igual que un kilo de patatas. Una mercancía como otra cualquiera. Algo que puede reducirse a dinero...

Será por eso que nos tomamos con tanta tranquilidad esas estadísticas tremendas de la gente que se mata en accidentes de tráfico. Mientras no nos toque a nosotros o a los nuestros, no son más que cruces en un estadillo. La vida humana no se puede valorar en dinero porque no se puede cambiar por dinero. Todo el dinero del mundo no puede resucitar un solo muerto.

Lo que se puede pagar con dinero es el coste de mantener la vida, porque esto se compone de acciones, omisiones, bienes, servicios, etcétera, que tienen una traducción económica. Y también política, como la famosa alternativa entre cañones y mantequilla.

Escoger un modelo de transporte basado en el automóvil particular implica unos costes directos que se pueden cuantificar. Es lo que sale de los presupuestos públicos y privados. Y otros costes que no se pueden pagar con todo el dinero del mundo. Y si no queremos pagar esos costes del actual modelo de transporte, vale más que nos pongamos a cambiarlo...

juan_manuel@grijalvo.com

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